El Informe Valles

Leo que el Archivo Municipal de Burgos abre su catálogo en línea, donde pueden consultarse los registros catalográficos de más de 190.000 documentos, el más antiguo del 1073. Como una yonqui necesitada de un chute extremo, pincho, rauda y veloz, el enlace que me facilitan. Y allí me voy encontrando con viejos conocidos, documentos que pasaron por mis manos, hace casi quince años. Los tengo todos microfilmados pero no dudo en bajarme una copia digital. Es un vicio esto de los formatos digitales, un acumular compulsivo que amenaza con llenar discos y más discos duros… pero, he de reconocerlo, no me puedo resistir.

Fui, por vez primera, al Archivo Municipal de Burgos en noviembre de 2001. Alternaba estancias sevillanas con investigaciones burgalesas, en uno de los períodos más felices de mi vida. Porque, para mí, la vida no tiene sentido si no es a través de la Historia. Ya sea leyendo, ya sea escribiendo, ya sea investigando, ya sea visitando los escenarios de mis lecturas e investigaciones. Formaba parte, por aquel entonces, de dos proyectos de investigación. Uno, financiado por la Fundación Carolina, dedicado al análisis de la terapéutica procedente de los Virreinatos americanos en la Edad Moderna. El otro, financiado por la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid, centrado en el estudio  del agua en el Madrid de los Austrias Menores. Del Arenal sevillano al románico burgalés y vuelta a empezar. Visto ahora, desde la distancia, no puedo imaginar algo mejor…

¿Por qué el Archivo Municipal de Burgos, si lo que estudiaba era el agua en el Madrid de los Austrias? Muy sencillo: yo formaba parte de un equipo multidisciplinar, que abordaba el tema elegido desde todas las perspectivas posibles. Dada mi formación académica, me correspondió analizar el empleo de las aguas medicinales en la terapéutica barroca, un aspecto que pasaba por el estudio en profundidad de fray Esteban Villa, el boticario benedictino de origen burgalés que más impacto tuvo dentro de la literatura farmacéutica del siglo XVII y que más escribió sobre aguas medicinales. Y fue leyendo sobre la botica donde había ejercido su ministerio, en el burgalés Monasterio de San Juan, como “descubrí” la existencia de un manuscrito obra de su discípulo, el también fraile boticario fray Esteban Núñez. Una obra inédita e inconclusa, guardada en algún arcón de la botica monástica durante siglos y que, en el momento presente, se conservaba en el Archivo Municipal de Burgos.

El director de ambos proyectos de investigación, catedrático de la disciplina donde yo había realizado mi tesis doctoral, burgalés de pro y amigo de niñez del entonces alcalde de la ciudad castellana, realizó las gestiones precisas para que Miguel y yo, investigadores contratados a cargo de sendos proyectos, viajásemos a Burgos y no tuviésemos impedimento alguno a la hora de consultar toda la documentación que quisiéramos. Faltaron las fanfarrias recibiéndonos a la puerta del Archivo Municipal, todo hay que decirlo.

Tras las presentaciones iniciales, fuimos ubicados en una sala especial y recibimos, uno tras otro, los legajos pertenecientes al Monasterio de San Juan. Legajos que pertenecían al fondo aún en fase de catalogación, algo impensable en cualquier otro archivo pero, ya se sabe, donde hay patrón… Resulta difícil explicar la sensación que te invade cuando hojeas, por vez primera, unos fondos documentales guardados durante siglos, que no han visto la luz, que no han sido estudiados por otros historiadores… en definitiva, que te están esperando a TI, para que emitas un juicio de valor y establezcas un puente de comunicación entre el presente y un pasado que, en el mejor de los casos, se remontaba a 350 años atrás. Pero, si además, resulta que, revisando una documentación absolutamente novedosa, ocurre que aparece un documento que llevabas buscando casi una década… entonces, lo que te recorre el cuerpo es una sacudida de tal calibre que resulta prácticamente indescriptible, imposible de asociar a cualquier otra sensación vivida antes, superior al mejor de los besos, al mayor de los orgasmos, al más poderoso subidón adrenalínico…

Nada, absolutamente nada de lo que hayas vivido se puede asemejar al momento en el que pasas un bloque de documentos y allí, sin aviso previo, está el documento que confirma tu teoría, que avala la hipótesis de una investigación que comenzó con mi primer escarceo historiográfico, que me llevó a revolver archivos y bibliotecas de media España, que prolongó mi tesis doctoral durante más años de lo recomendable porque “me falta el documento clave, aquel que sé que existe, que incluso podría datarlo con día y hora pero que, hostias, ¡no lo encuentro!”.

