Raíces de la caza de brujas

Raíces de la caza de brujas Imagen superior: Evelyn De Morgan, "The Love Potion" (1903).

Mujerucas desdentadas que pasan sus días frente al caldero donde cuecen toda suerte de pócimas nauseabundas que las elevarán por los aires y las llevarán a aquelarres diabólicos. Poderosas mujeronas capaces de hechizar a cualquier galán o recomponer el virgo de otrora doncellas ya dueñas. Mujercillas sabias que recorren campos y caminos en busca de hierbas destinadas a curar las más diversas dolencias. Circes y Medeas; Dalilas y Liliths.

Magas dotadas con poderes extraordinarios; sacerdotisas expertas en filtros y procedimientos mágicos; hembras capaces de seducir a un varón y apartarle de sus objetivos terrenales; demonios femeninos que disfrutan chupando la sangre de sus víctimas. Galería de retratos heredada de las tradiciones greco-latina y judeo-cristiana, rica y variada en sus descripciones prototípicas, básica para comprender las ideas que poblaron las mentes de los hombres medievales y modernos, verdaderos protagonistas de la historia humana hasta fechas relativamente recientes.

Frente a la madre, esposa, hija, viuda, monja o santa, representaciones comúnmente aceptadas para una fémina digna de tal nombre, la sociedad occidental ha situado a la bruja y a la hechicera, temidas personalidades femeninas cuyos poderes son tan fuertes que están más allá de los conocimientos vulgares. Frente a la mujer madre, cuya fecundidad es provechosa en el seno de la familia, nos encontramos a la mujer misteriosa y hasta temible, atributos asociados tradicionalmente a la magia y los ritos nocturnos, peligrosa no sólo para el hombre sino para la sociedad en su conjunto.

Esta tradición cultural, presente desde los orígenes mismos de la humanidad, se verá intensificada una vez que el cristianismo se transforme en la religión predominante en Occidente. Una religión que sólo considerará con respeto a la mujer virgen y madre, demonizando al resto de prototipos femeninos, con las correspondientes consecuencias negativas para todas aquellas mujeres de carne y hueso que puedan ser así identificadas.

Una concepción que será especialmente trágica durante los siglos XIV a XVIII, momento en el que culmina la propaganda misógina que hace de la mujer un ser afín a la noche, la luna, el misterio, la magia y los espíritus malignos. Un ser imperfecto, marcado por la imbecillitas de su naturaleza, cuya debilidad le permite ceder con extraordinaria facilidad a las seducciones del Maligno, ese Satanás que impondrá su reinado de terror durante siglos y tendrá en la mujer el principal instrumento de su ira contra el género humano.

Esta imagen, heredada parcialmente de la Antigüedad Clásica, será finamente delineada por la élite cultural occidental durante la Baja Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, grupo formado por teólogos y eclesiásticos para quienes el sexo femenino estaba directamente asociado al pecado.

Frente a un Jesucristo fuertemente implicado con el universo femenino, que exige la igualdad esencial entre el hombre y la mujer, exigencia verdaderamente revolucionaria en su medio y en su tiempo, la Iglesia Católica será marcadamente anti-femenina desde sus orígenes mismos, merced a un San Pablo que, hijo de fariseo al tiempo que ciudadano romano, contribuyó a poner a la mujer cristiana en un lugar de subordinación tanto en la Iglesia como en el matrimonio: "La mujer, escuchando en silencio, aprenda con toda sumisión; a la mujer no le consiento enseñar ni arrogarse autoridad sobre el varón, sino que ha de estarse tranquila en su casa" (I Tim. II, 11-14).

La marginalización femenina irá acentuándose con el paso de los siglos hasta culminar a finales del siglo XV con la publicación del llamado Malleus Maleficarum (1486) o Martillo de brujas, obra de Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, dos inquisidores dominicos de origen alemán expertos en el procesamiento de mujeres acusadas de brujería.

Sus páginas se caracterizan por la excesiva insistencia misógina en la capacidad de las mujeres para el crimen, estableciendo que las brujas más poderosas eran aquellas que mantenían trato carnal con los demonios. Además, ayudó a confirmar la fusión ya existente entre muchas creencias diversas acerca de las brujas, al analizarlas en una única obra y de forma ordenada y sistemática. De esta forma, proporcionó un soporte teológico a las ideas propuestas así como asesoramiento legal sobre la forma de instruir causas por brujería y, lo que quizá es más importante, declaró de manera decidida que quienes negaban la realidad de la brujería eran herejes.

La aparición del Malleus Maleficarum marcó el punto de partida de un siglo y medio caracterizado por lo que se ha venido a denominar la gran caza de brujas de la Edad Moderna, holocausto que llevó a la muerte a cientos de miles de mujeres acusadas de pactar con el diablo, entregarle su alma a cambio de toda suerte de conocimientos que, cómo no, iban siempre destinados a hacer el mal entre sus contemporáneos.

Teólogos y magistrados pretendieron demostrar la afición de la mujer por la magia y la brujería, querencia debida a defectos físicos y mentales inherentes a su sexo y que hacían de las féminas unos seres peligrosos tanto por sus vicios como por su debilidad frente al demonio.

En una sociedad dominada por el miedo a las guerras, las pestes periódicas y el avance de las sectas heréticas no había mayor peligro que tener al propio enemigo en casa, en forma femenina susceptible a rendirse frente a la menor tentación demoníaca. De ahí que cualquier mujer, desde la que recogía hierbas hasta la que tenía enfrentamientos con los vecinos, corriera el riesgo de ser considerada bruja.

