Mumia

Mumia Imagen superior: envase del siglo XVIII, Deutsches Apothekenmuseum Heidelberg, Alemania (Autor: Bullenwächter, CC).

La historia del Bálsamo de Fierabrás tiene mucho que ver con uno de los medicamentos más famosos de la Europa moderna como es la mumia.

Cuentan las crónicas medievales que los cristianos europeos, fascinados por el carácter incorrupto de los antiguos habitantes del Egipto Faraónico, vieron en sus cuerpos momificados y en el líquido que exhumaban sus vendajes una suerte de panacea mágica, de medicamento capaz de combatir las peores epidemias que, año tras año, asolaban pueblos y ciudades.

Nacía así la mumia, una de las medicinas más preciadas en las boticas europeas y uno de los comercios más rentables para mercaderes alejandrinos y cairotas sin escrúpulos, capaces de traficar con toda suerte de momias falsas a cambio de las sustanciosas cantidades que por ellas se pagaban a lo largo y ancho del Mediterráneo.

Frente a lo que se cree habitualmente, la palabra momia no es de origen egipcio, sino una derivación del término árabe mumiya, que significa betún, sustancia de poderosos efectos medicinales para la medicina árabe y elemento empleado por los egipcios para embalsamar a sus muertos. De hecho, todas las sustancias empleadas en el largo y complejo proceso de momificación se caracterizaban por sus propiedades medicinales, según la creencia generalizada de médicos y boticarios. Su procedencia exótica y la dificultad para conseguirlas, unido a sus poderosos efectos frente a la corrupción, hacían de todas ellas objetos de lujo, al alcance de muy pocos.

Todo parece indicar que fue en la época de las Cruzadas cuando el polvo o carne de momia alcanza la importancia que iba a mantener en los siglos posteriores. El viaje de caballeros medievales europeos a las lejanas tierras orientales y su contacto con culturas tan diferentes a la suya propia favoreció el intercambio de conocimientos y la adquisición de nuevas prácticas que, de otro modo, no habrían alcanzado el territorio europeo.

Este trasvase cultural se vio favorecido por la presencia de los árabes en buena parte de la España medieval. Fue a través de sus tratados médicos que muchas sustancias exóticas, hasta entonces desconocidas en la terapéutica tradicional, entraron en las farmacopeas o libros de recetas, usados por médicos y boticarios a la hora de prescribir y elaborar medicamentos. Resinas como la mirra, el incienso, el pez o el ámbar se transformaron en objeto de deseo de nobles y poderosos, si bien ninguno adquirió la importancia que tuvo el betún de Judea, también llamado asfalto, materia mineral que probablemente procedía de la resinificación del petróleo. Como verdadero asfalto se encontraba en muy pocos lugares, entre ellos especialmente el Mar Muerto.

En terapéutica se utilizó para curar y cicatrizar heridas o llagas y fue el agente empleado por los falsificadores de momias para dotar a sus falsificaciones de la apariencia antigua necesaria.

La identificación del betún o bitumen con las momias fue aumentando con el tiempo, especialmente, por el hecho de que las momias de la Época Baja, más fáciles de obtener y por tanto más comercializadas, tenían un color negruzco. Éste venía dado por la baja efectividad de las técnicas de momificación durante ese período, extendiéndose así la idea de que el aspecto era consecuencia de que se les practicaba un baño en bitumen para su conservación, lo que favoreció la demanda de esta sustancia resinosa.

La creencia en los poderes curativos inherentes a las momias fue extendiéndose de tal forma que todas las cortes europeas demandaron este producto. Ejemplo representativo de esta pasión es el rey Francisco I de Francia, que siempre llevaba consigo un saquito con polvo de momia.

El comercio de momias con fines medicinales se estableció en el siglo XIV cuando Elmagar, médico judío de Alejandría, usó polvo de momia como remedio para las heridas que sufrían soldados cruzados y guerreros árabes. Desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIX, el tráfico de momias en los diversos puertos del Mediterráneo se fue incrementando progresivamente. De hecho, en una fecha tan avanzada como 1834, el cirujano inglés Thomas Pettigrew comentaba en su History of Mummies que el comercio de momias era uno de los más prósperos, provocando el saqueo continuo de tumbas y la mutilación de los cuerpos embalsamados allí hallados.

Los europeos creían en la existencia infinita de este preciado material. Lo cierto es que la demanda llegó a tales extremos que pronto comenzaron a venderse momias falsas. Así lo relata Guy de la Fontaine, médico personal del rey de Navarra. Fontaine, como tantos otros de sus contemporáneos fascinados por el país del Nilo, viajó hasta Alejandría, donde conoció a un comerciante judío que traficaba con momias.

