En torno a Leopardi

Hay muchas maneras de ser romántico. Leopardi fue escogido por las circunstancias para el lamento y la ocultación.

Pertenecía a la pequeña nobleza de provincias pero vivía pobremente, sin trabajar, como un aristócrata, y pidiendo ayudas como un inválido. En parte lo era: una escoliosis declarada en su infancia lo volvió contrahecho, cardíaco y asmático.

Tuvo del romántico la quejumbre por la impertinencia entre hombre y mundo, pero no la vivió con la heroica y desafiante belleza de Shelley o Byron (con quienes coincidió en Pisa, sin siquiera saludarse), sino con un aire de enfermo terminal y un descuido maloliente que lo alejaba de las mujeres que lo enamoraron con ironía compasiva. En compensación, su compañero de cuartos de alquiler, Antonio Ranieri, recibió de él unas ardientes cartas de amor que han dado lugar a curiosas conjeturas: ¿fue Leopardi tan explícito porque su enamoramiento era incorpóreo o al revés?

Ranieri llegó a octogenario y redactó unas memorias, mayormente lamentables, donde por poco nos persuade de haber sido el salvador del poeta.

Escasamente presentable en público, Leopardi se refugió en otra querencia romántica, el ocultamiento, el soliloquio que ilustra el vacío universal, el ensimismamiento desértico de la Verborgenheit.

Las tres mil y pico de páginas de su Zibaldone son la tienda en el páramo y un monumento secreto del romanticismo, tardío y de baja intensidad, que se dio en Italia. Leopardi lo mezcló con otras tibiezas: su patriotismo liberal y su catolicismo.

Pudo exaltarse en la epopeya del país que se estaba construyendo, como Foscólo, o exhibir su tormento carcelario, como Pellico. Pero no lo hizo.

Fue un poeta del dolor, pero del dolor como universo, del dolor universal que inflige al hombre un Dios creativo y malvado, que inventó, precisamente, la creatividad del mal. Fácilmente, se advierte en esta cosmogonía la huella del pesimismo romántico. Pero Leopardi no fue un pesimista al uso.

Cansado de vivir, esperanzado en las bellezas inéditas de la muerte, agónico y partidario del éxtasis del extremo sufrimiento, su desamparo no desemboca en la maldición ni el aniquilamiento, sino en la fraternidad. Sabe que sufre la inopia de la creación pero que todos sus semejantes también la sufren, y sale a buscarlos en la noche helada e inhabitable, bajo la engañosa complacencia de las estrellas, le vaghe stelle dell'Orsa Maggiore.

En un siglo que se complacía exaltando el progreso lineal y acumulativo, Leopardi fue de los que advirtieron sobre lo inane de toda historia, sobre la vanidad de cualquier empresa y de cualquier expectativa mundana. Mas, cuando llegó a perderse en el infinito, lo sintió dulce como una innumerable compañía amorosa. Porque en esto también fue y sigue siendo romántico, en ese punto donde en el gozo de perder todo límite, en desaparecer, el ser humano mide su inconmensurable grandeza.

 Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en TheCult.es (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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