Eusebio, el goleador incansable

En las últimas semanas, con la muerte de Eusébio da Silva Ferreira (Maputo, África Oriental Portuguesa, 25 de enero de 1942 - Lisboa, 5 de enero de 2014), volvió a cobrar fuerza uno de esos debates cíclicos en países de tradición futbolística: decidir quién ha sido el mejor jugador portugués de la historia.

Aunque Portugal no ha ganado ningún gran título con su selección, cuenta con varias semifinales en Eurocopa y Mundial. En cuanto a clubes, los dos equipos con mejor palmarés nacional, Oporto y Benfica, han sido campeones de Europa, dos veces cada uno.

Podríamos citar unos cuantos jugadores que han dejado muestras de calidad a lo largo de su carrera: Jose Augusto, Rui Costa, Futre, Coluna... Posiblemente si eligiéramos el podio, los tres finalistas serían Figo, Cristiano Ronaldo y Eusebio.

Figo ha sido un jugador de un nivel superior. Técnicamente sobresaliente, con un porcentaje goleador estimable, teniendo en cuenta que no era un goleador, encabezando siempre las clasificaciones de asistencias, excelente visión de juego y un líder nato. Lo fue en el Barcelona, en los primeros años en el Madrid y en la Selección.

Si bien Futre estaría muy cerca en lo relativo a calidad y títulos (ambos han sido campeones de Europa), en el equipo nacional portugués Figo ha tenido un papel más importante, alcanzando las semifinales de la Eurocopa del 2000 y el Mundial de 2006.

Cristiano es una de las grandes estrellas mundiales del momento, a nivel individual y colectivo atesora toda clase de premios. Sus cualidades físicas y técnicas están fuera de duda, más allá de los colores de quien opine. Su capacidad goleadora supera toda lógica, y únicamente es igualada por la del otro gran coloso: Messi.

Igual que a Figo, le ha faltado ese último escalón para consagrarse entre los grandes del Olimpo: la Selección. También ha contribuido de manera decisiva para conseguir que Portugal llegara hasta las semifinales de la última Eurocopa, si bien en los mundiales su papel ha sido más discreto.

A pesar de su pasado, su presente y su futuro igualmente prometedor, que mediáticamente la repercusión de Cristiano sea incomparable, Eusebio sigue ocupando ese primer puesto por muchas razones.

Si nos ceñimos a criterios deportivos, su carrera es envidiable.

Campeón de Europa en 1962 ante el aún imponente Real Madrid, con jugadores de la talla de Di Estéfano, Puskas o Gento. Campeón en las cinco primeras ediciones, fue eliminado por primera vez la temporada anterior ante el Barcelona, con un más que discutible arbitraje de dos británicos. El Barcelona llegaría a la final, que perdería ante el Benfica, aún sin Eusebio.

Esa temporada había llegado de nuevo a la final dispuesto a demostrar que aquello fue un accidente, que seguía siendo el señor indiscutible de la competición.

Eso quiso dejar claro en los primeros minutos, poniéndose con un 2-0 favorable que prometía casi un paseo del veterano equipo ante los vigentes campeones. Pero esa veteranía empezó a pasar factura a los madridistas, con una reacción de los portugueses que llevaría a finalizar el partido con un 5-3 favorable al Benfica. Los dos últimos goles fueron de Eusebio.

Una anécdota que denota la humildad de la “Perla de Mozambique” ocurrió durante aquel partido épico. Para un joven de 20 años que acababa de ganar la Copa de Europa, su máxima ilusión no era tener el preciado trofeo entre sus manos. Lo que más ilusión le hacía en ese momento era algo más valioso para él, la camiseta de su ídolo: Alfredo Di Estéfano.

Aunque su registros goleadores se mantuvieron en cifras elevadas durante las temporadas siguientes, llegando a ser Bota de Oro en 1968 y 1973, el Benfica no volvería a ganar la Copa de Europa. Algunos lo atribuyen a la “maldición” que sobre el equipo lanzó el que había sido su entrenador esas dos temporadas gloriosas: Béla Guttmann.

