El secreto de los templarios

El secreto de los templarios Imagen superior: Hugo de Payens (pintura del siglo XIX, Palacio de Versalles).

El  13 de octubre de 1307, el rey Felipe IV de Francia decidió por cuenta propia ordenar la detención de todos los templarios y el requisamiento de todos sus bienes, acusándolos de herejía, sodomía y adoración de ídolos paganos. Aun así, el Papa Clemente V tardaría unos cuantos años en apoyar la disolución definitiva de la Orden, en lo que muchos han considerado una conspiración para acabar con el enorme e incómodo poder que había adquirido la misma y que, entre otras cosas, tenía endeudado al rey francés. Hasta entonces, los templarios habían sido, durante casi dos siglos, modelo y ejemplo del buen hacer cristiano.

Según la historia oficial, nueve caballeros llegaron a Jerusalén en el año 1118 para ofrecer sus servicios al rey Balduino como protectores de los cristianos que viajaban a Tierra Santa y contribuir a la defensa de la ciudad. A estos nueve valientes capaces ellos solos de tal misión no se les conoce, sin embargo, acción de combate alguna, pues vivieron recluidos en un ala del palacio de Balduino, construido sobre las antiguas ruinas del Templo de Salomón.

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Imagen superior: "Templarios en la hoguera" (1479-1480). Ilustración en "De casibus virorum illustrium", de Giovanni Boccaccio, en la versión francesa de Laurent de Premierfait ("Des cas des ruynes des nobles hommes et femmes").

Como apunta Louis Charpentier en El enigma de la Catedral de Chartres, si aquellos nueve caballeros, que se presentaban como grupo independiente, pues hasta 1128 no se les concedería el título de Orden, hubieran perseguido defender a los peregrinos, lo lógico es que el rey les hubiera puesto al servicio de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén, que para eso estaban. El caso es que, lejos de tal lógica, estos tipos vivirán durante nueve años en los sótanos de palacio, sobre las ruinas del Templo, aislados por voluntad propia y con el beneplácito del rey. ¿Haciendo qué?

Pero antes hay otra pregunta. ¿De dónde venían y quiénes eran tales caballeros que gozaron del más exquisito trato por parte de Balduino? Todo apunta a la región de Champaña, al norte de Francia, y a una ciudad, Troyes. Allí se celebró en el año 1104 una reunión de grandes nobles en la que participaron Hugues de Payen, uno de los nueve caballeros y a la postre primer Gran Maestre del Temple, y André de Montbard, otro de los nueve, tío del que luego sería el personaje clave de toda esta historia: Bernardo de Claraval, refundador de la Orden del Císter y quien la llevó a su máximo esplendor. Precisamente, el Císter será la orden responsable del apogeo gótico.

Con la perspectiva que nos da el tiempo, parece claro que aquello era lo más parecido a un comando en misión secreta buscando algo relacionado con el Templo de Salomón. Y el objeto más valioso relacionado con aquel lugar no era otro que la mítica Arca de la Alianza y su contenido: las Tablas de la Ley.

Se suelen confundir las Tablas de la Ley con las Tablas de los Mandamientos, pero el error es obvio desde el momento en que el libro del Éxodo, con Moisés como protagonista, habla de las primeras como textos muy valiosos y secretos a los que nadie puede acceder, mientras que los segundos son vox populi.

Las Tablas de la Ley son la ley divina, y ésta es, según el Génesis, “número, medida y peso”. De aquí a la geometría sagrada hay sólo un paso. En palabras de Charpentier:

Poseer la Ley Divina es, pues, tener acceso al conocimiento de la gran Ley de unidad que rige los mundos, de remontar de los efectos a las causas y, consiguientemente, de actuar sobre los fenómenos que engendran las causas diversificándose hacia la pluralidad.

De ser así, se explicaría por qué el Císter tuvo tanto cuidado en estudiar los textos hebreos y en cuidar a sus sabios, puesto que la Ley estaría escrita siguiendo las claves de la criptografía cabalística. Una vez interpretadas las claves y desentrañados los mensajes de ciertos pasajes bíblicos, quedaba manifestar la ley divina en la materia.

Tras el regreso de los nueve a Francia, en 1128, comenzará una vertiginosa carrera constructiva que, durante ciento cincuenta años, inundará de edificios media Europa. Así, tendríamos a cistercienses, templarios y masones constructores unidos en un objetivo común: despertar a la serpiente telúrica, la wuivre, usando las formas de la geometría sagrada sobre los lugares considerados como centros energéticos de poder. Los primeros como sabios intérpretes, los segundos como buscadores y protectores del terreno, los terceros como mano de obra.

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Imagen superior: mapa de Jerusalén, siglo XII.

