Tiempo para nacer y tiempo para morir

Tiempo para nacer y tiempo para morir Imagen superior: "Historia de dos ciudades", versión cinematográfica de la novela homónima, rodada por Jack Conway en 1935.

Uno de los comienzos más citados de la historia de la literatura es éste:

"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo."

Así empieza Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, una de mis novelas favoritas. Ya he contado muchas veces que Historia de dos ciudades supuso mi estreno como historiadora amateur, con apenas diez años, cuando me lié como una loca a buscar qué había pasado con el Delfín de Francia, con aquel niño llamado a ser rey pero que vio cómo sus padres (Luis XVI y María Antonieta) perdían la cabeza en la guillotina.

El sábado por la tarde releía, con El Cordobés, una de las más misteriosas obras de alquimia. Una obra escrita por una mujer de la alta sociedad parisina de comienzos del XX. Obra de la que apenas si se imprimieron veinticinco ejemplares y que, si hacemos caso de la conspiranoia tradicional, le costó la vida a esta elegante dama. A ella y a la mujer a la que iba dedicada, alquimista consumada y autora, a su vez, de no pocas traducciones de textos clásicos sobre el arte sagrado.

¿Por qué? Pues, simplemente, por dar uno de los secretos más buscados por los alquimistas de todos los tiempos, y que no era otro que la temperatura a la que debe mantenerse el horno en el que se "cuece" la piedra filosofal. Algo que, en nuestros tiempos tecnológicos, parece una tontería. Pero no lo es. De hecho, no lo fue durante siglos. Siglos en los que era materialmente imposible medir la temperatura o mantener un grado de calor constante.

Pues bien, releyendo esta obra mítica, apareció el siguiente párrafo versificado:

There is, says the Good Book,

A time to be born and a time to die.

A time to plant and a time to uproot.

A time to tear down and a time to build up.

A time to cry and a time to laugh.

A time to search and a time to lose.

A time to keep and a time to cast away.

A time to tear and a time to mend.

A time to be silent and a time to speak.

A time to love and a time to hate.

A time for war and a time for peace.

Una clara alusión al momento oportuno en que deben realizarse las cosas, y no antes o después. Y le dije al Cordobés: ¿a qué me suena esto, que no consigo identificarlo? Responderse a las preguntas, ahora, es muy fácil: tan sólo hay que hacer una búsqueda rápida en internet. Y apareció mi libro iniciático, mi Historia de dos ciudades. Pero, también, apareció la verdadera fuente de ambos, de Dickens y de mi dama parisina. Apareció el Eclesiastés, libro sapiencial del Antiguo Testamento, el libro que tanto dice sobre cómo vivir una vida que, a fin de cuentas, sólo conduce a la muerte...

Hay bajo el sol un momento para todo y un tiempo para hacer cada cosa:

tiempo para nacer, y tiempo para morir;

tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado;

tiempo para matar y tiempo para curar;

tiempo para demoler y tiempo para edificar;

tiempo para llorar y tiempo para reír;

tiempo para gemir y tiempo para bailar;

tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas;

tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos;

tiempo para buscar y tiempo para perder;

tiempo para conservar y tiempo para tirar fuera;

tiempo para rasgar y tiempo para coser;

tiempo para callarse y tiempo para hablar;

tiempo para amar y tiempo para odiar;

tiempo para la guerra y tiempo para la paz.

(Eclesiastés 3: 1-8)

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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