Henry Kamen y Felipe II

Desigual destino biográfico ha tenido Felipe II. Hasta 1800 sus biografías fueron escritas fuera de España y bajo el influjo de la leyenda negra. Censurado en vida por algunas de sus políticas, se convirtió luego en el objeto de la nostalgia por la perdida grandeza española.

Se considera que el inglés Motley, con su libro de 1956, empieza la era de las biografías documentadas. Lo curioso es que, entre ellas, Kamen no rescata ninguna española moderna (podría haber considerado la de Belenguer Cebria, pero la desdeña) y, entre las clásicas, sólo registra la de Luis Cabrera de Córdoba, contemporáneo del monarca, cuyo texto fue exhumado en 1876.

Felipe II parece un tema difícil de abordar desde España y las obras señeras sobre su tiempo nos han venido de fuera: Braudel, Febvre, Lynch, Elliot, Parker.

Kamen, en contra de las imágenes tópicas del rey, que lo muestran dominado por pasiones fanáticas y volcado a los extremos, prefiere exaltar su moderación, que le valió el mote de Prudente.

Lo contempla con simpatía y sin admirarlo, llevando su moderantismo hasta convertirlo en un personaje de escasa importancia y limitados poderes. A veces, acierta en el retrato de este castellano típicamente sosegado del Quinientos: calculador, racional, dominador de sí mismo, ponderado, distante y frío. Otras veces, las cuentas no salen.

Cabe agradecer su honestidad de historiador, que ofrece datos posibles de enfrentar a los criterios de Kamen.

Huérfano de madre en su niñez, hijo de un emperador que vivió lejos de él y de su tierra, Felipe fue consignado más como rey de España que como señor de un imperio mundial. Desconfiado en lo íntimo, no tuvo amigos y buscó la compañía de los viejos. Sus cuatro esposas y sus variadas amantes resultan madres ocultas, madrigueras visibles.

Optó por los placeres solitarios, como la lectura (arquitectura, pintura, música, milicia, magia, ocultismo, teología: a veces, textos prohibidos por la Inquisición) o promiscuos (danza, caza) pero que evitaban el téte-a-téte.

Trabajaba cotidiana y obsesivamente, y prefería la escritura a la conversación, lo impersonal y durable a la ambigüedad del cotilleo cortesano.

En general, lo atraían las cosas perdurables y coleccionaba obras de arte y reliquias de santos (de éstas reunió unas 7.400 ¿Serían todas imprescindibles?). Las observaba con mayor atención que a sus interlocutores, cuya mirada evitaba.

Sin duda, la muerte y el desapego familiar, sustituidos por ayos y nodrizas, le produjeron un cierto vacío afectivo, que palió buscando apoyarse en lo inmutable de las cosas. Padre de hijos que fueron desapareciendo, concentró su afecto en sus hijas menores, intentando que no desaparecieran antes que él.

Desde joven, debió percibir la tensión entre la cultura erasmista de su posible preceptor Vives y la católica, que acabó transmitiéndole el cardenal Siliceo. Este conflicto fue el de la España felipina y una de las causas de la famosa indecisión del monarca, que Marañón interpretó como un rasgo de debilidad encubierto, como suele ocurrir, por un manto de rigidez.

Débil con grandes poderes, Felipe no pudo manejar las gigantescas herramientas que pesaban en sus manos. Lugar privilegiado ocupa en tal panorama el tema religioso. Kamen sostiene que Felipe fue escasamente devoto hasta su etapa final, cuando se vio investido de una misión sobrenatural y trató de compensar sus fracasos mundanos con invocaciones a Dios. El Prudente se volvió Cruzado y el señorío castellano se tomó apelación a los visionarios y profetas.

Por una parte, vemos al Felipe europeo, modernizante, cosmopolita, viajero juvenil: renueva la vetusta arquitectura peninsular, introduciendo la de Italia y Flandes, y la jardinería francesa; organiza colecciones de arte y ejerce el mecenazgo; llama a Las Casas para redactar las Leyes de Indias, las que, aunque de difícil o imposible cumplimiento, llevan los principios del humanismo cristiano renacentista al trato con los indígenas de América.