Tras conquistar por segundo año consecutivo el trono continental, fue despedido, parece ser que por pedir un aumento de sueldo, y al marcharse el húngaro afirmó que sin él nunca volverían a ganar la Copa de Europa. Hoy su profecía se mantiene: han perdido cinco finales después de aquello. Eusebio disputó tres de ellas contra el Milán, el Inter y el Manchester United.

A pesar de no volver a ganar la Copa de Europa, se le concedió el Balón de Oro en 1965, año que no fue ni máximo goleador europeo ni al menos finalista en el torneo continental. En Portugal ganó la Liga. Esto refleja el respeto que por él se tenía en Europa.

Justo al año siguiente, firmó otra de sus intervenciones más recordadas, en el Mundial de Inglaterra. El combinado luso consiguió la 3º posición, la que fue la mejor clasificación en un Mundial. Perdió en semifinales con la anfitriona Inglaterra, que acabó alzándose con el título en un mítico partido ante la RDA, con gol fantasma en la prórroga incluido.

Pero no fue ese partido si no el de la ronda anterior en cuartos de final ante Corea del Norte el que aumentó su leyenda. El equipo asiático se había clasificado en la primera fase dejando fuera a Italia, bicampeona y favorita habitual en estas citas. Derrotó al equipo italiano 1-0, una monumental sorpresa.

Sorpresa que tenía todos los visos de repetirse contra Portugal, ya que antes del descanso los coreanos se imponían 3-0. Pero en la segunda parte apareció el genio mozambiqueño, que con cuatro goles dejó el marcador final en 5-3 favorable a Portugal. Esta es una de esas pocas ocasiones en que un solo jugador es capaz de ganar un partido. Acabó como máximo goleador con 9 tantos.

A partir de aquí, su trayectoria fue menos luminosa, en paralelo con la del club lisboeta. En Portugal siguió ganando ligas y alguna Copa, pero fuera de sus fronteras el Benfica perdió peso con el final de la década.

Su último asalto al cetro europeo tuvo lugar en 1968, donde Eusebio se encontró con otro genio en su momento de máximo esplendor: George Best. Esta vez fue el irlandés quien decantó la final del lado del Manchester United.

A pesar del declive físico natural que se dio con el paso de los años, su capacidad anotadora era tal que, como ya mencioné, en 1973 consiguió su segunda Bota de Oro, ya con 31 años, tras 11 temporadas al máximo nivel.

Es aquí donde se podría encontrar un gran parecido con Cristiano. Ambos jugadores son explosivos, con un gran cambio de ritmo, excelentes rematadores con las dos piernas. Quizá en esta faceta Eusebio estaría por delante, aunque el remate de cabeza en el que Cristiano podría pasar por un delantero centro a la antigua usanza igualaría las cosas. Los dos sacan partido de sus enormes cualidades físicas, no exentas de calidad técnica. Nadie que se limite a correr mucho sería capaz de marcar tanto goles como ellos.

En 1975, Eusebio dejó el Benfica para iniciar un periplo aventurero que le llevó a jugar en Canadá, Estado Unidos y México. A lo largo de dos periodos, regresó a Portugal, jugando en equipos modestos, hasta su retirada en 1979.

Siguió marcando goles, por supuesto. Sumando todos los partidos que jugó, el promedio es casi de un gol por partido, una barbaridad teniendo en cuenta que jugó más de 600. He aquí otro de los puntos que tienen en común con Cristiano.

Para el Benfica y para Portugal fue mucho más que un jugador. Se convirtió en un emblema, en su héroe, en el representante del pueblo, de la gente normal que veía en él a uno de los suyos. Por eso mismo, su despedida ha sido multitudinaria. No era patrimonio exclusivo de los aficionados del Benfica, ni de los aficionados de Portugal, sino de todos los aficionados al fútbol.

Copyright del artículo © Óscar Vélez Redondo. Reservados todos los derechos.

Óscar Vélez Redondo

Soy Óscar, monologuista y administrativo en activo (que no es poco) con vocación de contertulio. Tengo cualidades para ello, escribo de mucho no sabiendo de casi nada. Espero formar parte de esta gran familia durante mucho tiempo, el suficiente para recordar qué es tener una familia. La que me tocó al nacer me ha repudiado. Lo entiendo. Si yo estuviera en su lugar, habría hecho lo mismo, antes. Os necesito, queredme, o fingidlo como sabéis hacerlo.

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