Cajal y su visión de la mujer

Si hay un científico fácilmente reconocible por el común mortal español ése es Santiago Ramón y Cajal. Premio Nobel de Medicina en 1906 por sus investigaciones sobre los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas, este aragonés universal aunó en su persona la excelencia investigadora, la pasión por la fotografía y el gusto por la escritura.

Una de sus obras más conocidas, las Reglas y consejos sobre investigación científica, gozó de numerosas ediciones, así como traducciones al alemán, inglés, húngaro o japonés. Escrita como discurso para ser leído con ocasión de su elección como miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (5 de diciembre de 1897), fue editada por vez primera en 1899. Se trata, como su propio título indica, de una serie de advertencias para jóvenes investigadores, con la intención de motivarles y provocar su inquietud y pasión por los trabajos de laboratorio.

Muy recomendado en los cursos de doctorado impartidos en facultades de ciencia españolas, junto con el celebérrimo Come si fa una tesi di laurea (1977), de Umberto Eco, he de reconocer que me lo debí leer por encima, pues no recordaba el apartado dedicado por Cajal a la elección de esposa por parte del científico en ciernes.

Incluido en el capítulo VI, dedicado a las "Condiciones sociales favorables a la obra científica", Cajal dedica no pocas páginas al espinoso asunto. Los jugosos párrafos se suceden, uno tras otro, para deleite de lectores. Incluso se puede vislumbrar cierta socarronería e imagino las sonrisas del público que oyó, por vez primera, estas curiosas advertencias.

"El ideal universitario ‒comienza Cajal‒ sería un monasterio, cuyos monjes, consagrados de por vida al estudio de la Naturaleza, se distrajeran un tanto de sus deberes religiosos (...) Mas la vida cenobítica resultaría para la mayoría de los sabios intolerable sacrificio (...). Si la mujer es un mal, convengamos en que es un mal necesario. Poquísimos son los austeros para quienes la bella mitad del género humano representa algo así como vistoso ejemplar de colección ornitológica. Además, mala táctica de conquistar adeptos sería brindarles la abstención y el martirio. Sea abnegado quien pueda pero no impongamos a nadie la abnegación. (...) Para el hombre de ciencia, el concurso de la esposa es tan necesario en la juventud como en la ancianidad. Como la mochila en el combate es la mujer: sin ésta se lucha con desembarazo, pero ¿y al acabar? (...) En varón robusto y normal, el celibato suele ser invitación permanente a la vida irregular, cuando no a los abandonos del libertinaje (...). Por otra parte, el soltero vive en plena preocupación sexual. En él la intriga galante interrumpe demasiado la marcha de la intriga especulativa. Y, según es notorio, no hay más seguro medio para despreocuparse de mujer que satisfacerse de mujer. (...) ¡Elección de compañera! Tocamos aquí un punto delicadísimo. ¿Qué cualidades han de adornar a la elegida de un hombre de ciencia? Cuestión gravísima, porque harto sabido es que los atributos morales de la esposa son decisivos para el éxito de la obra científica. Muchos ciudadanos padecen mujer, pero se la padecen ellos solos; mas de la mujer del sabio sufre, a veces, la sociedad y hasta la Humanidad entera. ¡Cuántas obras importantes fueron interrumpidas por el egoísmo de la joven esposa! ¡Qué de vocaciones frustró la vanidad o el capricho femenil!".

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Imagen superior: Clase de disección de Santiago Ramón y Cajal (1915). Fotografía de Alfonso Sánchez García.

Bien, hasta aquí me resulta difícil aguantar la arcada, pues no se me viene a la cabeza otra imagen que la de la mujer como mero receptáculo de semen, lugar en el que el hombre vacía sus instintos más primarios para, una vez aliviado, retomar la noble tarea investigadora. Pero lo mejor está por venir. Cajal, a modo de entomólogo, clasifica a las mujeres susceptibles de ser desposadas por varón científico en cuatro grandes tipos: la intelectual, la heredera rica, la artista y la hacendosa.

