Lo que cuentan del flamenco Huber, Borrow, Gautier, Quinet, Ford, Merimée, Dumas y Davillier

En un interesante y documentado libro (El flamenco y los románticos. Un viaje entre el mito y la realidad, publicado por la Bienal de Flamenco, Sevilla), Rocío Plata Orellana nos ha desvelado la figura de un desconocido personaje que, como otros, se sintió atraído por España y dejó constancia escrita de ello.

Se trata de un caso especial puesto que no hablamos de un inglés o un francés, tampoco de uno de los ya conocidos viajeros de los que hay referencias en los libros sobre flamenco que aluden a la contribución de estos escritores. Es una nueva voz que merece atender. Se llama Viktor Aimé Huber y es un hispanista alemán, contemporáneo y paisano de otro gran hispanista, el profesor Friedrich Wilheim Valentin Schmit.

Hablemos primero de Schmit pues su contribución al conocimiento de lo español es de gran relevancia. Profesor de la Friedrich-Wilhems-Universitat realizó estudios sobre Calderón y las grandes obras de la literatura española.

Aimé Huber es un estudioso de los romances españoles, filólogo, médico, teólogo y escritor. Viajó por España y luchó en las guerras carlistas al lado de los liberales. Publicó un libro de lectura española (Teatro pequeño de elocuencia y poesía castellana), así como Bosquejos de España (Skitzen aus Spanien, 1837), que demuestran su vinculación con la cultura española.

La publicación de este último libro tuvo lugar en Inglaterra. En uno de sus relatos recoge su visión del ambiente trianero de principios del siglo XIX, por medio de una historia centrada en el personaje del Tío Eusebio, quien solía organizar fiestas en su casa de Triana.

El texto muestra el ambiente marginal del barrio, algo que suelen corroborar todos los viajeros que lo han citado en sus escritos. El tío Eusebio vive de alquiler en un caserón ruinoso situado cerca del río. En su juventud fue contrabandista (otro de los “oficios” típicos que solían aparecer en estas narraciones) y, ya en su vejez, es un respetado patriarca que ejerce un gran ascendiente sobre los tipos que pululan dentro de la marginalidad.

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En el relato de Aimé Huber nos interesa la mención a bailes (fandango) e instrumentos (castañuelas, guitarras), así como la confirmación de que el flamenco en Triana estaba reducido a ámbitos familiares y no profesionales (En el sentido que este término tiene en los años en los que transcurre la acción, algo que comentaremos en su momento). Es algo que ya se podía deducir al constatar la inexistencia en el arrabal de academias, salones o cafés cantantes.

El rastreo de los bailes en la obra de Huber puede indicarnos que el baile es anterior al cante, algo que parece estar en la base de muchas investigaciones. Se trataría, desde luego, de bailes protoflamencos, danzas populares que no guardarían sino una mínima relación con el baile codificado en que el flamenco se expresa en su momento.

En relación con el aspecto íntimo de estas manifestaciones populares de raigambre musical está claro que tiene mucho que ver con la idiosincrasia del propio barrio y de cómo se han desarrollado en él las manifestaciones culturales y artísticas, entre ellas el flamenco. Pero la referencia oportuna a esta aseveración vendrá después.

Borrow...

Al referirnos a George Borrow (Norfolk, 1803-Oulton Broak, 1881) nos encontramos con un personaje curioso, de biografía sorprendente. Su padre era militar por lo que hubo de mudar de residencia en varias ocasiones durante su infancia. En 1810 trabó amistad con un gitano inglés, Ambrose Smith, quien le deja una profunda huella y un interés imperecedero por acercarse a las leyes y costumbres de esa raza.

En 1833, Borrow se hizo empleado de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, con la cual recorrió diversos países ocupado en traducir la Biblia a varios idiomas. Él mismo conocía el galés, danés, hebreo, árabe, armenio, ruso y caló.

Borrow viajó por diversas regiones de España. En su libro La Biblia en España se retrata la España oficial y popular de aquel tiempo, mostrando un amplio muestrario de personajes. La traducción al español y el prólogo de este libro son obra de Don Manuel Azaña.

Otro libro de Borrow que relata las experiencias de su viaje por España con todas las aventuras que vivió aquí es Los gitanos en España (1841).

Don Jorgito es un personaje extravagante y aventurero que pasó por diversos avatares (cárcel incluida) durante su estancia en España. Es un excéntrico cuya visión de España estaba muy influida por el extraordinario interés que en su vida despertó el conocimiento de la cultura de los gitanos. Desde luego, la afirmación que hace sobre la gente que vive en Triana “lo peor de lo peor” no parece indicar excesivo respeto a las posibles manifestaciones culturales o artísticas que en este barrio hubiera encontrado. Más bien, da la impresión de que su conocimiento era superficial y se basaba en determinados ambientes y personajes.

