Silencioso adiós

Calixto Sánchez se ha ido. Ha dejado de cantar. Ha abandonado el mundo flamenco después de casi cuarenta años de profesión. Esos años tuvieron su aldabonazo cuando ganó el primer Giraldillo de la Bienal de Sevilla. Corría el año 1980 y la voz de aquel muchacho de Mairena del Alcor, que había sido aupado al concurso por mor de las peñas, retumbó con sonoridad única en el Teatro Lope de Vega, certificando el comienzo de un recorrido profesional que iba a estar marcado por algunas señales distintivas.

El estudio, el conocimiento, casi la erudición del hecho flamenco. El respeto a los cánones. La búsqueda de la verdad, fuera de intangibles legendarios. El encuentro con otras músicas. La elección de letras de calidad sin caer en las repeticiones manidas. El cuidado de la voz en todos sus aspectos. La divulgación de su arte en ámbitos diferentes, incluidos los académicos.

El dominio de los recursos técnicos, su voz potente y bien timbrada, su investigación sobre el cante de los antiguos y sus posibilidades de renovación, todo ello otorgó a Calixto el adjetivo de "enciclopédico". El adjetivo contenía una trampa mortal. Era una forma de alabar denostando. O, mejor aún, de denostar alabando. Porque al tiempo que se ponderaba su cante se añadían algunos de los "peros" que más daño hacen al artista flamenco. Es un gran cantaor pero le falta pellizco. Canta muy bien pero no duele. Conoce los cantes pero no tiene duende. Y así sucesivamente. Los críticos de flamenco, al menos muchos de ellos, así como influyentes escritores con mando en plaza, dibujaron un perfil profesoral, académico, divulgativo, frío, sin alma, en torno al cante de Calixto. Poco importaba que su granaína pusiera los vellos de punta. Poco, que en los fandangos la voz rozara el cielo. Nada que su malagueña propia hablara de tú a las de los clásicos. Menos todavía que siempre diera la talla, que en su carrera no hubiera espantás, ni malas noches.

Ninguna de estas circunstancias fue tenida en cuenta por el gran jurado de la flamencología que siguió afirmando tercamente que Calixto podía muy bien haber cantado ópera, pero que en el flamenco se mostraba frío y sin emocionar.

Poco ayudó en este estado de opinión el hecho de que se empeñara en dar a conocer poemas de autor pasados por el aire flamenco. Más aún, fue una nueva prueba, para algunos, de su estilo alejado de lo popular, de lo jondo. Sin miserias que contar, sin desafinados y sin agachar la cabeza ante la crítica, Calixto concitó dos raras unanimidades: la devoción cerrada de su público y la indiferencia helada de los que de esto escriben. De esta manera, los premios que jalonan su carrera, que son muchos, nunca fueron concedidos salvo en la lid del cante. Honores ninguno. Concursos ganados, todos.

Un error de dimensiones importantes comete Calixto a mi juicio. Su cerrazón a no marcharse de Mairena del Alcor, su pueblo, le cierra las puertas de ambientes menos claustrofóbicos. Sin pasar por Madrid es difícil el triunfo total. Teniendo las mejores condiciones, la presencia física, la capacidad de llegar a la gente, no halla una línea que conduzca su trayectoria salvo la que él mismo se marca a su leal saber y entender. La falta de ambición, quizá, un espíritu escaso de aventura, un conformarse demasiado evidente, hicieron que su nombre se fuera alejando del favor del gran público al tiempo que quedaba como reducto de un flamenco muy clásico en tiempos de mudanza. A pesar de que fue, en determinados momentos, un innovador, participando en espectáculos con argumento, escribiendo sus propias letras o musicando poemas de autor, en los últimos años todo esto se ha visto diluido con la aparición de otras propuestas más rompedoras y con mayor escaparate. La reclusión mairenera no ha ayudado en nada al artista.

Calixto se ha ido del cante. Y lo ha hecho en el silencio. Demasiado silencio, a mi juicio. Silencio por todas partes. Adiós sin alharacas pero también sin despedidas. Sin aplausos finales, sin honores. Injusto. Totalmente. Y lo peor es que nadie parece haber caído en la cuenta.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 34) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

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