La dama del abanico y el agua destilada de rosas

La dama del abanico y el agua destilada de rosas Imagen superior: Sofonisba Anguissola (Cremona, hacia 1532 - Palermo, 1625)

Una de las pintoras más injustamente desconocidas del siglo XVI es la italiana Sofonisba Anguissola[Primera acotación: sí, he dicho bien, pintora, acabado en a, femenino singular. Lejos de mí el reclamo feminista: quienes me conocen saben que no transito por esas sendas del buenismo bienpensante propio de nuestra sociedad aborregada, dispuesta a enarbolar banderas a poco que les den un palo por donde agarrarlas. Mi único objetivo al resaltar su género es aclarar que la historia no es exclusivamente masculina y este artículo es el ejemplo más evidente].

Perteneciente a la pequeña aristocracia de Cremona, Sofonisba era la mayor de siete hermanos, aunque sería más correcto decir de cinco hermanas y un hermano. Lejos de deprimirse ante tal predominio femenino en su estirpe, Amilcare Anguissola tomó ese guiño de la naturaleza como una bendición y procuró educación esmerada a todas sus hijas, animándolas a cultivarse y desarrollar sus talentos. No era Amilcare un hombre representativo de su tiempo, ni en la formación humanística que dio a sus hijas ni en los nombres que eligió para ellas, procedentes todos de la historia antigua de Cartago, empezando por la mayor, a quien llamó como la trágica protagonista cartaginesa.

[Segunda acotación: va por ti, Iván, ¿te imaginas a Amenábar con todos estos datos en la mano? Capaz es de hacernos una trilogía, empezando por Hipatia, siguiendo por Sofonisba y terminando por ¿quién? Mejor y no le damos ideas. Con una tergiversación ya hemos tenido bastante, que luego estas cosas calan en las mentes ignorantes y nos cuesta varias generaciones recuperar la historia verdadera].

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Imagen superior: Retrato de familia, Minerva, Amilcare y Asdrubale Anguissola, 1557, Nivaagaard Museum.

Hasta cuatro hermanas Anguissola fueron pintoras, si bien Sofonisba fue la que mayor reconocimiento logró. Tuvo entre sus primeros maestros a Bernardino Campi y Bernardino Gatti, con quienes aprendió las labores básicas de preparar los lienzos o tablas, la imprimación o la obtención de los pigmentos requeridos. Cuando las cuatro esquinas de su ciudad natal se le quedaron pequeñas, decidió trasladarse a Roma y aprender de los grandes maestros que allí trabajaban.

Durante dos años fue alumna del mismísimo Miguel Angel, por aquel entonces un anciano con más de setenta años a sus espaldas, longevidad que no le importunó para aconsejar y enseñar a su joven pupila.

Concluido su proceso de formación, Sofonisba visitó otras ciudades italianas, entre ellas, Milán, donde conoció a don Fernando Álvarez de Toledo, el todopoderoso Duque de Alba, a quien le hizo un retrato (hoy perdido) que le abrió las puertas de la corte española.

Se estaba gestionando, en esos momentos, el tercer matrimonio de Felipe II con una jovencísima Isabel de Valois, gran aficionada a las más diversas manifestaciones artísticas de su tiempo, razón suficiente para que su futuro marido considerase adecuado hacerse con los servicios de una mujer de talento como Sofonisba, que pronto se trasladó a la corte madrileña como dama de honor de la reina.

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Imagen superior: Lucia, Minerva y Europa Anguissola jugando ajedrez, 1555, Muzeum Narodowe (Museo Nacional), Poznan, Polonia.

Desde su llegada a Madrid (1559) hasta su regreso a tierras italianas (1573), Sofonisba dejó para la posteridad algunos de los mejores retratos que se hicieron a Felipe II y su familia. Tengo especial predilección por uno que hizo del monarca en cuyos dominios no se ponía en sol, que suelo utilizar en mis conferencias siempre que puedo, así como del delicioso retrato de las infantitas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, las dos hijas que Isabel tuvo con Felipe.

Pero el objeto de mi escrito no es ninguno de ellos, sino el que le hizo a Juana de Austria, hermana pequeña del monarca, uno de los personajes más fascinantes del periodo y al que, de una u otra forma, mis investigaciones siempre acaban llevándome. 