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Gautier…

En 1843 tiene lugar la publicación del libro Viaje a España del que es autor Théophile Gautier (Tarbes, 1811-Neuilly sur Seine, 1872) (4) (Manejamos la edición de 1998, Cátedra, edición y traducción de Jesús Cantera Ortiz de Urbina).

Gautier se dedicó primero a la pintura y luego se hizo escritor y periodista, así como asesor de arte. En este último cometido viajó a España acompañando al coleccionista francés Eugène Piot, quien pretendía lograr a bajo precio el mayor número de obras de arte españolas. En las andanzas realizadas por franceses e ingleses, tanto militares, como de otros oficios, por las tierras de España, hay que consignar el demostrado saqueo de obras de arte que se produjo, ante el descuido, el desinterés y la ignorancia de los españoles, lo que no dejaba de asombrar a los extranjeros como hemos comentado al hablar de la “expedición” de Taylor.

Sin embargo, el viaje de Gautier se produjo cuando ya los españoles estaban avisados y precavidos, por lo que no tuvo éxito alguno. Gautier realizó otros viajes por España y sus impresiones las volcó en su libro, primero titulado, entre las risas de la crítica hispana, Tra los montes y luego, enmendado el error, Viaje a España. Tras los montes.

Fue un texto de referencia para aquellos que se sentían atraídos, como viajeros, por conocer España. En el libro que citamos, el autor dedica el capítulo XIV al tema que nos interesa: Sevilla. La Cristina. La Torre del Oro. Itálica. La Catedral. La Giralda. El poblo sevillano. La Caridad y Don Juan de Mairena.

Tales son los subtítulos de ese capítulo, que dedica a lo más relevante, a su juicio, de Sevilla. Pues bien, las alusiones a Triana son muy escasas y las recogemos de forma literal: “Un puente de barcas une las dos orillas y pone en comunicación los arrabales de la ciudad” “El barrio de Triana abunda en encuentros de este estilo (se refiere a mendigos y vagabundos), pues allí viven muchos gitanos gente que tiene las opiniones más avanzadas en cuanto a desenvoltura.

Las mujeres preparan la comida al aire libre, y los hombres se dedican al contrabando, a esquilar mulos, al chalaneo o a la compra y venta de ganado, etc., cuando no a peores negocios”. Brevísimas referencias que únicamente inciden en un aspecto (la abundancia de gitanos) que veremos reiterado en otras crónicas y que tienen la particularidad de no aludir en ningún momento a los supuestos bailes, cantes, fiestas y música en general, de esta comunidad establecida en los límites trianeros.

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Quinet…

En el mismo año de 1843 otro francés, Edgar Quinet (1803-1875), se encuentra de viaje por España. Sus vivencias las plasmará en el libro Mis vacaciones en España (Mes vacances en Espagne).

Se trata de un libro de contrastes, pues Quinet es consciente de encontrarse con una España llena de problemas, muy distinta a la que él ha conocido en sus estudios sobre nuestro país.

Existe una gran diferencia entre la España que conoce Laborde y la que visita Edgar Quinet. Éste no se detiene únicamente en lo monumental o en lo anecdótico, sino que repara en aspectos de carácter humano y, sobre todo, social: el trabajador andaluz, con su carga de miseria, le llama la atención.

Los tipos de Quinet no tienen nada que ver con una visión romántica, no son guitarreros o boleros, sino campesinos, constituyendo un adelanto de futuras preocupaciones sociales, que convierten su obra en un estudio lleno de contrastes.

Ambos autores, Laborde y Quinet, fueron los más respetados por los críticos españoles, que los consideraban más serios y objetivos, en contraste con la opinión que les merecían Dumas o Gautier.

Ford…

Nos interesa pararnos ahora en la figura de otro de estos viajeros. Se trata del inglés Richard Ford (Londres, 1796-1858), escritor, periodista, dibujante y abogado. La mala salud de su esposa, Harriet, hizo que, en el año 1830, se trasladara a España junto con su familia, repartiendo su tiempo entre Granada y Sevilla. Su presencia en estas dos ciudades se plasmó en más de 500 dibujos.

Vuelto a Inglaterra, en 1844 publicó el Manual de viajeros por España, que tiene el enorme interés de confrontar lo que suponen los tópicos de España que habían puesto en circulación los románticos con la realidad que él había observado. Fue el prestigioso editor londinense John Murray quien le pidió que escribiese una guía para que formara parte de una serie de libros de viajes.

