Viernes, 16 Enero 2015 12:38

Cómo se vende una conspiración Destacado

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Thierry Meyssan junto al ayatolá Mahmood Mohammadi Araqi. Teherán, septiembre de 2002 © Voltairenet.org

Cuando leemos que una masacre terrorista fue un atentado urdido por los servicios secretos o que las democracias occidentales son dictaduras encubiertas, el periodismo deja de resultar útil. Y es así porque quienes retuitean esta insoportable sospecha han decidido desconfiar de los medios clásicos y también de las fuentes oficiales.

Las cifras no precisan cuántos clientes tiene una teoría de la conspiración de este tipo, pero es evidente que el viejo lema de la CNN ("Si ha ocurrido, quiero saberlo") ya no atrae a esa legión de lectores que, harta de titulares asépticos e incoloros, desconfía de la objetividad de los datos, y prefiere echarse en brazos de los charlatanes y de los traficantes de estereotipos. Al fin y al cabo, su versión de los hechos, por delirante que parezca, se amolda mejor a los prejuicios colectivos. Sobre todo en esa urgencia exaltada que es propia de Twitter o de Facebook.

Esta actitud no es nueva. Antes de que internet derramase su contenido, la especulación conspirativa ya animaba un sinfín de tertulias. Basta con hojear cualquier ensayo sobre el tema para que los antecedentes se amontonen.

Hace algunos años, la ufología –con la sugerente promesa de presentarnos a visitantes de lejanos planetas– era un club internacional donde se convocaban encuentros multitudinarios. Millones de almas en todo el mundo coincidían –virtualmente o en animadas reuniones– a la hora de señalar a los gobiernos como encubridores de una realidad oculta. ¿Y cuál era esa realidad? Bien fácil: los agentes de esos gobiernos, con gafas de sol y trajes impecables, ocultaban cualquier pista de unos afables extraterrestres que habían aparcado sus naves en nuestro patio trasero.

Un subgénero editorial vino a satisfacer esa demanda. En Europa lo hizo Planète, la revista francesa que editaron Jacques Bergier y Louis Pauwels entre 1961 y 1972. Ese realismo fantástico que defendían ambos autores –una ficción basada en hechos reales– pronto saltó de los ovnis a teorías más sugerentes. En poco tiempo, un aluvión de imitadores de Planète asaltó los kioskos. Nos acostumbramos así a especular sobre supuestas operaciones militares de control mental, telépatas al servicio de la CIA o cazadores de yetis silenciados por el FBI.

Desde el mundo anglosajón, llegó otra revista similar, Omni (1978), creada por Bob Guccione, el editor de Penthouse. Guccione y quien luego fue su esposa, Kathy Keeton, fomentaron desde Omni esa moda del misterio con artículos sobre parapsicología, seudociencias... y también conspiraciones.

En lo sucesivo, ninguna publicación de ese estilo prescindió de este ingrediente infalible. Al fin y al cabo, lo fundamental era confirmar con rotundidad una certeza: el Gobierno norteamericano oculta los cadáveres de los extraterrestres de Roswell y conoce la verdad sobre el asesinato de Kennedy. Dicho de otro modo, engaña a sus ciudadanos y merece ser denunciado por ello.

Como decía, no es algo nuevo. La tradición conspirativa iniciada con Los Protocolos de los Sabios de Sión ya tenía cierto arraigo en Estados Unidos. No olvidemos que este libelo antisemita, urdido en Rusia en 1902, fue editado en América por el mismísimo Henry Ford, quien costeó una tirada de medio millón de copias en los años veinte. El resto es historia conocida. Los Protocolos sirvieron a Adolf Hitler para apuntalar su delirio genocida, y de paso, proporcionaron una lección a los interesados en la manipulación masiva: un fraude, adecuadamente documentado, puede tener una eficacia propagandística excepcional. De hecho, la judeofobia contemporánea –islamista, ultraderechista o ultraizquierdista– aún repite la principal mentira de los Protocolos; esto es, la idea de que los judíos diseñan un plan para dominar el mundo.

