Sevilla, puerta de Indias

Sevilla, puerta de Indias Imagen superior: Archivo de Indias, Sevilla (Autor, Anual, CC)

(...) Pasear por el centro histórico de Sevilla es todo un acontecimiento. Y no sólo porque es una ciudad monumental de primera, que también, sino por las emociones que transmiten los lugares que fueron testigos de la Historia, ésa que se escribe con mayúsculas.
Andar por el patio de la Casa de la Moneda, sobre todo si ya ha anochecido y no te acompaña el jaleo mañanero de los transeúntes, te permite retroceder a aquellos gloriosos días del XVI, cuando éste era el centro neurálgico del Imperio Hispánico, el lugar donde se fundía el oro y la plata que, apenas a unos metros de allí, había sido desembarcado de las flotas procedentes del Nuevo Mundo.

Más de doscientos hombres se encargaban de alimentar los hornos y de tener en funcionamiento la fundición, encargada de labrar el 72% de toda la plata y el 87% de todo el oro que se acuñaba en la Península.

Entrar, a eso de las nueve de la mañana, en la todavía silenciosa y oscura catedral, y encaminar los pasos hacia el brazo sur del crucero, en el lateral del Altar de la Piedad, donde se encuentra ubicado el cenotafio que, ahora si, alberga los restos del Primer Almirante de las Indias, es otra experiencia única. Alzar la mirada y encontrarte de frente con el impresionante mural de San Cristóbal, el gigante portador de Cristo.

Cuenta la leyenda que se trataba de un sirviente del monarca de Licia, de aspecto temible y poseedor de una estatura colosal que rondaría los doce codos de altura. No contento con servir a su rey, decidió partir en busca del príncipe más poderoso de la tierra, con la intención de ponerse a su servicio. Tras buscar infructuosamente, encontró a un eremita, quien le aconsejó que dedicase su vida al servicio de los demás, ayudando a todos aquellos viajeros que quisiesen atravesar un peligroso río, aprovechando su colosal constitución. Desde aquel día, el gigante trasladó su morada cerca del río y, sirviéndose del tronco de un árbol a modo de bastón, se dedicó a la tarea que le había propuesto el ermitaño.

Cierta noche, el gigante recibió la visita de un niño, quien le pidió que le ayudase a atravesar el río. Le subió a sus espaldas, recogió su bastón y se metió en la corriente, dispuesto a dejar a la criatura en la otra orilla. Mediado el trayecto, comenzó a darse cuenta de que el río crecía y que el pequeño viajero se hacía cada vez más pesado. Pese a temer por su vida y la del pequeño logró alcanzar su meta, dejando al niño en la otra orilla sano y salvo. Una vez en tierra, el gigante dijo al pequeño: "Niño, me has metido en un gran peligro; pesabas tanto sobre mí, que si hubiera tenido que cargar al mundo entero, no tendría la espalda tan oprimida"; a lo que el niño contestó: "No te sorprendas, has cargado sobre tus hombros no sólo al mundo entero sino a Aquel que lo ha creado. Yo soy Cristo, amo al que tú sirves. Como señal de que mi palabra es verdad, planta tu bastón en la tierra, junto a tu choza: mañana lo verás lleno de flores y frutos".

El gigante plantó su enorme bastón y pudo comprobar como a la mañana siguiente éste se había transformado en una enorme palmera cargada de frutos y flores. Desde entonces, y una vez bautizado, el gigante pasó a llamarse Cristóbal, que significa el portador de Cristo.

La tradición alquímica ha reinterpretado la historia de San Cristóbal desde su propia perspectiva, señalando que el nombre del santo procedería del griego Crisóforos, el que porta el oro. Visto así, San Cristóbal adquiriría una importancia capital, merced a la analogía existente entre el gigante que transporta a Cristo y la materia que trae el oro, desempeñando la misma función en el desarrollo de la Gran Obra. Tradición cristiana o leyenda alquímica, poco importa ahora. Son muchos los significados, múltiples las interpretaciones que podrían buscarse a esta doble asociación: el gigante San Cristóbal presidiendo el catafalco de Cristóbal Colón. El portador de Cristo frente al portador para Cristo. El descubridor del camino hacia el oro americano frente al arcano de la materia que trae al oro.

