Goya y el espíritu de la Ilustración

Carlos III, el “mejor alcalde de Madrid”, es tal vez el único antepasado que el actual monarca puede rememorar con honor y en relación con el tipo de actuaciones que viene desarrollando desde su investidura.

El pintor trató al rey ilustrado sin excesiva complacencia. Amante de la gente bella como lo fue, también lo era, según Carlos III aparece, en los lienzos goyescos, con su nariz de pimiento, sus ojos de besugo, su talla enjuta de polichinela, excedido por perros de caza, tricornios y escopetas, con unas manos sensibles y tranquilas de aristócrata razonable.

A su vez, en el género ilustrado por excelencia, la alegoría educativa, Goya se mueve con incomodidad. Sus composiciones alegóricas son más un cachondeo manierista sobre los modelos que sobre la cosa por alegorizar.

La Historia, la Verdad, el Tiempo, la Constitución de 1812, etc., dan lugar a la aparición de majas y gañanes desnudos o cubiertos por velos y guirnaldas de efecto cómico. Nadie puede creer que las ideas y abstracciones del racionalismo tengan tan fuertes caderas y tan sólidos costillares.

Pero yendo más hondo, Goya sí aparece como un hombre del siglo XVIII. No me refiero, como es obvio, a su pintura de asunto cortesano, sus amables cartones de tapicería, sus campesinos engalanados de verbena y tomando el trabajo como una fiesta llena de simetrías, rondas y danzas palaciegas.

Me refiero, en cambio, al Goya que, desde una formación racionalista, se plantea las perplejidades de la razón, su duermevela, su sueño pesadillesco, la pérdida de la lucidez y la incursión por los oscuros infiernos de lo irrazonable. Brujas, cabrones, locos, asesinos, tarascas y filicidas no son sólo la figuración de ancestrales y folclóricas imágenes del inframundo físico y moral. Son las tinieblas que rodean a la luz y sin la cual ésta no puede cumplir su tarea esclarecedora.

La mirada triste de Jovellanos, en el conmovedor lienzo del Prado, es la mirada de la razón desencantada de lo irracional del mundo, la soberbia del entendimiento derrotada por la solidez y la opacidad de las cosas. Más: Goya es ilustrado cuando huye de lo alegórico racional, cuando estudia lo puntual, el pormenor, la peculiaridad.

La admirable síntesis biográfica que son sus cuadros, las escenas populares y de guerra, los pases de la tauromaquia, los detalles de fisonomías y trajes, pertenecen al mundo de la pasión por la realidad inmediata, por el inventario sistemático del mundo, por la enciclopedia, que es la institución característica del XVIII.

Recuerdan a Antonio Ponz, recorriendo España a lomo de mula, para documentarse sobre su Viaje, por pésimos caminos y ruinosos puentes romanos, dando cuenta de monumentos, producciones, posadas, vías navegables, fiestas populares. O el diario del propio Jovellanos, en que la lectura de los clásicos alterna con datos sobre demografía y recetas de cocina.

Goya es, en este sentido, el pintor de las Sociedades de Amigos del País, que intentaron la renovación tecnológica de la economía española y el progreso de las ciencias. Junto a la maja rubicunda, la vieja babosa.

Una España joven y melancólica suele estar cerca de la seguridad lúgubre de la senil. La inmovilidad y la reacción pudieron con el proyecto de los ilustrados, las sombras apagaron las luces y España anotó en su cuenta histórica un fuerte déficit de modernidad.

En Goya, los personajes populares se mueven: trabajan, bailan, juegan. La aristocracia y la burguesía ennoblecida son, en cambio, rígidas y envaradas. Es como si los dirigentes de la sociedad no hubiesen sabido o podido canalizar la energía que parecía emerger de los estratos inferiores.

Los ilustrados goyescos semejan, a veces, personajes de una comedia de costumbres, un sainete irónico en que unos actores intentaran poner en escena la comedia de la Ilustración.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en The Cult (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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