[Tercera acotación: He de aclarar, antes de proseguir, que siento una atracción irresistible por este personaje, tanto por el papel que representó en la Historia de España como por su actitud ante determinados episodios de su vida privada. Además, resulta interesante añadir que Juana comparte, con Sofonisba, el desprecio de la Historia, pues su figura fue rápidamente olvidada (cuando no injustamente juzgada)].

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Imagen superior: retrato de Catalina Micaela, duquesa de Saboya (1585)

Juana de Austria, tercer vástago del emperador Carlos I de España y V de Alemania y de su esposa, Isabel de Portugal, vino al mundo en Madrid el 24 de junio de 1535. Con dieciocho años recién cumplidos se transformó en la esposa del príncipe Juan de Portugal, primo hermano suyo, que falleció a los pocos meses del enlace. Fruto póstumo de este matrimonio fue el príncipe Sebastián, al que su madre dejaría siendo un bebé de cuatro meses y nunca jamás volvería a ver.

[Cuarta acotación: este es uno de los aspectos que más se ha criticado de Juana de Austria. Cómo, siendo madre, es capaz de abandonar a su pequeño bebé. Olvidan los que hacen tales críticas el papel que debían ejercer madre e hijo ante la Historia. La primera había cumplido su cometido al desposarse, esto es, dar un heredero a la corona portuguesa; el segundo, como heredero del trono, debía ser educado según las costumbres y tradiciones propias de su país, tarea que, en ausencia de su padre, quedó encomendada a sus abuelos, los reyes Juan III y Catalina de Austria (tía, a su vez, de Juana). Las vidas de madre e hijo no les pertenecían, sus futuros estaban indisolublemente ligados al devenir dinástico. Todo esto, que tan ajeno nos resulta, debe ser entendido en el contexto de la época. No cabe duda que Juana debió sufrir como madre la ausencia definitiva de su hijo. Así se explican los retratos que, anualmente y procedentes de Lisboa, se recibían en Madrid, para que Juana siguiera la evolución física de su hijo].

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Apenas dos años después de haber salido de España, Juana de Austria está de regreso con un cometido de altos vuelos: hacerse cargo de la regencia de los reinos hispánicos por ausencia de su padre Carlos y de su hermano Felipe. Al igual que su madre Isabel, regente de España durante las prolongadas ausencias del emperador, Juana desempeñó un importante papel político durante sus años de regencia (Martínez Millán, 1994).

[Quinta acotación: cito a este historiador, al que tenía como gran conocedor del reinado de Felipe II, aunque me entran ganas de obviarlo pues creo que no es tan bueno como se cree o parece. ¿Razones? En 2005 dirige, junto a Santiago Fernández Conti, una monumental "La monarquía de Felipe II: la Casa del Rey" (Madrid, Fundación Mapfre Tavera, 2 vols.), destinada a transformarse en la biblia de todo historiador filipino, presente o futuro, que de tal se precie, el vademecum al que recurrir, la fuente de la que emana todo el saber sobre la organización administrativa de la monstruosa y casi inabarcable corte de Felipe II. Bien, corro a consultarlo y, ¿qué me encuentro? Pues que no tiene ni una mala palabra para el personal sanitario. Ni mala ni buena, porque obvia por completo el elenco de médicos, boticarios, cirujanos, maestros simplicistas o destiladores que trabajaron al servicio de Felipe II. Tarea a la que he dedicado diez años de mi vida investigadora y que no me he guardado para mí sino que lo he publicado en artículos y ensayos desde 1996 hasta nuestros días. Vamos, que en 2005 mi tesis doctoral ya llevaba tres años publicada, amén de sendos artículos en Dynamis y Asclepio, donde trataba el tema del personal sanitario de Felipe II. Es decir, que este historiador no es tan meticuloso con la consulta de fuentes primarias y secundarias como él cree y los demás loan. Y, cuando veo un fallo así, me ocurre que empiezo a desconfiar de toda su producción].