Salir a la luz matinal y rodear el Archivo de Indias, pensando en los millones de documentos que atesora sobre personajes extraordinarios, valientes y anónimos, que ayudaron con sus existencias a configurar el paisaje surgido a raíz del descubrimiento colombino puede ser razón más que suficiente como para perder el sentido del tiempo.

Aristócratas como Francisco de Mendoza, hijo de Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España y uno de los primeros virreyes del Perú. La encumbrada situación política de su padre le permitió viajar por los amplios territorios españoles del continente americano. Interesado en la lujuriosa y exuberante naturaleza indiana, consiguió la exclusiva real para comerciar con numerosas especias americanas y asiáticas a la par que encargaba la elaboración del llamado Códice Badiano, espléndido ejemplo de terapéutica indígena que sería disputado por los principales mecenas europeos del momento.

Religiosos como Antonio Ruiz de Montoya, limeño de origen, que llevó una vida turbulenta en su juventud hasta ingresar en la Compañía de Jesús. Enviado a la naciente provincia jesuítica del Paraguay, desempeñó su apostolado entre los guaraníes de los actuales territorios de Paraguay, Brasil y Argentina, llegando a ser superior de todas las llamadas Reducciones del Paraguay. Su defensa de los indígenas le llevó a viajar hasta la corte madrileña, donde no dudó en solicitar al monarca la ayuda necesaria para contener los abusos y castigar a quienes destruían la obra realizada entre los indios guaraníes. Autor de la primera gramática guaraní, a su muerte cuarenta indígenas de las reducciones del Paraná fueron hasta Lima para transportar sus restos a la nueva reducción de Loreto (Argentina).

Médicos como Antonio Robles Cornejo, miembro de una familia volcada en la conquista americana, que sintió la necesidad de trasladarse al nuevo continente, atraído por el estudio de su naturaleza. Durante 25 años recorrió buena parte del Virreinato del Perú, entrevistándose con sus habitantes, recopilando todo tipo de noticias y elaborando su obra cumbre, relativa a la medicina indígena. Decidido a ver publicado el fruto de su trabajo, viajó a España, en busca de la ayuda regia para afrontar el coste de tamaña obra editorial. Ante la negativa del Consejo de Indias, no vaciló en contratar los servicios de cuatro impresores, comprar las imprentas y el papel necesarios y fletar un barco hasta Tierra Firme, donde había de ver publicada su obra magna. Quiso la fatalidad que una tormenta diera al traste con sus deseos, hundiendo en el fondo del Caribe los manuscritos. Sólo pudo salvar su vida y la de aquellos que le habían acompañado.

Cada vez que me encontraba una historia así no dejaba de pensar en la aventura que suponía para esos hombres su periplo americano, acostumbrados a otras tierras y otros usos, otros climas y otras aguas. Sobrevivieron a una, cuando no varias, travesías oceánicas; resistieron el ataque de feroces alimañas y parásitos asesinos; superaron el choque emocional de verse en unas tierras y frente a una naturaleza que nada tenía que ver con lo por ellos conocido hasta entonces. El castellano hablado en Hispanoamérica tiene un término muy apropiado para definirlos: se trata de puros hombres, capaces de afrontar una epopeya nunca antes vista y que nunca jamás se iba a repetir.

Ciudad mágica la sevillana, que vio atracar en sus muelles las riquezas exóticas de las nuevas tierras, transformándose para siempre en la Puerta de Indias. ¿Puede haber mayor maravilla que quedarse anclado a sus calles, perderse en su laberíntica estructura?

Con sólo cerrar los ojos podemos regresar a aquella época gloriosa en historias y aventuras, cuando la ciudad bética era capital del mundo. Quizás sería interesante que, como historiadores, volviésemos los ojos hacia ella y nos empezásemos a sentir orgullosos, de una vez por todas, de ser españoles, de haber protagonizado uno de los más importantes momentos de la Historia de la Humanidad, de haber sido el más importante imperio de la Edad Moderna.

A fin de cuentas, es nuestro patrimonio y cualquiera de nosotros, de haber vivido entonces, podríamos haber sido protagonistas de alguna de las muchas historias que atesoran los archivos de esta ciudad. En este sentido, siento profunda envidia de los británicos o los franceses, que tan orgullosos hablan y defienden a sus protagonistas históricos, hasta el punto de "pegarnos" parte de su entusiasmo. Y siempre acabo pensando lo mismo: ningún español ha conseguido ser nunca profeta en su propia tierra.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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