Campesinos y burgueses observaban con temor y suspicacia cualquier movimiento, especialmente si venía de una mujer, y no dudaban en denunciarlo frente a las autoridades civiles o eclesiásticas. El tormento se aplicaba sin contemplaciones y las hogueras se encendieron en casi todos los pueblos y villas europeos, siendo muchas las víctimas que engrosaron la fatal lista de acusadas por brujería o hechicería.

Frente a aquellos que consideran la caza de brujas como el resultado de los graves problemas psicológicos que aquejaban a teólogos y eclesiásticos, hombres célibes que no podían sino exaltar la virginidad y atacar a la tentadora que no era sino fuente de todo pecado, las últimas tendencias historiográficas nos recuerdan la importancia de conocer el medio social en el que nació la persecución a la bruja, las razones que llevaban a las mujeres a actuar de determinadas maneras y porqué sus vecinos sospechaban de ellas y las acusaban.

La Europa que vio nacer y desarrollarse la caza de brujas consideraba a la mujer como una simple portadora del mal que, bien conducida, podía llevar una vida ejemplar. La situación comenzaba a torcerse en aquellos casos que, aunque cotidianos y aceptados, implicaban cierta relación extraordinaria con el demonio. Tal era el caso de las hechiceras, agentes del arte mágica y adivinatoria que tenían en su haber todo el conocimiento considerado demoníaco, si bien nunca implicaba el sometimiento total al Maligno. Acatamiento que sí concurría en el caso específico de la bruja, mujer que había hecho un pacto expreso con Satán, entregándole su voluntad y su culto a cambio de un poder que se dirigía siempre a hacer el mal.

Esta clasificación, de límites no siempre claros, era la manejada por las élites culturales modernas, encargadas de juzgar y decidir el grado de maldad que caracterizaba cada caso concreto. Mucha más sencilla era, en realidad, la visión que tenía el pueblo llano de la relación entre la mujer y el demonio.

Las hechiceras eran vistas como mujeres con conocimientos superiores a los de cualquier hombre, saberes que eran empleados para resolver problemas ajenos, desde enfermedades provocadas por maleficios hasta amores no correspondidos. Más transgresor era el papel de la bruja, antítesis de la mujer modélica y encarnación misma del mal diabólico, dedicada a toda suerte de desenfrenos sexuales, orgías abyectas, incestos, bestialismos y necrofilias.

En cuanto a las propias mujeres tachadas de hechiceras o brujas, protagonistas trágicas de esta cosmovisión, veían en la magia una forma de liberarse del dominio constante del hombre, ya fuera padre, hermano, marido o confesor, así como un modo de defenderse y tratar de superar los numerosos obstáculos que se le oponían en una sociedad organizada y dirigida por los hombres. La magia era, para ellas, un recurso para conseguir sus propósitos, una forma de evadirse de la realidad y un modo de satisfacer su afán de protagonismo.

Todo esto, que tan lejano nos puede parecer en el momento y lugar actuales, un país libre del siglo XXI que cuenta entre sus logros más recientes nada más y nada menos que con un Ministerio de Igualdad (1), resulta que está a la orden del día. Porque, seamos sinceros, la polémica que suscita la presencia de Sara Carbonero en el Mundial de Sudáfrica ¿no es sino una caza de brujas en toda regla? Ahora resulta que la bella de ojos de gata fue la responsable de la primera derrota española ante Suiza, si hacemos caso del sesudo Times londinense, quien no dudó en llevar a su primera página semejante estupidez. Y, claro, como un preclaro periódico anglosajón se ha atrevido con tal afirmación, aquí tenemos a todos los popes periodísticos dándole lecciones a la inteligente Sara, tratada como si fuera una estúpida becaria que acabara de llegar al terreno laboral, ávida de sabios consejos masculinos.

Como si Sara fuera la primera mujer periodista deportiva de este país, que cuenta en sus anales con nombres como los de Mari Carmen Izquierdo (actual presidenta de la Asociación de Prensa Deportiva), María Escario y Olga Viza, por mencionar tan sólo los más conocidos. ¿Cuál es la diferencia actual? Fundamentalmente, la belleza de Sara y esos inquietantes ojos suyos que tanto habrían dado que decir a teólogos de antaño. Una belleza por la que han suspirado muchos y que, finalmente, ha logrado conquistar el que, quizás, sea el jugador más querido de nuestra selección, el portero Casillas.

Belleza e inteligencia, dos cualidades difíciles de digerir en una sociedad que, como la nuestra, sigue siendo muy machista, mal que le pese a la ministra Aído, que tan a gala lleva eso de la igualdad de sexos (2). ¿Por qué no ha hecho alguna declaración al respecto? Ya que habla sobre tantas boberías que a nadie importan, podría haberse mojado en este tema, que tanta pasión despierta, si hacemos caso de los muchos que salen a dar su opinión sin que nadie se la pida y de los cientos de miles de páginas que se pueden encontrar en internet.

(1) Este artículo fue publicado originalmente el 27 de junio de 2010.

(2) Bibiana Aído fue ministra de Igualdad desde el 14 de abril de 2008 hasta el 20 de octubre de 2010. El Ministerio de Igualdad de España se creó en 2008. El 20 de octubre de 2010, su estructura se integró en el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad de España.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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