Imparcial no, rigurosa sí

Imparcial no, rigurosa sí Imagen superior: el Códice Gigas o Códice del Diablo, manuscrito medieval creado a principios del siglo XIII.

Imparcial no, rigurosa sí. Este es mi lema como historiadora. Soy historiadora de la misma manera que soy mujer: porque nací con ello, porque lo llevo impreso en mi código genético. Para mí, la Historia no es un oficio, ni una formación, ni tan siquiera un título. Para mí, la Historia es congénita, circula por mis venas. Desde siempre. Soy capaz de engancharme a cualquier tema, fascinarme con cualquier personaje, dedicar años de mi vida a una investigación.

De forma "profesional" empecé en esto hace casi un cuarto de siglo. Cuando recibes formación académica, cuando no eres un historiador de salón, aprendes las normas, los modos, los usos. Y ya no sabes hacer Historia de otra forma. O, al menos, te resulta muy difícil desengancharte del academicismo. De sus citas a pie de página. De la búsqueda exhaustiva de fuentes. De contrastar cada dato. De plantear los presupuestos que no puedes comprobar como simples hipótesis, nunca como hechos definitivos.

Quizás, por eso, resulte tan difícil encontrar buena divulgación histórica. Porque los académicos no suelen bajarse de su pedestal, no suelen renunciar a esa etiqueta rigurosa de las citas, los miles de datos, la demostración, en definitiva, de su sobrada experiencia. Pero se puede ser riguroso sin caer en el aburrimiento. Es cierto que los profesionales de la cosa disfrutamos con estudios donde el texto es lo de menos, dónde lo verdaderamente importante son los cientos de notas en letra menuda, con miles de referencias archivísticas y citas bibliográficas.

Cuando se ha sido cocinero antes de fraile, es decir, cuando se ha disfrutado de la Historia antes de ser historiador profesional, piensas en tu yo primero, en esa persona que quería informarse, saber, pero se perdía en los textos que resultaban demasiado farragosos. Al menos, yo lo pienso. Sé que no es muy habitual, pues los historiadores nos gustamos demasiado, queremos escribir para que nos lean los cuatro compañeros expertos en tu línea de investigación, hacer el triple mortal sin red, por aquello de despuntar en el virtuosismo y dejar a todos con la boca abierta.

Ahora bien, cuando se vive una circunstancia existencial como la mía, es decir, cuando se ha abandonado el mundillo académico y ya no se pretende seguir engrosando currículum, a fin de obtener sustanciosos trienios y sexenios, miras la Historia desde otra perspectiva. Y piensas que, con tanta erudición como se gastan los más sabios del lugar, lo único que se consigue es dejar el terreno de la divulgación en manos de aficionados que poco, por no decir nada, suelen saber de los temas tratados. Te topas con artículos de revista o con entradas blogueras que te ponen los pelos como escarpias.

De ahí que, llegados a este punto, piense que bien merece la pena dar la batalla. Que merece la pena aventurarse por el terreno de la divulgación. Un terreno, por otra parte, que ya he transitado en el pasado. Y mucho. Pero que, ahora, quiero retomar de una manera más dinámica, menos encorsetada.

El rigor siempre va a estar ahí, es evidente. Cuando has sido trenzado con los mimbres académicos resulta muy difícil volverse un aficionado. A no ser, claro está, que decidas hacer de la Historia un instrumento para conseguir tus fines, sean éstos los que sean. Sólo en ese caso dejas de hacer Historia para pasar a hacer otra cosa, llámese demagogia, llámese amarillismo, llámese como se llame.

Yo, por mi parte, tan sólo tengo un objetivo: contar las cosas que me voy encontrando, los datos que se me aparecen en lecturas varias. Contar cómo disfruto con su lectura, cómo me divierto hilvanando unos con otros. E intentar hacer disfrutar a quien lo lea, que no tiene porqué saber nada del tema. No escribo para pavonearme, escribo para que disfrutemos. Todos.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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