Excitado ante la posibilidad de tener ante sus ojos la materia prima con la que se elaboraba el medicamento más solicitado de la cristiandad, le suplicó que le dejase ver los cuerpos momificados. El comerciante aceptó de buena gana, abriendo al médico francés las puertas de su almacén, donde había cerca de cuarenta cuerpos colocados unos encima de otros. Fue entonces cuando el galeno le rogó que le dijese dónde había encontrado esos cuerpos y si era cierto que se hallaban en los sepulcros de los antiguos egipcios, tal y como habían escrito los autores clásicos.

Ante semejante pregunta, el comerciante judío se echó a reír, asegurándole que no hacía ni cuatro años que aquellos cuerpos estaban en su poder, que los preparaba el mismo y que eran, fundamentalmente, cuerpos de esclavos.

En efecto, la pasión desenfrenada en toda Europa por el consumo de mumia hizo que los comerciantes egipcios iniciaran la fabricación a gran escala de momias falsas, industria que se mantuvo casi dos siglos y que enriqueció a no pocas familias. De esta forma, los cuerpos utilizados por médicos y boticarios europeos no eran, como ellos creían, antiguas momias faraónicas, sino cadáveres absolutamente recientes. El proceso seguido para la elaboración de estas falsificaciones era más o menos el mismo, independientemente del lugar y comerciante considerado.

En general, se empleaban cadáveres de esclavos, de presos ajusticiados e, incluso, de animales que se encontraban muertos por las calles. No importaba si eran varones o hembras, si su muerte había sido natural o si habían sido víctimas de alguna enfermedad infecciosa. Una vez que el comerciante se hacía con el cadáver, se procedía a embalsamarlo, extrayendo el cerebro y las entrañas. A continuación, se llenaba el cuerpo con viejas tiras impregnadas en betún de Judea y se procedía a recubrir el cuerpo entero con esta resina, responsable del aspecto envejecido de la futura momia. De esta forma, se dejaba que los cuerpos se "confitasen", utilizando la denominación usual entre los traficantes de momias, durante dos o tres meses.

Ya hemos visto cómo elaboraban los comerciantes egipcios sus momias falsas pero, ¿había alguna técnica similar en Europa? Todo parece indicar que sí, si hacemos caso del Modo práctico de embalsamar cuerpos defunctos, para preservarlos incorruptos y eternizarlos en lo posible (1666), obra escrita por Juan Eulogio Pérez Fadrique. En ella se hace una relación minuciosa de los numerosos ungüentos empleados en el embalsamamiento de cadáveres, entre los que destaca el llamado mirracio, inventado por Pedro del Agua, boticario de Francisco I de Francia. Al parecer, se trataba de un ungüento que llevaban consigo todos los que viajaban por lejanas tierras para que, en caso de fallecer durante el viaje, fuesen untados con él para que, así ungidos, pudieran ser traídos a su tierra sin el riesgo de corromperse por el camino. Estaba compuesto el mirracio por sal, alumbre, mirra, azíbar, ajenjo, cinamomo, cominos, clavos, parte del árbol sílice y pimienta, mezcla a la que se añadía vinagre para darle forma de ungüento. La técnica consistía en vaciar el cuerpo de vísceras, lavarlo bien, limpiarlo, rociarlo y untarlo por fuera y por dentro con dicho ungüento, tras lo cual, se ungía con cera y se envolvía en un lienzo, encerrándose en un féretro de plomo y quedando listo para regresar a la patria donde había de ser enterrado.

Los textos que nos describen el comercio, falsificación y tráfico de momias también son muy explícitos a la hora de describir lo que, en la actualidad, definiríamos como formas farmacéuticas de la mumia, esto es, la forma de administrar este remedio a los pacientes. Tradicionalmente, podían considerarse dos formas de mumia: en polvo y en ungüento. La primera se elaboraba pulverizando los cuerpos embalsamados; la segunda, recogiendo el humor o grasa que destilaban los cadáveres, producto de su mezcla con las diversas resinas y aromas empleados en el embalsamamiento, y que producían una sustancia semejante a un ungüento. Entre las numerosas recomendaciones terapéuticas de estos curiosos medicamentos, destaca la curación de numerosas dolencias tales como las cefaleas, la amenorrea, la melancolía o depresión, los dolores cólicos, el asma, la tuberculosis y la inapetencia sexual, por enumerar tan sólo algunos de los múltiples males que podían ser curados con esta sustancia.

Uno de los mayores defensores de la mumia como remedio universal fue el célebre médico suizo Theophrasto Bombastus von Hohenheim, más conocido por el sobrenombre de Paracelso, que revolucionó la ciencia médica en la primera mitad del siglo XVI e incorporó a la farmacopea tradicional remedios hasta entonces proscritos de las boticas. En su Liber Paramirum, verdadero compendio del pensamiento médico paracélsico, plantea un nuevo concepto de mumia, un tanto alejado de lo que hasta entonces se había entendido.

Según Paracelso, la mumia era un bálsamo natural, presente en todo ser humano, que el médico debía saber buscar y reconocer, pues en él residía el principio supremo de curación.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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