Pasaba a engrosar, de esta forma, la larga lista de mujeres pertenecientes a la dinastía de los Austrias a las que sus hermanos, padres o esposos situaban al frente de gobiernos y regencias. Figuras eminentes en la política dinástica y piezas clave en el destino del mayor imperio de la Edad Moderna. Nombres como el de Margarita de Austria, hermana de Felipe el Hermoso y nuera de Isabel la Católica, casada fugazmente con el efímero heredero de los Reyes Católicos, el malogrado príncipe Juan, nombrada regente de los Países Bajos tras el repentino fallecimiento de su hermano y la minoría de edad de su sobrino, el futuro emperador Carlos. O el de María de Hungría, hermana de éste último, también educada por Margarita y también regente de los Países Bajos, tras enviudar de Luis II.

Una sucesión de tías y sobrinas (Margarita, María y Juana) a quienes el temprano fallecimiento de sus respectivos esposos sirvió para librarlas de la pesada carga que suponía asegurar los futuros dinásticos y les permitía, como mujeres poderosas que eran, llevar una vida en la que, junto a las tareas de gobierno encargadas por los hombres de la dinastía, no faltaban los ratos dedicados a satisfacer su gusto por el mecenazgo y el coleccionismo. Así, Margarita mandó remodelar todos los aposentos del Palais de Savoie (Malinas), para acomodar su colección, distribuida en nueve cámaras.

Su mayor pasión fueron los libros, de los que llegó a atesorar más de cuatrocientos ejemplares. Tanto su biblioteca como su colección de arte alcanzaron gran reputación y fueron frecuentadas por estudiosos, artistas y humanistas, entre los que sobresalen figuras como Alberto Durero y Erasmo de Rotterdam.

No le fue a la zaga su sobrina María, heredera de buena parte de su colección. Establecida su residencia en el palacio de Coudenberg (Bruselas), mandó remodelar algunas zonas a fin de ubicar correctamente su colección de retratos, entre los que encontramos obras debidas a los mejores artistas de su tiempo (Tiziano, entre otros). Entre sus pasiones también encontramos los tapices, los libros, los instrumentos musicales, las curiosidades y los objetos exóticos procedentes del Nuevo Mundo, Asia y el Lejano Oriente (Jordan, 1999).

Siguiendo la tradición familiar, Juana no dudó en emular a su tía abuela Margarita y a su tía María y, tan pronto como Felipe II retomó las riendas del poder e hizo de Madrid la capital de su Imperio, decidió comprar el palacio de Alonso Guitérrez, tesorero de su padre, el lugar donde ella y su hermana María (la emperatriz María, casada con Maximiliano II de Austria) habían nacido y lo transformó en el Convento de Nuestra Señora de la Consolación de las Descalzas, más conocido popularmente como las Descalzas Reales.

El objetivo fundamental de Juana, dicen los estudiosos, era reforzar la presencia religiosa en la corte española, y las Descalzas Reales terminaron siendo uno de los centros espirituales más poderosos de la corte española. Aunque no cabe duda de la profunda religiosidad de la princesa, lo cierto es que el Convento de las Descalzas no sólo alojaba un convento, un claustro y una iglesia sino, también, los aposentos reservados para Juana, separados del recinto del convento, con espacios públicos y privados reservados para ella y su corte, donde se celebraban las audiencias y las visitas oficiales.

Es, precisamente, en estas estancias donde se alojaba buena parte de su colección, formada por reliquias, retratos cortesanos, medallas, miniaturas, alhajas, tapices, libros, manuscritos, instrumentos musicales y partituras, objetos de laca cingalesa y japonesa, porcelana Ming, artículos exóticos, vestuario para funciones teatrales y armas de caza, entre otros.

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Imagen superior: Juana de Austria (Madrid; 24 de junio de 1535 - Monasterio de El Escorial; 7 de septiembre de 1573)

Esta joven princesa, acostumbrada a mandar y a rodearse de ambientes exquisitos, fue retratada por la no menos exquisita Sofonisba Anguissola en 1561, cuando contaba con veintiséis años de edad. Siguiendo el ejemplo implantado por su tía María, Juana aparece representada como la viuda virtuosa que era. Vestida con un sobrio vestido negro sobre el que caía un chal de color claro, el único toque excepcional de todo el conjunto es el camafeo de Carlos V, presumiblemente obra del joyero de la corte Jacopo da Trezzo, que colgaba de su chal, objeto que pone de relieve la posición de Juana, de una forma monárquica y genealógica, en cuanto que hija ejemplar del emperador. Único toque excepcional al que cabría añadir el abanico japonés que sostiene con su mano izquierda enguantada. Un aderezo que, si desconocemos el verdadero significado de este objeto en el ambiente renacentista que nos ocupa, podemos asociar al carácter típicamente español (nada más lejos de la realidad histórica).