Me estoy refiriendo a lo que bauticé como “El Informe Valles”, un documento legal emanado del Real Tribunal del Protomedicato, la máxima institución sanitaria española durante siglos, promulgado en las postrimerías del siglo XVI y escrito, como su propio nombre indica, por Francisco de Valles, el Divino Valles, como le llamaba el más ilustre de sus pacientes, el mismísimo Felipe II. Una ordenanza que regulaba la práctica de boticarios, la forma en la que debían ejercer su arte, elaborar sus medicamentos, de obligado cumplimiento en los reinos de Castilla… un concepto que nos puede parecer muy local pero… no se nos olvide: estamos hablando de los reinos adscritos a la corona de Castilla en 1591, es decir, buena parte de la Península Ibérica, los inmensos territorios americanos pertenecientes a los virreinatos de Nueva España y del Perú, así como las posesiones asiáticas de Filipinas. En la práctica, una norma de una envergadura territorial poco común, por no decir inaudita. Una norma, además, pionera en el ámbito europeo, que unificaba prácticas pretéritas (pesas y medidas de tradicionales remedios vegetales) y novedades tecnológicas (aguas y aceites medicinales destilados por modernos procedimientos).

Todo mi entorno cercano, tanto profesional como personal, estaba al tanto de mi fijación con el dichoso informe Valles. Los expertos en la materia (historiadores colegas y archiveros/bibliotecarios) me instaban a olvidar una búsqueda que parecía vana: los archivos del Protomedicato se habían quemado, en el siglo XIX, y resultaba imposible reconstruir una historia completa más allá de los pocos documentos que se habían salvado. Restos de un naufragio que eran de sobra conocidos y entre los cuales, obviamente, no figuraba el dichoso informe Valles. Pero yo me negaba a creerlo. Un documento legal de tal repercusión debía haber tenido amplia difusión.

No podía ser que sólo existiera una copia y hubiera perecido, víctima de las llamas. Vacié el Archivo General del Palacio Real de Madrid, los fondos manuscritos de la Biblioteca Nacional, la sección Consejos del Archivo Histórico Nacional, el Archivo General de Simancas, el Archivo de la Corona de Aragón, viajé hasta el archivo de la catedral de Santiago de Compostela, siguiendo una pista que resultó ser falsa… hasta que desistí y presenté mi tesis doctoral, exponiendo toda una teoría que situaba el famoso “Informe Valles” en los meses finales de 1589.

Leí la tesis, obtuve la máxima nota (apto cum laude por unanimidad), recibí (meses después, para mi sorpresa y la de todo el claustro) uno de los Premios Extraordinarios de Doctorado que anualmente se conceden en la Universidad Complutense de Madrid y me olvidé de Valles y su maldito informe… hasta aquella mañana invernal, en aquella sala especial de aquel archivo municipal de provincias. Pasaba una hoja tras otra, de pie, como suelo hacer siempre que me enfrento por vez primera a un legajo desconocido cuando empiezo a leer “Memoria y apuntamiento de las causas y razones que se dan por la parte…”. No pude reprimir un “Aquí está, ¡¡¡LO SABÍA!!!” que atrajo inmediatamente a Miguel, que aún no sabía de qué se trataba, pero sabía que era algo muy gordo.

Durante un año estudiamos el manuscrito de fray Esteban, lo publicamos con un interesante estudio introductorio, se presentó con el bombo y boato que se acostumbra en pequeñas ciudades, generalmente orgullosas de resaltar los logros de sus compatriotas. Paralelamente, preparé a conciencia un artículo de investigación sobre mi ya celebérrimo “Informe Valles”, que se publicó en la principal de las revistas académicas del sector…

Hoy, cuando he leído que todos los fondos del Archivo Municipal de Burgos han sido digitalizados y puestos en red, no he podido evitar recordar aquel maravilloso momento, aquellos estupendos meses, aquellos desayunos fastuosos en el Fernán González, aquellas tardes recorriendo toda la provincia, en busca de inhóspitas iglesias románicas… en definitiva, aquellos meses de ensueño que tuve la suerte de vivir.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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