Juan García Atienza estudia en su libro La meta secreta de los templarios las posesiones que la Orden tuvo en España, de donde extraemos tres conclusiones claves y relacionadas:

Por un lado, los templarios pactaban con los reyes de turno los lugares que les serían entregados antes incluso de ser conquistados. Es decir, sabían lo que querían.

Por otro lado, muchos de tales lugares resultaron ser inútiles desde un punto de vista económico o estratégico, localizados en tierras yermas y/o alejadas de cualquier punto de interés, incluso en zonas casi inaccesibles.

Finalmente, tales zonas solían tener en común una larga tradición de leyendas populares relacionadas con el misterio que han pervivido hasta la actualidad, enclaves situados cerca de cuevas en las que se detecta actividad humana de épocas paleolíticas y/o de asentamientos megalíticos, como dólmenes y menhires. Se trataba, por tanto, de lugares “mágicos” reconocidos así por sus pobladores desde tiempos muy remotos.

Lo que parece claro es que su conocimiento se basaba en un esoterismo telúrico que se remonta a las enseñanzas del egipcio Tot, , las cuales enlazan de una civilización a otra desde la construcción de las primeras pirámides hasta el Templo de Salomón, el Hermes griego, el Mercurio de los romanos y, común a todas ellas y anterior, el legendario Lug precéltico. Y quién sabe a qué otras más remotas, pues hasta ahí llega el conocimiento histórico. El heredero cristiano de estos arquetipos del conocimiento sagrado no sería otro que San Miguel Arcángel, uno de las figuras más ensalzadas en las construcciones templarias. En esta revista ya hablamos en su momento de los símbolos egipcios de las iglesias de la Orden al hacer referencia a un paseo por la ermita de Artaiz, en Navarra, con el amigo Carlos Galindo.

Otro aspecto significativo es que los templarios inauguran la devoción mariana. Charpentier cita una frase al respecto tomada de uno de los procesos que tuvieron lugar en 1310 contra ellos:

Tu Orden, la del Temple, ha sido fundada en Concilio general en honor de la santa y gloriosa Virgen María, tu Madre, por el bienaventurado Bernardo.

La figura de la Virgen, sobre todo en el caso de las vírgenes negras, no es sino la cristianización de los cultos a la deidad femenina de la fertilidad y, por ende, representaciones de la madre tierra, tales como Isis, Artemisa, Cibeles o, si cruzamos el océano, la Pachamama andina.

Resumiendo, podemos decir que estaríamos ante unos tipos que tras volver de Jerusalén fundaron la orden más eficiente, rica, poderosa y productiva de Europa, llegando a actuar como Estado independiente dentro de los diferentes reinos del continente, que se dedicaban a buscar y luchar por lugares sin interés material conocido y cuyos ídolos eran representaciones de la sabiduría y el conocimiento oculto, por un lado, y de la madre tierra y de sus fuerzas telúricas, por otro.

Hoy en día, nuestro pensamiento racional y práctico nos diría que es para echarles de comer aparte…

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Imagen superior: Interrogatorio de Jacques de Molay ("An illustrated history of the Knights Templar", de James Wasserman).

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo desapareció oficialmente en 1314, tras la quema de su último Gran Maestre, Jacques de Molay. Pero no así su leyenda. En España, sus posesiones materiales, y quién sabe qué más y quiénes más, pasaron a manos de órdenes como la de Montesa y Calatrava. La primera está íntimamente vinculada con la protección del antipapa Benedicto XIII, que acabó sus días refugiado en el castillo de Peñíscola, antigua fortaleza templaria. La segunda, dicen algunos, habría guardado ciertos secretos relacionados con la geografía que permitieron a Cristóbal Colón emprender, con el apoyo de ciertas escuelas judías, su aventura más allá del “mundo conocido”. De hecho, el 12 de octubre como fecha oficial del “descubrimiento” no sería sino un homenaje al último día de libertad de la Orden del Temple, una manera simbólica de devolverles el poder perdido.

Otras sociedades europeas habrían guardado también la herencia templaria, llevándola a tan buen recaudo que hay quienes ven en las sociedades masónicas que apoyaron la Revolución Francesa la venganza definitiva del espíritu de los templarios sobre aquellos que les condenaron. A saber, la monarquía francesa y la curia eclesiástica. Pero estas son otras historias…

Copyright del artículo © Rafael García del Valle. Reservados todos los derechos.

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, publicados principalmente en su blog Erraticario, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.

Esa labor de investigación le lleva a conocer y comprender el desarrollo de la Tercera Cultura, que establece puentes entre las ciencias y las humanidades.

García del Valle escribe alternando el rigor de un científico y la curiosidad de un viajero –tras varios años de trabajo en Irlanda e Inglaterra, regresó a España, donde sobrevivió como cocinero durante algunos años–. Sin embargo, por encima de todo, el suyo es el punto de vista de un divulgador.

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