De Roma para arriba

Yo estudié italiano en el Istituto Italiano di Cultura de Madrid. Fue durante los primeros años de mi tesis doctoral, cuando no hacía nada más que encontrarme italianos en todos los documentos que leía. Así que, pensé, en algún momento tendré que viajar a Nápoles (lugar de origen mayoritario de todos mis alquimistas y destiladores) y algo de italiano habré de chapurrear.

Dicho y hecho. Me apunté a los cursos de italiano del Istituto, ubicado en un antiguo palacio del siglo XVII, el conocido como Palacio de Abrantes, construido por un personaje singular, Juan de Valencia, limeño, que se hizo muy popular en la corte de Felipe IV. Tanto, que incluso alcanzó el cargo de Espía Mayor del Consejo Secreto de Su Majestad.

Pues bien. Mi profesora de italiano era una napolitana de armas tomar. Una tipa interesantísima, con esa belleza que sólo tienen las italianas. Recuerdo muchas cosas de ella pero, sobre todo, siempre se me vienen a la cabeza dos sentencias gloriosas. Una: el italiano se canta, puedes estar hablando en suajili que, si le das la entonación precisa, un italiano te va a entender. Y dos: de Roma para arriba, todos los italianos son tedeschi, esto es, alemanes. Vamos, que viven, piensan y sienten como alemanes, no como italianos, siendo el colmo de los colmos los milaneses, a quienes mi italiana bella aborrecía como sólo sabe aborrecer una napolitana.

A pocos metros del Istituto Italiano se encuentra el Palacio Real. Mis clases eran de 9 a 10 de la mañana. Cuando terminaban, recorría la calle de la Almudena, en cuya esquina estuvo el palacio de la Princesa de Éboli, salía a la calle Bailén y pasaba las siguientes cuatro horas en el archivo de Palacio, revisando toda la documentación que, con los años, formó parte de mi tesis doctoral.

A las dos de la tarde, hasta las cejas de papeles antiguos y polvo centenario, atravesaba la Plaza de Oriente, mirando de reojo a ese Felipe IV a caballo que, en su tiempo, fue una obra pionera: la primera estatua ecuestre que se sostenía sobre dos patas. Dicen que fue Galileo, el celebérrimo Galileo, quien ofreció la solución final para conseguir semejante gesta: algo, a simple vista, tan sencillo como hacer macizos los cuartos traseros del caballo, dejando huecos los cuartos delanteros.

¿Galileo? ¿Galileo trabajando para el rey de España? Ay, Señor, cuánto daño ha hecho la leyenda negra... Pues si, queridas gentes, Galileo, hoy en día subido a los altares de la ciencia y uno de los prohombres que en el mundo han sido, era, en realidad, uno de tantos "chispas" que hacían sus apaños por acá y por allá, buscándose la vida, buscándose un mecenas que le asegurase ropa limpia, un plato de comida diaria y un techo para dormir.

En realidad, Galileo se mataba por trabajar para el rey de España, Felipe IV, conocido entre sus contemporáneos como "El Grande". Un putero vividor, el tal Felipe, si, pero al que podemos perdonarle (siquiera un poquito) si pensamos que fue el más grande mecenas de las artes que ha habido en el mundo. Si, EL MÁS GRANDE. Quizás, quizás, a la par que su abuelo, mi Felipe, #elputoamo. Pues bien, Galileo MORÍA, literal, por trabajar para Felipe IV. Pero no lo consiguió nunca. Y mira que lo intentó, ¿eh? Pues nada. Se tuvo que contentar con seguir a las órdenes de los Medici florentinos, otros que gozan de mucha fama pero que no dejan de ser unos machacas al servicio de El Grande (Felipe IV, quiero decir).

Galileo no sólo fue un mercenario que se vendía al mejor postor, no. Galileo, además, fue un cobarde, pues se rajó cuando le llegó el gran momento de su vida, esto es, cuando hubo de defender su teoría ante el Santo Oficio. En lugar de tirar p'alante y decir: "Sí, señores inquisidores, si muove" y que sea lo que Dios quiera, se calló, tragó, se retractó y cuentan que, cuando ya había salvado el pellejo, parece ser que dijo bajito, muy bajito, sólo para el cuello de su camisa, camisa que no le llegaba al cuerpo, de lo apurado que se veía, aquello de "eppur si muove...". Pues muy bien, Galileo, pues muy bien, cagón.

En este punto, me acuerdo de mi profesora napolitana: de Roma para arriba, ¡tedeschi! No como de Roma para abajo. No como ese Giordano Bruno, napolitano, que murió quemado vivo, sin decir un ay, en esa piazza romana de Campo de' Fiori, fiel a sus ideales. Y mira que le ofrecieron veces retractarse, ¿eh? Pero no. Porque él era napolitano, no tedesco...

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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