La Esperanza Cubana

Hay viajes que resultan iniciáticos. Viajes que planeas un lunes y emprendes ese mismo domingo. Viajes que, sin saber cómo, se te meten en la cabeza y no te queda otra que llevarlos a cabo. Viajes que te marcan, que se te quedan anclados en tu hipocampo y, sin aviso previo, te mandan fogonazos, en cualquier momento, sin saber porqué. Chispazos endorfínicos que son como chutes de heroína, que te enganchan y te mantienen en una nube.

El viaje a Sanlúcar de Barrameda fue así. Una locura que no me atrevía a verbalizar, una paliza de 1300 kilómetros en 48 horas. Y todo, por un simple dato, por confirmar un dato para un artículo largamente gestado. Claro que tampoco era un capricho baladí: el dato, en sí mismo, bien valía atravesar media España. "¿Y si...?". No hizo falta acabar la frase. En diez minutos estaba todo organizado y sólo quedaba esperar… esperar a que llegase la madrugada del domingo… (Bendita suerte la de compartir la vida con un hombre que tiene el mismo veneno que tú circulando por las venas, el veneno de la Historia).

Carreteras desiertas. Silencio embriagador. Amaneceres manchegos. Alboradas andaluzas. Y ese olor a almazara, Dios, ese olor envolvente que se introduce por el radiador del coche e inunda todo el habitáculo. Es entonces, cuando crees que ya no puedes vivir nada más maravilloso, cuando crees que todos tus sentidos están copados, es entonces cuando aparece, medio escondida entre las brumas y los arbustos, silenciosa y observadora, La Esperanza Cubana.

Desde la primera vez que la vi, quedé enganchada a la sonoridad de su nombre. Un nombre evocador al máximo… “¡Que buen título para una novela!”, pensé entonces... Esta vez, sin embargo, iba a ser diferente. Porque mi hombre historiador, no contento con acompañarme al encuentro del enésimo “dato de mi vida”, había decidido darme una sorpresa más. A la altura del kilómetro 264 de la A-4, tomó el desvío y aparcó junto al edificio. Sólo fue una visita exterior, unos minutos recorriendo sus muros. Lo suficiente como para despertar mi instinto investigador y lanzarme a la búsqueda de información. Una búsqueda que iba a tener que posponer: nos esperaba una pequeña parada en Sevilla, previa a la maravillosa estancia sanluqueña.

Hace unos días, revisando fotos, volví a encontrarme con ella. Mi Esperanza… Y decidí acometer la búsqueda de datos. Saber algo más. Para ello, conté con la ayuda inestimable de María José Álvarez Pantoja quien, durante años, trabajó en documentos de bienes post mortem del Archivo de Protocolos Notariales de Sevilla. Así, me enteré que La Esperanza Cubana fue propiedad de Antonio Vinent y Gola, V Marqués de Palomares del Duero, nacido en Santiago de Cuba en 1819 y muerto en Sevilla en 1872.

Próspero hombre de negocios en la Cuba decimonónica, Antonio decidió trasladarse a la metrópoli en la madurez de su vida. Considera Álvarez Pantoja que son tres las razones que explican su traslado: el conocimiento de la estructura económica sevillana, la posibilidad de realizar inversiones ventajosas y, sobre todo, el casamiento de una de sus hijas (Eloísa) con un miembro de la nobleza no titulada de la ciudad, Ignacio Halcón Mendoza, hermano del marqués de San Gil. Ésta última me parece una idea un tanto romántica: no resulta demasiado creíble que un poderoso terrateniente cubano decidiera vender todas sus posesiones isleñas y trasladarse a Sevilla tan sólo para estar más cerca de su hija recién casada.

Como soy curiosa por naturaleza, decidí seguir indagando y, así, me encontré con el escrito de Dominique Soucy. Basándose en los estudios de Aurelio Miranda sobre la masonería cubana, Soucy me enseñó que Antonio Vinent, con el nombre de Booz, fue miembro fundador del Supremo Consejo de Colón para Cuba y las demás islas de las Indias Occidentales, creado el 27 de diciembre de 1859. Coloquialmente conocida como la Gran Logia de Colón, en el transcurso de los primeros meses de su existencia tuvo una actividad regular a razón de una reunión al mes.

A partir de junio de 1860, ante la intensa vigilancia de las autoridades coloniales, las reuniones se hicieron cada vez más difíciles y arriesgadas. Como nuevo cuerpo masónico, la Gran Logia de Colón permaneció vinculada a España, a la llamada masonería latina, si bien resulta evidente la admiración que demostró, desde sus primeros momentos, por la masonería del sur de los Estados Unidos.

Conservador y elitista, el Supremo Consejo de Colón decretó en 1865 la prohibición de admitir negros en su seno. Una postura que se explicaría por la fuerte concentración de españoles vinculados con la economía esclavista de la isla. Tal es el caso de Antonio Vinent, primer Gran Comendador del Supremo Consejo, potente hacendado de Santiago de Cuba e impulsor de las numerosas tertulias literarias y musicales celebradas por la aristocracia criolla. Unas reuniones que destacaron por su calidad y carácter exclusivo. Veladas que tenían lugar en el Cafetal Sitges, la hacienda propiedad de Vinent, donde se celebraron no pocas tertulias musicales a las que denominó Academia de Santa Cecilia, según aprendí leyendo a María Elena Orozco. Funciones dirigidas por el maestro italiano Francisco Perugini, donde se cantaban arias de ópera, se interpretaban solos de piano o se ejecutaban valses con variaciones para flauta por parte de los más distinguidos artistas locales. Entre otros, la propia hija de Vinent, Eloísa.

