Rendir cuentas

Rendir cuentas Imagen superior © PromoMadrid. Autor: Max Alexande.

En El País del lunes 1 de marzo de 2010, bajo el titular de "Educación planea exigir más transparencia a la Universidad" (p. 37), se informaba sobre la necesidad de "conocer dónde están los mejores equipos docentes en cada rama de conocimiento, dónde se encuentran los expertos investigadores en cada ámbito y cuáles son los centros más activos en innovación y transferencia".

El artículo se hacía eco de un informe del Ministerio de Educación que tiene por finalidad cambiar el modelo de financiación universitaria. Informe que, a su vez, tiene origen en la Asociación Europea de Universidades, que pretende modernizar los campus del continente concediéndoles una mayor autonomía pero, también, exigiéndoles una mayor rendición de cuentas.

Ahora bien, ¿cómo se decide qué se va a valorar a la hora de medir la calidad de la docencia y de la investigación? El autor del artículo, J. A. Aunión, comenta que "si ya es controvertido exponer públicamente unos datos que pueden sacar los colores y alejar alumnos de una facultad de una universidad concreta, lo es mucho más si lo que se juega es la financiación. No se trata de dejar sin dinero a quien lo haga mal, sino de repartir presupuesto extra entre los que lo hagan mejor, según el planteamiento para la nueva financiación, lo cual ya se hace, en mayor o menor medida, en algunas comunidades autónomas. Pero la idea es que la propia universidad actúe de esa misma manera al repartir fondos entre sus facultades y departamentos".

Parto de la base de mis casi dos décadas de experiencia universitaria, cinco como estudiante de licenciatura, ocho como estudiante de doctorado y cuatro como investigadora postdoctoral. Sin entrar en el apartado dedicado a la licenciatura, del que tanto habría que decir, si puedo comentar algo de mis últimos seis años en la universidad, durante los cuales pude vivir en primera persona cómo se gestionan los fondos destinados a la investigación. No en vano fui la encargada de redactar memorias de proyectos de investigación presentados a diversas entidades públicas (el entonces Ministerio de Ciencia y Tecnología, la Consejería de Cultura de la Comunidad Autónoma de Madrid, el Vicerrectorado de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid o la entonces recién creada Fundación Carolina).

Proyectos que, una vez concedidos, volvieron a pasar por mis manos pues tanto yo como Miguel éramos los encargados de presentar cuentas en los llamados "Asuntos Económicos" de nuestra facultad o de redactar las memorias anuales que había que presentar a las distintas entidades concesionarias.

Ya sé que no se puede generalizar, que siempre hay una excepción para cada regla, que no pueden pagar justos por pecadores y blablablá blablablá y blablablá. Grandes dosis de buenismo que no cuadran con mi particular forma de entender el mundo, donde todo es blanco o negro.

No pretendo que nadie comulgue con mi personal visión, ni siquiera intentaría convencer a nadie de mis propias ideas. Tal y como decía Juan Luis Vives, es inútil toda polémica si no hay esperanza de que resulte provechosa, y yo no tengo el tiempo para perderlo en disputas estériles.

Hago lo que puedo y me apetece, en la medida de mis posibilidades, y procuro que me importe un bledo lo que hagan, piensen o digan los demás. Dicho todo lo cual, me río yo de la productividad de la universidad española; me río del destino que toman los fondos dedicados a la investigación; me río de la transparencia y de la capacidad de gestionar y autoevaluarse a sí mismos que tienen esos grandes vividores que son la mayoría de los investigadores universitarios de este país. Y de lo que más me río es de esa frase del lumbreras autor del artículo arriba señalado, ésa que dice "no se trata de dejar sin dinero al que lo haga mal"…. ¿Cómorrrl? Y, entonces, ¿que hacemos, señor Aunión? ¿Les damos palmaditas en la espalda? ¿Les financiamos una estancia en un spa rural a fin de que reflexionen sobre su propio error y busquen soluciones alternativas? ¿Les pagamos un sabático en algún lugar donde se investigue de verdad, a ver si se les pega algo?

Yo, que soy una empresaria, muy pequeña y modesta, pero empresaria a fin de cuentas, he aprendido en carne propia que si fallas, si lo haces mal, te vas al puto carajo (perdón por la expresión, pero es lo más suave que se me ocurre). Y puesto que pago religiosamente mis impuestos y debo esforzarme con mis clientes para que ese dinero que debo destinar al bien público no falte cada mes, exijo que el que lo haga mal se vaya a su casita y deje el puesto a los muchos que están deseosos de hacerlo bien.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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