Lo que apenas se conoce de esta historia es que varios capítulos del libro de Ford se censuraron en la época. Todo ello se argumenta en el libro Historia y anécdotas de las fondas madrileñas, de Peter Besas. Publicado por Ediciones La Librería, en 2009, recoge textos desaparecidos con la censura, pues al editor le parecieron corrosivos e insultantes. ¿Qué decían esos textos? En lo que se refiere a Madrid podemos reproducir algunos pasajes literales que la definen como “ciudad antisocial e insalubre”, con un “gobierno obstinado e informal”.

Sobre el carácter de los españoles y su sistema político, dice Ford “en ninguna parte…existe una prodigalidad tan grande en títulos y condecoraciones completamente inmerecidas”; “los recientes cambios políticos no han mejorado la calidad de los ministerios españoles”; robar y buscarse la vida es el único negocio de la mayoría de los personajes públicos de Madrid”; “en España casi cada empleado tiene su precio en dinero; todo está corrompido hasta la médula, como en Rusia”.

El siguiente texto literal censurado nos muestra que la crítica de Ford no se dirige a los españoles en general, sino a la clase dirigente, a los que tenían el poder y eran considerados por el inglés, mediocres y corruptos: “Pobre España, como un paciente moribundo, cambia a sus ministros en vano, dando vueltas en su agitada cama de un lado a otro, yendo de curandero en curandero, pues cada uno a su vez se convierte en el mal que se debe destruir y todos gritan “deja que sus días sean pocos y venga otro a ocupar su lugar”

En 1846 Ford publicó Cosas de España, libro que plasma curiosas anécdotas sobre Andalucía y, en 1852, Las corridas de toros.

Las obras de Ford sobre España tuvieron un gran éxito y fueron consideradas como las más interesantes para conocer nuestro país. En una reciente publicación, Richard Ford y Sevilla (1830-1833). Una antología (publicado en la Colección Clásicos Sevillanos por el Ayuntamiento de Sevilla, el ICAS y la Fundación El Monte. Introducción y selección de textos de Javier Rodríguez Barberán. 2007), se realiza un cuidado acercamiento a la visión que Ford tiene de Sevilla y se contextualiza esta obra en el conjunto de la que llevaron a cabo los viajeros románticos del XIX en relación a España.

Para el antólogo, Rodríguez Barberán, nos encontramos, en el caso de Ford, ante “un adelantado del hispanismo”. En el libro que citamos, que recoge lo más significativo de lo que Ford ha escrito sobre su estancia en Sevilla, podemos encontrar varias alusiones a Triana que merece la pena destacar y que comienzan a dibujar, en el vacío panorama anterior, algunas líneas que marcan la mirada que al barrio le dedican los escritores. Para Ford Triana es “como el Trastevere de Roma y morada de gitanos y contrabandistas” (página 74).

Se refiere, asimismo, a las Santas Justa y Rufina, de las que dice eran hijas de un alfarero de Triana “un bajo suburbio en el que todavía se hacen toscos cacharros de barro” (página 85). Otras citas referidas a Triana en esta antología de textos aluden a su historia y sus lugares de interés: “a la Inquisición se le asignó la ciudadela de Triana” (o lo que es lo mismo, el Castillo de San Jorge).

La cita más extensa es la que se recoge en las páginas 147 y 148 del libro citado: “a la orilla derecha del Guadalquivir cruzando el Puente de barcazas hasta el suburbio de Triana, la mora Tarayanah, palabra que, se dice, es corrupción de Trajana, por haber nacido Trajano cerca de allí, en Itálica…”

En esta parte de la cita referida alude Ford a la confusión sobre el origen del nombre de Triana de la que ya hemos hablado al principio y que continúa hasta nuestros días en algunos entornos. Continuando con la cita: “A la derecha, cruzamos el puente, hay algunas ruinas del antes temible castillo moro que, con sus sombrías torres cuadradas, se ve en los grabados y vistas antiguas de Sevilla…La parroquia, Santa Ana, fue construida por Alonzo (sic) el Sabio en 1276: la imagen de la “Madre de la Virgen”, en el altar mayor, es una Virgen Aparecida, o sea un palladium divinamente revelado…; esta imagen es sacada en momentos de calamidades públicas, pero, cuestión de protocolo, nunca cruza el puente, porque ello sería salirse de su jurisdicción parroquial…Visítese la iglesia Nuestra Señora de la O; muchas son aquí las mujeres a quienes se bautiza con esa vocal…Aquí todavía se fabrican grandes cantidades de basto azulejo y loza, como en los días de las Santas Justa y Rufina. Los naranjales merecen ser vistos. La calle principal se llama de Castilla. Hay un libro de historia local: Aparato de Triana de Justino Matute, Sevilla, 1818.”