¿Se vio Antonio Vinent, destacado masón, muy acosado por las autoridades coloniales y decidió poner tierra de por medio? No lo sé. Me parece una opción plausible.

Sea como fuere, en septiembre de 1866 encarga a su yerno Ignacio adquirir o edificar una gran casa en la ciudad sevillana. La principal consigna recibida: el patio debía ser lo suficientemente amplio para que cuatro caballos enganchados a un coche pudieran entrar al trote y dar la vuelta.

Tras no pocas gestiones, Halcón adquirió para su suegro la parte principal del que fue magnífico palacio del duque de Medina Sidonia, cuya grandeza legendaria ya había sido admirada por el mismísimo Felipe II. El conocido como Palacio de los Guzmanes, de formato rectangular, ocupaba la totalidad de una gran manzana, delimitada al frente por una plaza denticular, abierta, al parecer, a finales del siglo XVI por el VII duque de Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán, tras derribar varias casas de su propiedad, para permitir la visión de la fachada que mandó construir y para picadero de caballos, razón por la cual pasó a llamarse Plaza del Duque.

Pese a tener fijada residencia en su palacio de Sanlúcar de Barrameda, sede de su poderoso estado señorial, desde dónde atendía sus obligaciones como Capitán General de la Costa de Andalucía y del Mar Océano, mantenía una privilegiada posición en la ciudad de Sevilla, de ahí la necesidad de tener un monumental palacio acorde a su estatus social. Un lugar que, desde 1869, se transformará en la residencia de los Vinent, incluidos hijos, nietos y hermanos.

Junto al sevillano Palacio de los Guzmanes, Antonio Vinent compró huertas, haciendas y suertes de olivar en las provincias de Sevilla, Córdoba y Jaén. Y será en Zocueca (Jaén) donde, sobre las ruinas de una venta situada en el camino a Madrid, levante una serie de edificaciones para la elaboración de aceite, una hacienda aceitunera a la que dará el evocador nombre de La Esperanza Cubana. Sobre una superficie de 4.428 m2 construyó tres edificaciones: una reservada a alojamiento de trabajadores, otra dedicada a la cría de ganado de cerda y la tercera, la mayor, donde se ubicaban los trojes receptores de aceitunas, el pozo de aguas claras, el cuarto de bomba con depósito, la cocina, la habitación del capataz, las cocheras, la cuadra, las habitaciones para el dueño, los dos almacenes con tinajas empotradas (uno con 34 y otro con 22) y el local de elaboración con máquinas y caldera de vapor de seis caballos.

Poco pudo disfrutar Antonio Vinent de su recién creado emporio andaluz. En febrero de 1872 fallecía, no sin antes haber sido testigo de la muerte de sus dos únicas hijas (Ana, en mayo de 1869 y la propia Eloísa, un mes más tarde) y del mayor de sus varones, Antonio (en mayo de 1871). Rota ante semejante pérdida familiar, su viuda Ana fallecería un año después, en abril de 1873.

Cuando me topé con todos estos datos se acrecentó en mi esa sensación que tengo de vez en cuando, cuando me encuentro con historias que me parecen fascinantes de cabo a rabo: “¡Qué gran novela se podría escribir!”. En este caso concreto ¡hasta es bueno el título! No sé si algún día me decidiré a seguir ampliando mis conocimientos sobre Antonio Vinent y su Esperanza Cubana. Hoy por hoy, lo que sigue sorprendiéndome son las coincidencias del destino. La Esperanza Cubana, Sevilla y los Medina Sidonia unidos, sin saberlo, en un viaje iniciático… non creo nas meigas, mais habelas, hainas…

Bibliografía

María José ÁLVAREZ PANTOJA (1986), “Capitales americanos en la Sevilla del siglo XIX: el Marqués de Palomares del Duero”, en: Bibiano TORRES RAMÍREZ y José HERNÁNDEZ PALOMO (eds.), Andalucía y América en el siglo XIX: Actas de las V Jornadas de Andalucía y América, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 2 vols., 1, pp. 349-370.

Aurelio  MIRANDA Y ÁLVAREZ (1933), Historia documentada de la masonería en Cuba, La Habana, Molina.

Dominique SOUCY (2006), Masonería y nación. Redes masónicas y políticas en la construcción identitaria cubana (1811-1902), Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea.

María Elena OROZCO (2003), ”La ciudad como vector socio-cultural. Santiago de Cuba en vísperas de la Primera Guerra por la Independencia de Cuba”, en: Jean LAMORE (dir.),Ètudes Caraïbes: Première Série, Bordeaux, Presses Universitaires de Bordeaux, pp. 37-64.

Fernando CRUZ ISIDORO (2006), “El palacio sevillano de los Guzmanes según dos planos de mediados del siglo XVIII”, Laboratorio de Arte, 19, pp. 247-262.

Copyright del artículo y de la imagen superior © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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