Thierry Meyssan © Voltairenet.org / Jean-Sébastien Farez

Retrato de un conspiranoico

En el siglo XXI, sobre todo con la apertura de las redes sociales, la conspiranoia ha arraigado poderosamente y llega a generar adicción. A falta de argumentos de autoridad y con esa fluidez propia del pensamiento débil, los blogs conspirativos adquieren la misma dignidad popular que los trabajos de investigación periodística que desenmascararon complots reales, como el Watergate o el escándalo Irán-Contra. Por esa misma razón, aquellos chiflados que escribían en los ochenta sobre el bigfoot o el triángulo de las Bermudas han cambiado de tema –aunque no de actitud– para dedicarse a señalar con el dedo a sus gobiernos, o ya puestos, a esos jerarcas con butaca preferente en el Club Bildelberg, que falsean elecciones, extienden epidemias o inventan guerras, siguiendo la tradición de los archivillanos del cómic y de la literatura pulp.

En la Era Twitter, la sospecha, el bulo y el rumor han sustituido a la noticia contrastada. Como nos dice un prestigioso psicólogo de la Universidad de Bristol, Stephan Lewandowsky, las teorías de la conspiración consuelan a un público que no entiende bien cómo funciona el mundo, y al que le infunden una sensación de control ante acontecimientos que escapan a su comprensión. Siguiendo a Lewandowsky, resulta sencillo y casi sedante pensar que el 11-S fue un autoatentado que idearon Estados Unidos e Israel, útil para dar salida a su arsenal de armas y conquistar territorios petrolíferos.

Esa explicación, aunque digna de un guión de serie B, es infinitamente menos alambicada y temible que la amenaza de una red yihadista internacional, dispuesta a ejercer el terror de forma certera y constante. Una causalidad razonada sustituye así a un temor que puede ser insoportable, sobre todo desde la comodidad occidental.

La psicología cognitiva aprecia aquí otra importante recompensa: quien cree en conspiraciones se considera parte de una minoría informada, capaz de desentrañar las apariencias para ir al fondo de lo real. Funciona sobre todo cuando lo real es complejo y no puede explicarse en un tuit.

En realidad, hablamos de un sentimiento de poder. Así, quien acepta que el cáncer se cura con limón y bicarbonato, convencido de que este tratamiento es ocultado maliciosamente por las multinacionales farmacéuticas, se sitúa al mismo nivel que un oncólogo, por mucho que este último haya pasado por largos años de estudio y de práctica.

Paradójicamente, el consumidor de conspiraciones cree ser un escéptico y un librepensador, o incluso un rebelde ante el orden establecido, pero en realidad se refugia en la creencia, en un sentido casi religioso. Y dado que la posmodernidad nos ha vendido que no existen los hechos objetivos y que todas las opiniones son respetables –bendito sea el relativismo–, basta con que un manipulador reinterprete un acontecimiento con las connotaciones adecuadas, y el creyente incluirá esa fantasía conspiranoide en una sucesión de causas y de casualidades. No intenten sacarle de su error. Hablamos de un credo –¿cree usted en los ovnis o en la telepatía?– que nada tiene que ver con un argumento deducido científicamente.

En otras palabras, una cosa es abordar racionalmente la faceta tenebrosa de la guerra fría –lean Juicio a Kissinger, de Christopher Hitchens– y otra muy distinta convertir todos las coincidencias y enigmas de la actualidad internacional en pruebas humeantes contra la CIA, el Mossad y el MI6.

Con lo que volvemos al comienzo de esta reflexión. Echemos un vistazo a la edición digital de Russia Today (RT) (11-1-2015): "El exsubsecretario del Tesoro de EE.UU., Paul Craig Roberts, asegura que el ataque terrorista contra la sede de 'Charlie Hebdo' en París fue una operación de bandera falsa 'diseñada para apuntalar el estado vasallo de Francia ante Washington'".

Entre los comentarios a la noticia, hay unos cuantos que cualquier publicista elegiría como modélicos a la hora de establecer un consumidor modelo para este titular. Por ejemplo, este: "La masacre preelectoral del 11-M de 2004 en Madrid, que causó 200 muertos y casi mil heridos en varios trenes, y que instauró un régimen masónico en España: el PPSOE, primero con Zapatero, del PSOE, y después con Rajoy, del PP". O este otro: "Estos autoatentados son las ultimas intentonas del imperio del Norte ante el rápido e inexorable perdida de influencia en el mundo".