Kamen muestra a este Felipe en conflicto con la aristocracia española, castiza, ignorante, aislacionista, misoneísta, con sus obsesiones por la limpieza de sangre y la ortodoxia religiosa. Aterrado, como su padre, por las guerras intestinas de Alemania, Felipe defendió la catolicidad excluyente de España como prenda de paz civil, y acabó sometido al aparato político de la Inquisición.

Por otra parte, el Prudente personifica el casticismo del «ser nacional español». Su dificultad para las lenguas (sólo hablaba castellano, aunque entendía otras neolatinas) es un síntoma de esa rigidez, altiva y desdeñosa, que lleva a prescindir del otro.

Austero, y al tiempo, rumboso, es capaz de llevar 11.000 personas de séquito a su boda londinense con María Tudor. Se apoya en la Inquisición por razones políticas (unidad del Estado y la sociedad) pero el Santo Oficio se convierte en el rector de los controles culturales basados en la ortodoxia.

Intenta pacificar y hace la guerra (el caso de Flandes es el más notorio): su política de unir por medio de la religión no impide los conflictos en Portugal, Aragón, Andalucía. Sus políticas merecieron censuras ya en su época, sobre todo al final de su reinado. Este aspecto es el flanco más débil en el libro de Kamen, quien sostiene que en aquellos tiempos no había políticas, que los gobiernos contemplaban la realidad y esperaban pasivamente que ocurrieran eventos para reaccionar ante ellos ¿Eventos naturales? El imperio español, o quizás hasbúrgico más que español, se basó en un sistema mercantilista de producir y hacer circular la riqueza: valor era el radicado en el metal precioso, que se extraía de América y pagaba los gastos de la guerra y el excedente social (construcciones suntuarias, tesoro de la Corona).

El metal no capitalizó a España, que pasó a ser la parte atrasada y decadente del Imperio. Enriqueció a los proveedores de implementos bélicos de Italia y Flandes, y a los banqueros que financiaban las guerras. España ni siquiera pudo contar con un ejército y una armada estatales, debiendo apelar a oficiales extranjeros y soldados de fortuna. Felipe II fue el símbolo: intervino en una sola acción militar.

Al final de su reinado, si bien las Indias y Filipinas estaban firmemente sojuzgadas, Flandes era incontrolable, se perdió casi todo el Norte africano, se hundieron tres «invencibles» Armadas contra Inglaterra, Francia se unificó bajo el protestante Enrique de Navarra, las ciudades españolas se llenaron de hambrientos, pestes y sequías empeoraron el cuadro de pobreza creciente e inflación de precios.

Ambicioso pero intransigente, escaso de autocrítica, Felipe II sólo admitía sus errores en plan providencial, tras una derrota. Es cierto que no asistió a las ejecuciones tras los autos de fe, ni autorizó directamente torturas ni asesinatos, aunque haya zonas oscuras en el asunto, pero las hogueras se encendieron y acabaron con disidentes, sospechosos, palabras, libros, ideas.

Kamen sostiene que a los contemporáneos no nos pertenece juzgar los crímenes de nuestros antepasados, pues también nosotros los hemos cometido. Razonamiento peligroso: la constancia del crimen no lo mejora éticamente. Tampoco es tarea del historiador disimular ni justificar inmoralidades. Si acaso, ponerlas al margen de la historia.

A Felipe II, en síntesis, a pesar de sus felices grandezas como El Escorial, los pinares de Castilla y los retratos del Tiziano, le ocurrió lo que a todos nosotros: ser paridos y devorados por la insaciable Madre Historia. Fue un gran bocado y un hijo que rescata su nombre del polvoriento olvido donde yace la mayoría de la humanidad.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en TheCult.es (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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