Savater frente a Cioran

Hacia 1973, Fernando Savater intentaba doctorarse de Filósofo con una tesis sobre Emile Cioran. Las dificultades para lograrlo integran la pequeña historia de la censura cultural a fines del franquismo.

Releer su libro Ensayo sobre Cioran, obra de la «incorregible juventud» (sic su autor), obliga a situarlo al comienzo de la nutrida carrera de Savater. Puede decirse que, junto a su trabajo sobre Nietzsche, es el par de espejos en que se mira el debutante.

Savater no hizo solamente una descripción del pensamiento de Cioran, entonces ignorado en nuestra lengua, sino que se miró en su ejemplo y diseñó su crítica.

De algún modo, su carrera posterior está contenida en este libro. En efecto, Cioran es un enemigo de la filosofía institucional, un enemigo del ser y un enemigo de la metafísica. Pero es, al mismo tiempo, un filósofo (alguien que ama saber), un afirmador del ser del lenguaje (pues lo trata con esencial rigor) y un embelesado merodeador del vacío, que es la categoría metafísica por excelencia.

En Oriente, el vacío es sagrado y una ética del vaciamiento conecta al hombre con su propia sacralidad. En Occidente, el vacío es la nada, un espacio donde, efectivamente, no hay nada, y que está vedado tanto a la razón como a la sinrazón. Estas aporías están bien vistas por Savater y serían poco si fueran sólo unas observaciones sobre Cioran. Pero son, mucho más allá, un ejercicio de acercamiento y distanciamiento respecto al escepticismo radical.

Nada de lo que sabemos es verdad, pero lo sabemos, es la paradoja del esceptico. Al menos esto es lo que logramos conocer, siempre a la espera de que los cimientos de nuestros discursos sean cuestionados por el mismo discurso. Lo que ahora denominamos, por abuso jergal, desconstrucción.

Cioran rechaza el mundo y Savater ha venido a afirmarlo, por vía del hedonismo. En Cioran hay la nostalgia del retiro místico (se nota cuando habla de «los hombres», como si él no lo fuera). En Savater, proclamación de la sacralidad de la vida, de la finitud que va del nacimiento a la muerte, y un intento de pensarla en los límites de la razón, aunque sea una razón convulsa, deseante y corporal.

Por fin ¿es posible negar la dignidad de la vida sin suicidarse? ¿No es sobrevivir, una actitud ética afirmativa? ¿No es vivir, una afirmación de la bondad de la vida, de la «buena vida»? A estas confirmaciones mundanas, Savater añade otra, la de escribir.

No se puede ser esceptico radical y dedicarse a la escritura. Escribir es un acto de fe en la palabra, en la propia y en la ajena, ya que todo lenguaje nos viene de los otros y se dispara hacia los otros, aunque no llegue a ellos,

En esta encrucijada también hay una sutura que se desgarra entre el maestro y el discípulo. El otro existe en el confín de mí mismo, es el postulado ético fundamental de Savater: debo amarlo como a mí mismo, por lo que he de amarme antes y querer para el otro lo que me parece bueno para mí.

En cambio, en Cioran el otro no existe: el pensador es un ocioso aristocrático que contempla el desierto del mundo con cierta amarga alegría. Es un solipsista de la pereza, un resignado a la gozosa soledad del incrédulo.

Tal vez, una vuelta de tuerca le haga ver, en el páramo universal, la sombra de algún redentor. Cioran salva a Cioran, quizá bajo las especies de un Otro condigno de él. Es de agradecer todo escepticismo laico en medio de un mundo que, habiendo perdido el fundamento, a veces, por parte de autorizadas voces, clama por la resurrección de Dios y el retorno del Padre. No obstante, todo pensamiento hondamente secular ha de advertir sus propios límites y paradojas, so peligro de sacralizarse a sí mismo. Es la temprana advertencia que leemos en estas páginas del joven Savater motivadas por el viejo Cioran.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en TheCult.es (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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