Este abanico, casi con toda seguridad procedente de las islas Ryukyu (hoy Prefectura de Okinawa, localizadas en el archipiélago de Japón), importado de Portugal, era un signo evidente de su estatus principesco y símbolo claro de su posición como antigua Regente de España y Princesa de Portugal.

El hecho de que Juana sostenga el abanico en la mano izquierda, como era la costumbre de los samurais japoneses para indicar poder y rango, viene a reforzar esa idea.

Durante el Renacimiento, los abanicos no sólo desempeñaron una función utilitaria, sino que también se les atribuía connotaciones simbólicas. A través de informes diplomáticos, la corte de Lisboa se matenía bien informada de las costumbres y convenciones japonesas, por lo que sabía que los samurais y caudillos japoneses habitualmente sostenían un abanico en su mano como símbolo de su alta posición, autoridad y poder. De esta forma, es interesante observar cómo, después de que los portugueses comenzaran a importar grandes cantidades de dicho tipo de abanicos y enviaran parte de éstos a España y otras cortes europeas, las mujeres nobles de españa y Portugal comenzaron a encargar retratos de cámara en los que aparecen sujetando un abanico plegable en su mano izquierda, como símbolo de posición y poder.

Juana de Austria también compartía con su tía María la pasión por las aguas destiladas.

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Imagen superior: retrato de Felipe II, atribuido a Sánchez Coello y que ahora se considera obra de Sofonisba.

Como ya he demostrado en mis aproximaciones al tema (Rey Bueno, 2009) [Sexta acotación: De lo mucho que he publicado sobre Felipe II y la alquimia, me decido por mi última aportación, porque recoge el espíritu que me invade en estos momentos actuales sobre el tema, producto de la evolución que he sufrido como historiadora y de las variaciones que he ido sufriendo a raíz de leer nuevas fuentes primarias] la pasión destilatoria de Felipe II nace a partir de su visita a los castillos flamencos de María de Hungría, a finales de la década de 1540, especialmente, la residencia de Mariemont, el palacio de recreo situado en los alrededores de Bruselas y que sirvió de modelo para crear los jardines de Aranjuez.

El palacio de Mariemont estaba rodeado por dos jardines: uno, llamado el jardin a jolietez, en forma de terrazas y con un motivo arquitectónico central; otro, el grand jardin, con parterres de flores y frutas exóticas, donde se situaba "ung fourneau pour distiler les euawes", y del que se obtenían quintaesencias a partir de las flores del jardín (De Jonge, 1998). El cuidado de los jardines de María corría a cargo de Jacques Hollebecque, jardinero real que, años después, será el elegido por Felipe II para diseñar los jardines de Aranjuez a imagen de los que había hecho en las residencias reales flamencas.

Junto a Jacques se trasladará su hermano Frank, encargado del laboratorio de destilación instalado en el llamado Jardín de la Isla de Aranjuez, el primero de los tres destilatorios que el monarca español mandó construir en sus residencias reales.
De todas las aguas destiladas que se elaboraron en Aranjuez, Juana sintió especial predilección por el agua rosada y el agua de mosqueta. Así lo acreditan sendos documentos, conservados en el Archivo General de Simancas (Valladolid), relativos a los envíos periódicos de aguas desde el laboratorio arancetano hasta la corte madrileña.

El primero de ellos, fechado en julio de 1566, dice así "del agua de mosqueta y del agua rosada que aquí se sacó este verano, demás de lo que llevó la princesa, que fue buena cantidad, se reservaron veintiquatro redomas, doze de agua de mosqueta y doze de agua rosada, que hay guardadas para la Reyna Nuestra Señora" (AGS, Casa y Sitios Reales, legajo 252, fol. 125).