Thierry Meyssan y Hussein Shariatmadari, representante del Líder Supremo de la Revolución Islámica y presidente del grupo editorial Kayhan.Teherán, septiembre de 2002 © Voltairenet.org

Creer a Thierry Meyssan

La convicción de que la palabra autoatentado construye la realidad contemporánea tiene copyright. Por eso debemos reconocer la indiscutible habilidad del activista que ha alcanzado cierta celebridad con ese hallazgo.

Su nombre es Thierry Meyssan. Vive en Damasco, Siria, y uno de los momentos decisivos de su carrera tuvo lugar el 8 de abril de 2002, en Abu Dhabi, cuando, bajo los auspicios de la Liga Árabe, presentó su gran éxito L'Effroyable imposture, publicado en España como La gran impostura: ningún avión se estrelló en el Pentágono.

¿Lo recuerdan? Este texto es la fuente de la gran mayoría de las webs que repiten la teoría del autoatentado al recordar el 11-S. Ya saben: Bush ordenó el ataque a las torres gemelas y la CIA oculta esa "realidad" estremecedora.

Gracias al impacto internacional de dicho libro, Thierry Meyssan simpatiza con medios como el mencionado Russia Today (RT) y es colaborador del semanario Odnako. Por cierto, ambos siguen la línea oficial del Gobierno de Putin, así que este sendero de baldosas amarillas nos lleva ahora hasta Moscú.

RT, bien conocido por los lectores hispanohablantes, es en realidad una televisión por cable y satélite de carácter estatal. Más allá de las fronteras de la Federación Rusa, llega a una multitudinaria audiencia internacional con ediciones en otras lenguas. En términos informativos, tiene un serio papel geoestratégico, y precisamente por ello, no es casual que el Ofcom, un organismo oficial británico que protege a la audiencia audiovisual y regula la competencia entre los medios, haya denunciado a RT por violar sus reglas de imparcialidad.

¿Quiénes son los creadores de RT? Ahí es nada: un ex ministro del gabinete de Putin, Mikhail Lesin, y el jefe de prensa presidencial, Aleksei Gromov.

Entre los spots promocionales del canal, destaca uno en el que un soldado occidental se transforma digitalmente en un talibán, mientras emerge la frase: "¿Son los terroristas los únicos que practican el terror?".

Ese detalle explica que para el Gobierno norteamericano haya, en la guerra de la información, cuatro adversarios amenazadores: el canal Islamic Republic of Iran Broadcasting (con ramas como Press TV e Hispan TV), China Central Television (CCTV) y Russia Today (RT).

En el caso de RT, la estrategia es peculiar, porque junto a la información televisiva convencional, ha potenciado muy vigorosamente su presencia en las redes, a través de vídeos y artículos. Gracias a ese esfuerzo, su liderazgo en YouTube es tan notable que supera al gigante Fox News Channel.

He aquí otro detalle significativo: entre sus programas estrella figuró World Tomorrow (2012), presentado por el fundador de Wikileaks, Julian Assange. ¿Su primer entrevistado? El líder de Hezbolá Hassan Nasrallah.

La web de RT pone su acento en la viralidad. Por eso difunde cualquier bulo, rumor o indicio de conspiración que pueda dañar la imagen de los contrincantes internacionales de Putin. De ahí que opte también por un estilo sensacionalista, aunque ello nos obligue a leer titulares inefables como "El Pentágono tiene un plan para luchar contra un ejército de zombis" (15-5- 2014) o "Un parlamentario ruso: La OTAN convierte a nuestros jóvenes en zombis" (21-2-2014). En fin, ese tipo de cosas: la geopolítica en blanco y negro, con una buena dosis de imaginación.

El antiamericanismo tiene mucha importancia en RT, así que no debe extrañarnos que Meyssan sea citado con frecuencia como fuente de autoridad. A todo esto, aún no les he comentado que este mismo activista es el artífice de la Red Voltaire (Réseau Voltaire), una plataforma digital desde la que se difunden esta y otras conspiraciones, de acuerdo con una línea editorial que conviene detallar.

Fundada en 1994 como una ONG a favor de la libertad de expresión y el laicismo, la Red Voltaire ha ido centrándose paulatinamente en las obsesiones de su creador. Aparte de justificar la conspiranoia del 11-S –buena publicidad para el libro de Meyssan–, este medio ha respaldado a grupos como Hezbolá –al que compara con la Teoría de la Liberación– y ha insistido en que Sarkozy es un agente sionista de la CIA.

