La identidad de Hitchcock

Un tema obsesivo parece recorrer la primorosa telaraña de tensiones y juegos de manos que es la obra de Alfred Hitchcock: un hombre se ve metido en la identidad de otro y acaba siendo devorado por esa segunda identidad, extraña, que resulta ser la suya propia.

Es lo que algunos psicólogos llaman experiencia de lo siniestro, esa extrañeza u otredad que se revela como propiedad y mismidad.

Las palabras son feas, pero no hay otras. Así, los jóvenes turistas de Alarma en el expreso (The Lady Vanishes, 1938) se convierten en investigadores policiales y luchadores antifascistas; Robert Cummings, en Sabotaje (Saboteur, 1942), es transformado en un prófugo de la justicia que ha de replicarse en justiciero solitario; el frivolo y ligón Cary Grant de Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) también ha de cambiar bruscamente de profesión; algo similar a lo que padece el desprevido Robert Donat de 39 escalones (The 39 Steps, 1935), caído en la maraña de una banda de espías que lo «traduce» en improvisado agente del contraespionaje, más o menos lo que le ocurre a James Stewart en la segunda versión de El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1956) y a Joel McCrea en Enviado especial (Foreign Correspondent, 1940).

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Hitchcock se preocupó tras esta verdad elemental: nuestro ser proviene de los otros, somos el resultado de su mirada, la viva superficie sobre la cual resbala su deseo.

Nuestras identidades tienen mucho de azaroso. Pudimos ser los que somos o cualquier otra cosa, sin necesidad alguna que nos determinase.

El propio Hitchcock solía abandonar su sillón de director y hacer de «extra» en sus películas, convirtiéndose en un ente ficticio, en un personaje más de la trama. Seguramente, al volver a casa, entre whisky y whisky, repetiría las preguntas del caso: ¿quién eres? ¿quién soy?

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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