Crítica: "Verónica" (Paco Plaza, 2017)

El director Paco Plaza debutó en el largometraje con la adaptación de la novela de Ramsey Campbell The Pact of the Fathers, titulada para la ocasión El segundo nombre (2002). Se trataba de un film correcto y efectivo, aunque algo serio y encorsetado. Poseía una frialdad cercana al cine del, por entonces, adorado Amenábar.

Poco cabía esperar que, a partir del telefilme Cuento de Navidad (2005) del ciclo Películas para no dormir, Plaza se revelara como un director de películas de terror dotadas de un estupendo sentido de humor ibérico, con grandes dotes para la comedia costumbrista, la ternura, la ambientación y la dirección de actores.

Si en Cuento de Navidad se adelantaba a la (por otro lado inevitable) moda de la nostalgia de los 80, popularizada en películas como Super 8 (J.J. Abrams, 2011) o series como Stranger Things (Matt y Ross Duffer, 2016), su colaboración con Jaume Balagueró en la muy exitosa saga REC le confirmó como un creador de cine 100% comercial, capaz de manejar herramientas propias del cine estadounidense, pero sin renunciar a lo autóctono. En la discutida REC 3: Génesis (2012), Plaza dirigía en solitario lo que venía a ser un cruce entre película de zombis-posesos y comedia a lo Berlanga, con resultados a ratos brillantes.

Ahora, con Verónica, vuelve a sorprender ya desde el propio título del film. En principio, la película no trata sobre la célebre leyenda urbana de Verónica, la versión española del espectro del espejo (equivalente a la Bloody Mary estadounidense), sino que nos encontramos con una (muy) libre recreación de aquellos extraños sucesos que, a principios de los 90, a algunos nos inquietaron (quien les escribe tenía la misma edad que la protagonista de la película por entonces) y que han quedado para la posteridad como “El poltergeist de Vallecas”.

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Cambiando nombres y detalles para no resultar demasiado irrespetuoso, Plaza nos sirve una película cuyo argumento no es muy distinto de todas esas cintas adolescentes sobre sesiones con la tabla ouija que salen mal. Sin embargo, la cuidadosa creación de los personajes, el realismo de la ambientación (Vallecas en 1991), la excelente dirección de actores y la gran carga emocional de esta tragicomedia elevan a Verónica no sólo por encima de la media del género de terror español actual, sino del cine de terror adolescente internacional.

Los momentos de miedo son efectivos, aunque a algunos se notan forzados y rodados con menos mimo que las secuencias cotidianas o las que se refieren el estado emocional de la protagonista, donde los juegos de desenfoques y otras filigranas audiovisuales reflejan a la perfección la alienación de la muchacha.

También hay cierta carga nostálgica para los miembros de la “Generación X”, si bien no es una “carga cargante” y está más o menos justificada, como la obsesión juvenil por Héroes del Silencio o la presencia machacona de un anuncio televisivo de la época.

Hay detalles en la historia (la importancia en la historia de un espejo, la repetición del nombre de la protagonista, el percance con una ouija…) que podrían indicar que Verónica también funciona como “historia de origen” del popular fantasma de las leyendas escolares. Si el largometraje tiene el éxito que se merece, puede que se confirmen estas sospechas.

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Notas del director

"En 1991, año en el que se desarrolla la acción de la película, yo tenía la edad de Verónica, iba a un colegio religioso, me encantaban los Héroes del Silencio y pasaba grandes parcelas del día con mis hermanos habitando un universo propio y hermético en el que las fronteras entre realidad y fantasía se difuminaban.

En séptimo de EGB mi amigo Carlos Paniagua compró en el quiosco un fascículo con el que regalaban una tabla ouija muy similar a la que hemos recreado para la película. Por las tardes, a la salida del colegio, en el límite entre lo lúdico y lo terrorífico, nos juntábamos varios compañeros de clase para invocar a los espíritus. Nosotros mismos, que nos encontrábamos también en el límite entre la infancia y la pubertad, sentíamos el vértigo de coquetear con lo inexplicable, temiendo y deseando al mismo tiempo creer que nos comunicábamos con los espíritus.

Esa es la sensación que he intentado recrear con Verónica: la excitación al notar que el vaso se mueve bajo tu dedo propulsado quizás por una entidad sobrenatural. Verónica somos nosotros, parapetados tras nuestros auriculares, recorriendo las calles de ladrillo rojo de un barrio del extrarradio de cualquier ciudad española.

Los miedos que habitan la pantalla funcionan como motores de la trama, pero al mismo tiempo como metáforas con las que hablar del propio miedo de Verónica a crecer, abandonar el refugio de la infancia, y asumir responsabilidades adultas. Verónica es una mano tendida al espectador para sumergirse en el escalofrío, invitándole a que sienta ese hormigueo sospechando que alguien está moviendo el vaso pero sin dejar de pensar que quizás, el vaso se está moviendo solo.

No puedo ocultar la influencia de Cría cuervos en esta película. Su combinación de realismo mágico con el morboso universo infantil me han inspirado desde el principio a la hora de abordar esta historia. Poder contar con Ana Torrent ha sido un regalo inmenso, y me ha gustado llamarla Ana, como en la obra maestra de Saura, jugueteando íntimamente con la idea que se trata del mismo personaje años más tarde. No sólo la sombra de Saura planea sobre la película, también la de Bécquer, Erice o Chicho Ibáñez Serrador, representantes de una aproximación al género desde lo local que para mí es la forma más interesante de tratarlo, contextualizándolo en un tiempo y lugar concretos, en este caso la España pre-Olímpica de mi adolescencia, que es la adolescencia de Verónica, encarnada por Sandra Escacena.

Cuando empezamos el proceso de casting, nos planteamos que teníamos seis meses para buscar a Verónica, pero el primer día de casting, mientras estaba a las once de la noche leyendo, recibí una llamada de Arantza Vélez, la directora de casting. Al otro lado de la línea, nerviosa, me decía: "sé que faltan muchos meses y que vamos a ver muchísimas niñas (al final vio cerca de 800 candidatas), pero estoy muy nerviosa, he visto una niña que tiene algo increíble". Al día siguiente vi la prueba de Sandra y sentí lo mismo que Arantza. Hicimos juntos un sinnúmero de pruebas a lo largo de los meses, pero cada vez se afianzaba nuestra percepción inicial: Sandra debía ser el rostro y el corazón de nuestra Verónica.

La veracidad del núcleo familiar era para mí parte fundamental de la película, por lo que nos enzarzamos en un largo proceso también para encontrar a nuestras mellizas, Claudia Placer y Bruna González, y al pequeño Iván Chavero. Ahora, cuando les veo juntos, tengo la sensación de estar viendo a una auténtica familia, con sus dinámicas internas y cuya cotidianidad podemos contemplar más allá de la trama. Una familia sometida al azote de una amenaza sobrenatural aterradora, desatada de forma inconsciente por una niña inocente que tendrá que enfrentarse a las consecuencias y pagar un precio por ello".

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Copyright del texto de Paco Plaza y de las imágenes © Sony Pictures. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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