Clint

Había una vez un «galán recio», de buenas pintas, algo cachas, con grandes ojos claros que se creían irresistibles y una actitud de cazador ante el género femenino, como diciéndose: «Ninguna se me escapa y mi mejor glamour es poner cara de amenaza».

Allá él si tal cosa creía. Entre tanto, seguía calándose un sombrero tejano y manejando con certeza rápida el revólver. Se llamaba Clint Eastwood.

Estos chicos no duran mucho. En su caso, era previsible que, al echar chepa y tripa, se quedara sin trabajo. Pero no fue así. Clint, en contra del tópico, halló su mayor fuerza creativa, digamos su juventud como artista, en la madurez y en la vejez. Lo volvió a reafirmar sorprendiéndonos con una de sus obras maestras, Grand Torino.

No la comentaré. Todos la han visto y los especialistas la han juzgado. Diré sólo que me parece una respuesta diferida e inteligentísima a otro clásico suyo, Sin perdón. En ésta narraba una tragedia. Alguien mata con la frialdad amoral propia de lo trágico, como una fuerza de la naturaleza. En Grand Torino, en cambio, y en una de las tradiciones fuertes del cine norteamericano, diseña una alegoría moral. Un antiguo soldado de Corea, un duro de la América profunda, sigue sintiéndose culpable de haber matado a un coreano indefenso, un adolescente como un vecinito suyo, asiático, al que venga de una paliza de sus congéneres, ofreciendo, cristianamente, su vida.

Con ello hace dos actos de justicia. Castiga a los malhechores y se castiga a sí mismo. No hay tragedia, hay drama. El viejo guerrero hace justicia con toda libertad.

Desde luego, hay obras de arte que no se pueden hacer en la juventud. Lo contrario también es verdad. Un ochentón como Clint no puede bailar a Tchaikovsky, pero aquel galán recio de otros tiempos no pudo filmar Grand Torino. Lo tuyo no es la jubileta, Clint.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

DECLINACION

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