Barcelona

Barcelona Imagen superior: Luc Mercelis, CC.

Algunas ciudades permanecen escondidas. Hay que buscarles las cosquillas, sorprenderlas para conocerlas. Madrid es un ejemplo. El Madrid clásico y castizo está envuelto en el Madrid moderno e impersonal. Dejo para otra ocasión explorarlo.

Por el contrario, hay ciudades que se ponen a la vista de sí mismas, que tienen sus propios atalayas para el espectador. Lisboa es un ejemplo. Se «deja contemplar» desde las alturas de la Alfama, de San Pedro Alcántara y los Jardines Ingleses.

Barcelona es un caso similar. En efecto, podemos admirar la Ciudad Condal desde el Tibidabo, explayada allá abajo, con sus viejos barrios apiñados, sus Ramblas, su Ensanche, la elevación simétrica del Montjuic y el fondo fastuoso del mar. Al revés, subiendo hacia los pabellones de la Exposición, hemos de contemplar su corona montañosa. Para los animales portuarios como yo, Barcelona es un paisaje familiar. Encabeza una familia donde están Marsella, Génova y Trieste. Allende el océano, Buenos Aires y Montevideo.

Más de una vez, su Vía Layetana se me confunde con la Agraciada montevideana y su Paseo de Colón es mi homónimo porteño. «Rambleando», creo pisarlas baldosas de «mi» Avenida de Mayo, la más española de las calles bonaerenses.

Los puertos son así. Viven de espaldas a la tierra adentro. A los puertos llegan gentes igualmente lejanas para quienes el punto de arribo es extranjero. Dan a estas ciudades un aire de pasillo internacional, cosmopolita, babélico y mestizo.

A Barcelona le quedan bien las chilabas del Raval, los acróbatas gitanos en la Boquería, las parejas de tanguistas en el Arco del Teatro y las orquestinas del Altiplano, charango y quena, junto a la estatua de Macià en la Plaza de Cataluña. Y hasta le quedan bien los barceloneses y los catalanes de la provincia profunda, las gentes del Priorato y el Ampurdán. Le quedan mal los que, en vez de mezclar y mezclarse, quieren separar y excluir. Les falta mar, les sobra ombligo.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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