La primera de todas sería, no cabe duda, la más a propósito. Lamentablemente, nos dice nuestro Premio Nobel, "la mujer intelectual, es decir, la joven adornada con carrera científica o literaria, o que, llevada de vocación irresistible por el estudio, ha logrado adquirir instrucción general bastante sólida y variada, constituye especie muy rara en España. Hay, pues, que renunciar a tan grata compañía. Ello es sensible, sin duda, aunque los pocos ejemplares de doctoras (salvo un par de excepciones) que hemos conocido en ateneos, laboratorios y salones, parecen empeñadas en consolarnos de su inaccesibilidad".

La segunda, la heredera rica, sería la ideal desde el punto de vista económico aunque es peligrosísima, pues "habituada a una vida de molicie, de fausto y de exhibición, milagro sería que no contagiara sus gustos al esposo, repitiéndose con ello el caso del ilustre físico inglés Davy, quien por haberse enlazado con hembra linajuda, suspendió casi del todo su brillante carrera de investigador, consumiendo lo mejor de su vida en fiestas y recepciones del gran mundo".

No menos perniciosa es la tercera de las propuestas, la artista, pues "salvo honrosas excepciones, tales hembras constituyen perturbación o perenne ocasión de disgusto para el cultivador de la ciencia. Desconsuela reconocer que, en cuanto goza de un talento y cultura viriles, suele la mujer perder el encanto de la modestia, adquiere aires de dómine y vive en perpetua exhibición de primores y habilidades. La mujer es siempre un poco teatral, pero la literata o la artista están siempre en escena. ¡Y luego tienen gustos tan señoriales y complicados!... Al fin, la esposa opulenta suele subvenir a sus antojos. Poco amiga de libros y revistas, curiosea solamente joyerías y tiendas de moda, pero la literata pasea con igual codicia sus miradas por los escaparates de alhajas y sombreros y por las muestras de los libreros".

De ahí que la elección quede circunscrita a la cuarta, la hacendosa: "No queda, pues, a nuestro sabio en cierne, como probable y apetecible compañera de glorias y fatigas, más que la señorita hacendosa y económica, dotada de salud física y mental, adornada de optimismo y buen carácter, con instrucción bastante para comprender y alentar al esposo, con la pasión necesaria para creer en él y soñar con la hora del triunfo, que ella disputa segurísima. Inclinada a la dicha sencilla y enemiga de la notoriedad y exhibición, cifrará su orgullo en la salud y felicidad del esposo. El cual, en lugar de reconvenciones y resistencias, hallará en el hogar ambiente grato, propicio a la germinación y crecimiento de las ideas. Y si, por fortuna, sonríe la gloria, sus fulgores rodearán con una sola aureola dos frentes gemelas". Una mujer, prosigue Cajal, que sacrificará alhajas, vestidos y caprichos en pos de la fama y gloria de su esposo. Un ejemplar que, a poco que se busque, es fácil de encontrar: "por fortuna, ese tipo delicioso de mujer no es raro en nuestra clase media. Muy desventurado será quien, buscándola con empeño, no logre encontrarla o no sepa asociarla de todo corazón a sus destinos. El toque está en conquistarla para la obra común, en constituirse en su director espiritual, en modelar su carácter, plegándolo a las exigencias de una vida seria, de trabajo intenso y de recato austero, en hacer, en suma, de ella, según decíamos antes, un órgano mental complementario, absorbido en lo pequeño (si pequeñez puede llamarse el gobierno del hogar y la educación de los hijos), para que el esposo, libre de inquietudes, pueda ocuparse en lo grande, esto es, en la germinación y crianza de sus queridos descubrimientos y de sus especulaciones científicas".

Cierto es que, llegados a este punto, habrá quien me replique que no se puede leer la opinión de Cajal desde la perspectiva actual. Cajal era un hombre de su tiempo, a caballo entre el XIX y el XX, cuando las mujeres empezaban a pelear por conseguir sus derechos y libertades. Pero, creo, no le hacía falta meterse en semejantes jardines, que más bien parecen chascarrillos propios de reunión de amigotes y no de mente privilegiada como, sin duda alguna, fue la del eminente aragonés.

Evidentemente, la mejor palabra es la que queda por decir...

(Escrito hace ahora un año, cuando recuperé el gusto por contar, aunque esta historia no sea, precisamente, de las que se disfrutan mientras se escriben...)

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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