Catálogo de rarezas

Catálogo de rarezas Imagen superior: Juan Filloy (1894-2000)

La Argentina tiene fama de ser un país raro, por lo escaso de sus tipismos, su falta de color local americano, la dificultad para clasificarlo dentro de las categorías del desarrollo y los recursos naturales, la demografía y las breves tradiciones de su cultura. No es casual, entonces, la proliferación de personajes raros en sus letras.

El más curioso de ellos ha de ser Juan Filloy, que vivió años en los tres siglos y escribió una serie de libros, cuyos títulos se repartían a razón de uno por cada letra del abecedario que le servía de inicial. Su intento mayor fue La potra, una palindromía que, como cuadra, podía leerse de principio a fin o viceversa. No los dio a los editores sino que hizo tiradas propias que enviaba a una lista de amigos, sustrayéndose al mercado.

Aproximado es el caso de Enrique Banches, que publicó cuatro libros de versos a comienzo del siglo XX y vivió hasta la vejez en un casi completo silencio poético, sin reeditar los enigmáticos poemarios. La necesidad de una lengua nacional, prejuicio romántico que dio lugar a coloridas polémicas, produjo textos de vanguardia concebidos en una jerga o idiolecto personal, como En la masmédula de Oliverio Girondo, experiencia llevada al extremo por el pintor que se firmaba Xul Solar y que inventó un completo idioma: el neocriollo.

Cortázar aprovechó el envite en los pasajes de glíglico que contiene su Rayuela. Si de apócrifos se trata, el caso más famoso es el de los procreados por Borges y Bioy Casares, muy reconocibles por el lector.

Menos lo es el de María Moreno, pseudónimo de la escritora que atribuye a otro apócrifo la exhumación de un tercer invento, la escritora Dolly Skeffelton, que vivió en el París de los años locos, entre la droga, el lesbianismo y el psicoanálisis, las fiestas de disfraz y un puñado de poemas convenientemente falsos.

La literatura aparece, así, como una serie de falsedades superpuestas que acaban profiriendo la verdad. En la rareza han caído, sin buscarlo, ciertos escritores olvidados. Un par de contemporáneos de Roberto Arlt han sido cubiertos por su sombra, que tiene el tamaño merecido pero que agosta la hierba a su alrededor.

Julio Fingerit se le acerca por temas y lenguajes en una traspuesta trilogía de novelas: Destinos. Fingerit vivía retirado cuando lo traté, daba citas a medianoche y recibía su correspondencia en casa de un portero vecino.

Roberto Mariani, autor de un memorable volumen de relatos, Cuentos de la oficina, fue el primero que escribió en castellano un libro sobre Proust, en la temprana fecha de 1930, y también se borra en la penumbra arltiana.

Algo similar ocurre con un texto antológico en su género, Tres relatos porteños de Arturo Cancela, y con las primorosas evocaciones hechas por Augusto Mario Delfino, uruguayo afincado en Buenos Aires: Fin de siglo.

En tiempos se los compraba por siete pesos en la gloriosa colección «Austral», que tanto hizo por los aficionados de cortos bolsillos. La academia ha inundado buena parte de la edición, la crítica y, desde luego, la enseñanza de la literatura. La academia es corporativa, veleidosa y de gustos conjeturales. Por ello ha circuido la literatura argentina actual a unos pocos nombres que silencian a otros tantos, si no más.

Algunos son escritores publicados en España, pero que no han entrado en el escrutinio de las repeticiones y los halagos. Isidoro Blaisten tiene aquí una antología de cuentos que trazan una geografía social de extravagantes y raros fronterizos con la picaresca, pero se desconocen sus obras mayores (Cerrado por melancolía, Dublín al Sur), sus textos paródicos (Anticonferencias, A mí nunca me dejaban hablar) y un libro pegote, que reúne páginas propias, recortes, citas y apócrifos: El mago.

También editado en España, sin excesiva secuencia, es Abelardo Castillo, cuyo aporte más señalado son sus Cuentos crueles, aunque haya practicado asimismo la novela (El que tiene sed, Crónica del iniciado, El Evangelio según Van Huten) y el teatro (El otro Judas, Israfel, ésta sobre la vida de Edgar Poe).

El exilio provocado por la dictadura de 1976- 1983 trajo a España a unos cuantos escritores argentinos, varios de ellos de la misma edad y predicamento, que ya tenían veinte buenos años de carrera a sus espaldas.

Héctor Tizón es uno de los narradores más considerados y traducidos de la actualidad argentina. En su país es continuamente reeditado y antologado, a partir de su mundo imaginario, cuya geografía es de desolación e incomunicación, a veces matizada por apariciones grotescas o de equívoca magia, como el episodio histórico del éxodo jujeño, que ocurrió en su provincia a comienzos del siglo XIX, y que pone en escena en Sota de bastos, caballo de espadas. Otros títulos suyos son: La casa y el viento, El hombre que llegó a una ciudad, Luz de crueles provincias. Ha hecho una antología personal, Recuento, y se estrenó en Buenos Aires la ópera de Virtù Maragno Fuego en Casabindo, basada en una novela suya.

Daniel Moyano vivió y murió en Madrid, en 1992, aunque su taller literario funcionó en la Universidad de Oviedo. Al llegar en 1975 ya había dado sus mejores cuentos (El monstruo, Artistas de variedades, Mi música es para esta gente) y alguna novela como El oscuro. Otras novelas produjo en los años españoles, alegorizando el exilio (Libro de navíos y borrascas) o inventando una aldea en el interior argentino donde, con sarcasmo a veces cruzado de humor negro, narra su versión de la dictadura militar y sus consiguientes episodios de represión y exterminio (El vuelo del tigre, Tres golpes de timbal).

Por las mismas fechas estuvo en España Antonio di Benedetto, a quien algunos atribuyen la invención del objetivismo por su novela El silenciero, antecedente del nouveau roman francés. Hay una lejana edición madrileña de su obra más conocida, la novela histórica Zama. También valer recordar los cuentos de El cariño de los tontos. Di Benedetto murió a poco de volver a su país, tras años de silencio literario, acaso sin poder salir del proverbial silencio de sus personajes.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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