Thierry Meyssan en compañía de Nawaf Al Moussaoui, delegado de relaciones exteriores de Hezbolá. Beirut, 2002 © Voltairenet.org

Viaje a Oriente

En agosto de 2011, Meyssan se hallaba en Trípoli, y desde allí, denunció en Russia Today que los periodistas de la CNN y la BBC que ocupaban su hotel eran agentes de la CIA y el MI6. ¿Qué hace que un hombre como éste descubra constantemente enemigos a su alrededor? ¿Existe algún rincón del globo donde no se sienta amenazado?

Bueno, alguno hay. Cuando Meyssan viajó a Teherán en 2002, para difundir su interpretación del 11-S, es evidente que tuvo una acogida amistosa entre las autoridades de aquel país.

En realidad, el ideario del periodista francés viene a ser el mismo que el Gobierno iraní promueve a través de Press TV e Hispan TV. Gracias a esa simpatía mutua, en septiembre de 2014 intervino en la Conferencia Internacional Nuevo Horizonte, que le permitió reunirse en la capital iraní con otros conspiranoicos, como el controvertido Wayne Madsen –otro invitado habitual de RT y de Press TV–. Ya pueden imaginar de qué hablaron. Entre los temas estrella de la mesa redonda de Meyssan figuraba el titulado "Uniendo a los creyentes musulmanes para conocer la verdad del 11 de septiembre y en contra del sionismo".

Aparte de un representante del Gobierno iraní, Hasan Rahimpour Azghadi –que remató su intervención diciendo: "El sionismo no desaparecerá con palabras. El estado sionista de Israel debe ser aniquilado"–, participaron en el encuentro dos representantes del partido neofascista Parti Solidaire Français, Thomas Werlet y Olivier Lemoine. Asimismo, fueron invitados al encuentro personajes como Noël Gérard, alias "Joe Le Corbeau", autor de Shoah Hebdo, un pastiche de Charlie Hebdo que viene a ser un ejemplo feroz de antisemitismo, y Gilles Munier, activista proiraquí, próximo al régimen de Saddam Hussein y colaborador de otra web radical, Egalité et Réconciliation.

*

Thierry Meyssan ante los símbolos de la República Bolivariana de Venezuela. Caracas, 2003 © Voltairenet.org

Cui prodest

Para conocer en español la idea que tiene del periodismo Thierry Meyssan, es recomendable leer un libro colectivo en el que participó, Políticamente incorrecto (Editorial Ciencias Sociales. 2004). El postfacio de esta obra lleva la firma de Fidel Castro.

¿Dije periodismo? El 10 de enero de 2015 Meyssan se tomaba la libertad de reinterpretar la masacre de Charlie Hebdo. Como era previsible, la catalogó como un autoatentado. "Los patrocinadores del ataque contra Charlie Hebdo –escribía en la Red Voltaire– no pretendían satisfacer a los yihadistas o a los talibanes, sino a los neoconservadores y a los halcones del liberalismo".

Tampoco es preciso extenderse más. Resuelvan el crucigrama. Los indicios son abrumadores, y cada uno de ellos, multiplica las sospechas de forma exponencial.

Quizá no debería escribir esto, pero cómo resistirse: nadie puede obligar a los lectores a comprar noticias verdaderas. Sin embargo, de ahí a exhibir con entusiasmo las creaciones de un tipo como Meyssan media un abismo, e incluso puede resultar inmoral.

Si lo pensamos bien, quizá sería interesante que los más propensos a la paranoia conspirativa dirigieran su interés hacia este personaje. Descubrirían en las oscuras andanzas Meyssan tanta emoción y tanto misterio como los que –de forma para mí inexplicable– hallan en sus relatos. Con la diferencia de que en este caso los villanos no serían la CIA o el Mossad, sino el régimen de los ayatolás y los servicios secretos de Vladimir Putin.

Cambiemos de pregunta ante ese escaparate informativo. Cui prodest. ¿Adivinan quién se frota las manos cuando los titulares de Meyssan y sus colegas llegan a ser trending topic? Yo incluso los imagino disparando al aire, en un arranque de feroz alegría.

Copyright © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Visto 8786 veces Modificado por última vez en Jueves, 01 Marzo 2018 08:57
Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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