El proceso contra María Sánchez de la Rosa

A María le gustaba visitar el baratillo de Santa Cruz. Allí encontraba libros que resultaban de su interés. No era habitual ver una mujer por aquellos lares. De hecho, no era corriente que una mujer plebeya supiera leer o escribir. Pero nada en María era habitual o corriente.

María vivía sola. María era viuda. Atrás quedaban los duros años de matrimonio. Las borracheras del desgraciado que le había tocado en suertes. Las palizas a las que, a duras penas, había conseguido sobrevivir. Esos dedos llenos de mugre hurgando en su natura. María no quería ni recordarlo. Un espeluzno recorría su cuerpo cada vez que pensaba en ello. Cuando murió su Juan, que así se llamaba el animal, corrió a enterrarlo, pagó un buen número de misas por el eterno descanso de su alma y se dedicó a vivir. A disfrutar de una soledad que, aunque peligrosa, merecía la pena intentar. Peligrosa porque aquel era un mundo dominado por hombres, donde una mujer sola era sinónimo de problemas.

A María le gustaba guisar. Había aprendido con su tía Dionisia, allá en Torrijos. La olla podrida y el arroz con liebre pronto dieron paso a otros "guisos". Porque, en uno de los libros que había conseguido comprar en el baratillo, se explicaba cómo hacer aceites para conservar la tersura de la piel, ungüentos para blanquear los dientes, pomadas para suavizar las manos. Se trataba de un libro escrito por una dama de alta alcurnia, de origen veneciano, llamada Isabella Cortese. Aunque escrito en italiano, María pudo entender con relativa facilidad muchas de las recetas allí contenidas. Secreti, como los llamaba su autora. Decía la Cortese que los había atesorado en sus numerosos viajes por la Europa Oriental, donde aprendió las artes de la alquimia y la elaboración de perfumes.

Pronto empezó María a realizar sus primeros experimentos en aquella cocina que hacía las veces de laboratorio. En un pequeño puchero vidriado preparó simiente de negrilla disuelta en licor, una mixtura perfecta para quitar las manchas de la cara. En una ollita de Talavera mezcló una porción de algalia con ámbar negro, que utilizó para fabricar guantes perfumados. En una jarra de Alcorcón compuso un ungüento de sebo con fierro, ideal contra las chinches...

Estas y otras muchas preparaciones se encontraron los oficiales del Santo Oficio cuando una noche, de madrugada, golpearon la puerta de su casa, amenazando con tirarla abajo si no abría la propietaria. La fama de María como experta facedora de pociones milagrosas había corrido como la pólvora por los mentideros de la villa y corte. Lo cierto es que María no presumía de su abundancia económica ni de las colas de clientes que llenaban, día tras día, los alrededores de su casa. Pero la evidencia era notable y la envidia, muy mala.

Siglos después, Sebastián Cirac Estopañán, el descubridor del proceso inquisitorial contra María Sánchez de la Rosa, conservado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, afirmaba: "sobre todos, el laboratorio más interesante y mejor pertrechado de cuántos hay relación en los procesos inquisitoriales de Castilla la Nueva fue el que tenía en su casa, en Madrid, la notable hechicera María Sánchez de la Rosa. En la audiencia de 24 de mayo de 1699, el boticario Juan de Armuiña reconoció un gran número de pucheros, jarras vidriadas, ollitas y papeles con polvos, ungüentos, ingredientes y otros objetos de que se valía la procesada en el ejercicio de su arte". (Sebastián Cirac Estopañán, Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva. Tribunales de Toledo y Cuenca, Madrid, 1942, pp. 43-46).

Poco sabía el bueno de don Sebastián que se encontraba ante uno de los laboratorios más fastuosos que han dejado las crónicas. Un verdadero laboratorio de Celestina. Una muestra palpable de la experimentación y el conocimiento de los secretos de la naturaleza que tenían las mujeres de la Edad Moderna. Y hablar de "secretos de la naturaleza" en los siglos XVI y XVII es hablar de CIENCIA. Ni más ni menos.

(Un poquito de incienso de áloe especiado y un poquito de historia de mujeres olvidadas para esta velada dominical).

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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