Todo por la pasta...

Simón de Tovar era portugués. Portugués de Faro, aunque siempre se le hiciese sevillano. Siempre hasta 2006, cuando salió nuestro "Simón de Tovar (1528-1596): redes familiares, naturaleza americana y comercio de maravillas en la Sevilla del XVI", un artículo escrito en 2004 pero que, por aquello de que las cosas de palacio van despacio, no se publicó hasta dos años después.

Este portugués de Faro rápido pasó a tierras castellanas. Portugal y Castilla eran las dos grandes potencias europeas del momento (mediados del siglo XVI), aunque Castilla ya empezaba a situarse por encima de Portugal, tras décadas de predominio luso. Y, de la misma forma que todos los europeos actuales miran a Alemania con ojos de deseo, los europeos del XVI miraban a Castilla como la meca de sus sueños, el lugar donde conseguir una vida mejor, donde enriquecerse y alcanzar un futuro prometedor, merced al papel vanguardista que este reino jugaba en cuanto a exploraciones y descubrimientos ultramarinos se refiere.

De ahí que Tovar se trasladase a Castilla, en concreto, a Salamanca, donde estudió medicina. Recién salido de sus aulas universitarias, se fue a Guadalupe, a lo que hoy llamaríamos hacer un máster, porque en el monasterio jerónimo de esta localidad se encontraba la mejor escuela de medicina práctica de toda la Península, de donde salían los médicos que atendían a la monarquía y a lo más selecto de la nobleza. Pero los intereses de Tovar no iban en ese sentido, no.

Él quería ser médico, sí, pero también quería alcanzar un pedazo del suculento pastel que significaba el comercio con las llamadas Indias Occidentales. Y, así, tras ejercer como galeno en Villamartín y en Ayamonte, se estableció en Sevilla, en la populosa y babilónica Sevilla del XVI, capital del mundo, punto de encuentro de hombres procedentes de todo el orbe conocido.

Compró unos terrenos extramuros de la ciudad, en la colación de San Roque, en la calzada de la Cruz, donde construyó su vivienda, su consulta y el magnífico jardín de simples medicinales exóticos que causó la admiración del mismísimo Felipe II. Escribió dos textos claves para la práctica médica y se carteó con los más eminentes naturalistas europeos de su tiempo, merced a sus amplios conocimientos en la materia.

Y así pasó a la historia, como un destacado médico y un eminente naturalista. Hasta que, allá por el 2000, tuvo que llegar una farmacéutica reconvertida en historiadora a encontrarse la documentación que menos gusta a los historiadores panegiristas, ésos para los que las figuras históricas nunca son hombres de carne y hueso, sino ángeles asexuados por encima del bien y del mal (muy pocas veces se detienen en las mujeres, entes apenas reconocibles para la historia). Y hete aquí que la susodicha farmacéutica historiadora va y se encuentra, en la Sección de Contratación y Justicia del Archivo General de Indias de Sevilla (ay, mi Sevilla), una serie de procesos judiciales abiertos por la Casa de Contratación (el organismo encargado de controlar todo el comercio americano) contra el eminente Tovar. Procesos en los que Tovar aparece como miembro distinguido de una poderosa red de mercaderes portugueses asentados en las principales ciudades europeas del momento. Una pertenencia que le llevaría a importar oro, plata y joyas americanas y a exportar esclavos negros.

Es decir, que el eminente Simón de Tovar, distinguido médico y eminente naturalista, también era poderoso traficante de oro y destacado esclavista. Este descubrimiento marcó un punto de inflexión en mi carrera como historiadora. Con esta publicación empezaba mi faceta como americanista, esto es, historiadora interesada en el Nuevo Mundo. Pero con esta publicación, con el descubrimiento en ella descrito, también comenzaba, para mí, una nueva forma de ver la historia y sus personajes. Pues había comprobado que, pueden pasar los siglos, pueden caer los imperios y levantarse otros nuevos, pero hay algo que siempre permanece, algo eterno, inamovible, inquebrantable. Y ese algo se llama naturaleza humana. Sólo entendiendo la naturaleza humana puede entenderse la historia.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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