Biografía de un piano

Biografía de un piano Imagen superior: Ching, CC.

Se lo ha comparado con una bañera, un sarcófago, una nave, una máquina mágica que oculta un alma capaz de darle vida orgánica. Es un piano de cola.

Como la bañera y la música, sirve para la catarsis, la limpieza. Es una navecilla que convierte el tiempo en viaje al infinito. Una máquina, y bien complicada, desde luego, aunque sensible como si no lo fuera. ¿Una tumba? Sí, mas escenario de todas las resurrecciones.

Seducido por estas riquezas, James Barron compuso este libro (Piano. La historia de un Steinway de gran cola, Alba, Barcelona, 2009) que resulta, a la vez, una novela familiar de los fabricantes de pianos Steinway, la narración de su lento y minucioso proceso constructivo y un capítulo en la biografía del piano mismo como instrumento.

Riguroso en lo técnico, el libro tiene, a la vez, la amenidad de un cuento nutrido de confidencias –léase: cotilleos– y de una investigación periodística en la que el autor va asistiendo a la tarea de la nube de especialidades que habitan el caserón de Queens donde pasa casi toda aquella novela.

Los Steinweg eran alemanes que emigraron a América encabezados por Heinrich Engelhard, en 1850,un buen hombre que se resistió a aprender el inglés y mantuvo su apellido. Sus descendientes los «anglizaron» en Steinway, palabra destinada a bautizar algunos de los más famosos pianos del mundo. Cómo y cuándo aprendió su oficio no se sabe, como tampoco se acaba de saber por qué un piano difiere de otro, siendo tan rígida la fórmula constructiva de todos.

A fines de siglo, su hijo William era ya el Barnum del piano, paseaba por Estados Unidos a Bülow, Anton Rubinstein y Wieniawski, inauguraba un Hall con dos mil localidades, firmaba piezas únicas para el zar ruso y uno de los Rotschild y seguía encajonando música.

En 1987 se construyó el número 500.000 de la serie. Una torre de veinte pisos y una ciudad fabril completan la extensión del emporio. Otra rama de la familia, más bien horrorizada por el Nuevo Mundo, con Theodore a la cabeza, volvió a Alemania y, desde Hamburgo, construyó su variante propia de instrumentos, a la vez que intercambiaba novedades técnicas con sus parientes trasatlánticos.

En el torbellino del mercado, los Steinway compitieron victoriosamente por premios y medallas y, con el tiempo, quedaron como únicos de su gremio en Nueva York. En 1905, llegaron a su más alto pico productivo y luego decayeron. El disco, la pianola –que también lanzaron al mercado con la marca AB Aeolian–, luego la radio, el cine sonoro y la televisión, suprimieron el piano de muchas casas donde fue, por siglos, un mueble habitual. Los Steinway resistieron y, en 1925, inauguraron un nuevo Hall.

Durante la Segunda Guerra Mundial, dejaron de hacer lo suyo y trabajaron para el gobierno construyendo planeadores. La Gran Depresión pobló sus depósitos, que fueron vaciados porque el ejército enviaba no sólo armas sino también pianitos verticales a sus tropas.

En 1953, se fabricaban en tres semanas más televisores que pianos Steinway en un siglo. Henry Z, la cuarta generación de la familia, decidió modificar el rumbo para no morir. Se concentró en los pianos de gran cola, corpulentas joyas que cuestan medio millón de dólares. Se tarda un año en terminarlas.

En 1972, la empresa fue vendida a la CBS, aunque conservando su autonomía dentro del holding. Fuera del circuito del piano utilitario de las escuelas y salas de ensayo –el Yamaha, digamos–, sigue en pie junto a sus hermanos Erard, Gaveau y Bosendörfer.

Hacer un Steinway es un proceso fascinante por su lentitud artesanal, su minucia que orilla lo microscópico, la variedad de especialistas que compromete y la precisión científica, que no excluye el ensayo y error, con que se ultima. Ochenta y ocho teclas, más de doscientas cuerdas, tres pedales, cientos de pequeños ingenios de madera y metal –clavijas, rodillos, puentes, apagadores, macillos, básculas, atrapes, palancas, pilotines, clavijeros– son la fauna que vive en la gran bañera.

La curva que cierra su caja armónica, entre una tapa también armónica y un bastidor metálico, se hace con una sola pieza de arce que se va curvando a mano, entre media docena de obreros.

Luego están los pianistas, detalle inolvidable. Hay quien requiere teclas livianas, que permitan apagar rápido e insistir en la misma nota. Otros las exigen más pesadas y decisorias de sonido. No falta quien examina treinta pianos para quedarse con uno, el único aceptable a sus exigencias. Quien ama lo flamante, quien adora lo maduro y se mete en el proceso a medio hacer para evaluar la «edad» del nascituro. Tal o cual se niega a tocar si no hay determinado afinador entre bambalinas para asegurar cualquier inconveniente, por inaudible que sea para el espectador.

¿Qué es un piano? Un clave con martillos capaz de regular volúmenes. Así de simple. La idea se le ocurrió a un italiano, Bartolomeo Cristofori, hacia 1700. El más antiguo que se conoce data de 1720. Y en ello estamos. El gran Johann Sebastian pensaba que todo era cuestión de sentarse y oprimir la blancura del marfil y la negrura del esmalte. Desde luego, qué fácil es cualquier cosa para un genio, con tal que la tapa del teclado no se le caiga sobre las manos y el bicho ilustre exhiba su dentadura. Lo dicho: es una máquina mágica y viviente.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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