El señor Hache

El domingo pasado la Isidra y su Mateo nos invitaron a los de la panda a consumar las últimas torrijas pascuales. Cuando llegamos, tenían encendida la radio y oían a Händel por los dos siglos y medio de su muerte.

Hacía bueno y nos fuimos al Retiro, bajo el gran sol gratuito de la primavera. Braulio, con su transistor, nos hacía seguir con el señor Hache. Merche recordó que salió recién casada de la iglesia al son de su «Aleluya».

Los convidé a vermouth cuando se hicieron las doce. En el bar no había fútbol por la tele sino Hache por la radio. Lo mismo cuando se votó una comida en Aranjuez. Me tocó el coche del filósofo Augusto, cuyo receptor insistía en Händel.

Conversábamos de bueyes perdidos, a rachas, porque nos interrumpíamos sin proponérnoslo, para prestar atención a la música. Entre los espárragos trigueros y las fresas vinieron unas chuletitas con patatas. ¿Las habrá probado Händel alguna vez? ¿Sospechó que, frente a esos jardines de su tiempo, estaríamos atentos a sabores y melodías suyas?

Lali nos propuso un café en su casa, donde nadie rechazó seguir handeleando. La música de este señor es tan contagiosa, tan jocunda, tan vital, que despeja cualquier cansancio. Por eso, quizá Merche se atrevió a un whisky en el anochecer. Su comentario resultó ejemplar. Unos cuantos europeos nos habíamos reunido sin plan, guiados involuntariamente por la música.

Desde distintas ciudades del continente, durante horas, el señor Hache nos había acompañado y guiado, valiéndose apenas del sentimiento que despierta el canto. Olvidamos la crisis, el armamento nuclear, los piratas africanos. Él debió pasar de sus acreedores, de las guerras de religión y la peste de Londres, porque malos tiempos los hubo en todo tiempo. Y, al redondear el último compás, seguramente, exclamó: «¡Aleluya!».

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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