En cuanto al segundo, sin fecha precisa (aunque todo parece indicar el año 1574, pues se refiere a la princesa en pasado), supone un interesantísimo testimonio de la cantidad de aguas destiladas que se llegaron a enviar desde Aranjuez en 1573 para uso exclusivo de Juana de Austria: dieciséis redomas grandes de aguas rosada, cuatro redomas grandes de agua de mosqueta, tres redomas de agua rosada castellana, tres redomas de agua rosada blanca, seis redomas de agua rosada de Alejandría, una redoma de agua de jazmín y otra de agua de menta. Cantidades que, habitualmente, se enviaban todos los años, como se precisa en el documento enviado por los administradores de Aranjuez, a fin de llevar un control, lo más preciso posible, del consumo de aguas destiladas por parte de diferentes miembros de la familia real (AGS, Casa y Sitios Reales, legajo 248, fol. 123).

[Séptima acotación: estos documentos los consulté durante mi primera estancia en Simancas, allá por el mes de mayo de 1996. Aunque los incorporé a mi tesis doctoral, entonces no me pareció interesante el dato relativo a las aguas de rosas que consumía Juana de Austria. Ha sido en los últimos tiempos cuando he vuelto sobre ellos, al despertarse en mí el interés por la destilación y el mundo femenino durante la Edad Moderna].

Poder, coleccionismo y destilación. Cada vez me interesa más esta asociación. No podemos ver los diferentes aspectos de un personaje histórico aislados unos de otros. Aunque hagamos estudios muy eruditos sobre cada aspecto en concreto carecerán de validez pues es el todo el que interesa, la visión de conjunto, las distintas partes del rompecabezas que, ensambladas unas con otras, ofrecen la verdadera dimensión de la época.

Llevo tiempo trabajando sobre este y otros aspectos de la destilación femenina en la Edad Moderna. Empecé queriendo escribir un pequeño artículo pero llevo rellenos cuatro cuadernitos de trabajo y aún no he tocado todas las teclas. Cuanto más leo y más encuentro más cuenta me doy de todo lo que falta por hacer. 

[Octava y última acotación: es entonces cuando me entra sensación de vacío, de caída libre y pienso, ¿de qué narices voy a hablar si cualquier cosa que diga carecerá de toda validez historiográfica? No puedo escribir quince páginas sabiendo todo lo que queda por investigar. Hay veces en las que preferiría volver a la juventud, a mis momentos de doctorado, cuando me creía muy lista y corría a publicar cualquier dato nuevo que me encontraba. Entonces era muy ignorante y, ya se sabe, la ignorancia nos hace osados. No es que ahora sepa mucho más, no. La diferencia estriba en que tengo más años y he conocido a algunos sabios que han aumentado, hasta límites insospechados, mi conciencia sobre lo inabarcable de mi desconocimiento. De ahí que me dé pavor escribir articulitos de tres al cuarto. Porque sé que, si sigo tirando del hilo, cuando mi trabajo salga publicado ya carecerá de validez: habré encontrado muchas más cosas que convaliden (o echen por tierra) mis peregrinas hipótesis].

Bibliografía:

Krista DE JONGE (1998), "Les jardins de Jacques Du Broeucq et Jacques Hollebecque à Binche, Mariemont et Boussu", en: Carmen AÑÓN FELIU (dir.), Felipe II, el rey íntimo. Jardín y naturaleza en el siglo XVI, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1998, pp. 191-220.

Annemarie JORDAN (1999), "Mujeres mecenas de la Casa de Austria y la infanta Isabel Clara Eugenia", en: El arte en la corte de los Archiduques Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia (1598-1633). Un reino imaginado, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, pp. 118-137.

José MARTÍNEZ MILLÁN (1994), "Familia real y grupos políticos. La Princesa Doña Juana de Austria (1535-1573)", en: José MARTÍNEZ MILLÁN (dir.), La corte de Felipe II, Madrid, Alianza Universidad, pp. 73-105.

Mar REY BUENO (2009), "La Mayson pour Distiller des Eaües at El Escorial: Alchemy and Medicine at the Court of Philip II, 1556-1598", en: Health and Medicine in Hapsburg Spain. Agents, Practices, Representations (Medical History, Supplement No 29), London, The Wellcome Trust Centre for the History of Medicine at UCL, pp. 26-39.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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