En este fragmento, Ford alude a los edificios más significativos de Triana: el castillo de San Jorge (“castillo moro”), la Parroquia de Santa Ana, la de la O, así como a la calle Castilla, una de las arterias más importantes del barrio. Su conocimiento del libro de Matute nos indica que había intentado documentarse debidamente.

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Merimée

Si continuamos con un criterio cronológico de publicación, hallamos ahora la obra de Próspero Merimée que, por razones diversas, ha contribuido más que la mayoría a fijar algunos tipos. Merimée (París, 1803-Cannes, 1870), fue abogado y escritor.

Publicó obras de teatro de muy escaso éxito, novelas cortas y cuentos, además de desempeñar algunos cargos que lo llevaron a recorrer Francia y países del extranjero, como España, Italia y Grecia.

En 1845 publica la novela corta Carmen que, años más tarde, serviría como base argumental de la ópera del mismo nombre de Georges Bizet, estrenada en 1875. Después, Merimée tuvo nuevos cargos y siguió dedicándose a la literatura.

Sin género de dudas, el personaje de Carmen es uno de los que han despertado más interés entre la galería de tipos que España brinda al mundo. La personalidad de la cigarrera de Triana, prototipo de la mujer aguerrida, trabajadora, independiente, que juega con los hombres y cruza cada día el puente para llegar a la Fábrica de Tabacos, ha sido objeto de múltiples versiones en formatos diversos.

La cigarrera Carmen, Carmen la trianera, es un personaje que se verá representado de mil y una formas. La novela presenta no sólo un conflicto amoroso, un típico triángulo que hará que la historia termine en tragedia, sino que, como telón de fondo, muestra las tensiones a las que los avatares de estos años sometían a las diversas clases sociales sevillanas.

El tema de la Fábrica de Tabacos había salido, en ocasiones, en el debate público, y se llegó a proponer que se cambiara de ubicación y se instalara en Triana, ya que del arrabal eran gran número de sus obreras.

Las visiones plásticas de los artistas del costumbrismo y posteriores (Gonzalo Bilbao, entre otros) han presentado una mirada muy idealizada de las condiciones de trabajo que soportaban las trabajadoras de la Fábrica de Tabacos. Los turnos interminables, el ambiente contaminado, la presión de una producción que no podía pararse, todo ello hacía mella en unas mujeres que se veían obligadas a acudir al trabajo cargadas con sus hijos más pequeños, a los que colocaban junto a ellas en capazos mientras realizaban sus faenas.

La diaria llegada de las obreras desde Triana a Sevilla (aunque también abundaban las que iban desde la Macarena) supone quizá un elemento simbólico del constante trasiego de personas que realizaban este mismo camino por motivos diversos. De esta forma, la gran aportación femenina de Triana a la galería de los mitos, la cigarrera Carmen, bien puede considerarse un prototipo universal, con una forma de ser que aparecerá reflejado en coplas, romances y cantes: la de la mujer bella y peligrosa que trae la perdición de los hombres.

La asombrosa y extraordinaria música de Bizet ha colocado el mito de Carmen a la altura de otros personajes femeninos que constituyen los puntos de inflexión de la moderna mitología.

El atractivo y el tirón popular de esta Carmen se manifiestan en la recurrencia y la pervivencia del mito en versiones diferentes, tanto en cine (Noticias sobre las adaptaciones de Carmen al cine pueden hallarse en Manolo Caracol. Cante y pasión, de Catalina León Benítez. Editorial Almuzara. Córdoba, 2008) como en otras disciplinas artísticas.

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Dumas…

El famosísimo y prolífico autor de obras tan conocidas y admiradas como Los Tres Mosqueteros y El Conde de Montecristo, Alexandre Dumas (1802-1870), era el pseudónimo de Dumas Davy de la Pailleterie.

Su producción literaria abarca muchísimos títulos entre los que hay algunos de tema andaluz. Siguiendo la moda de la época escribió un libro de viajes que tituló De París a Cádiz. Impresiones de viaje (Impressions de voyage. Traducción de Ariel Dilon y Patricia Minarrieta. Narrativa Clásicos. Editorial Pre-Textos. Valencia, 2002), aunque debemos aclarar, antes que nada, que en ellos no aparece ninguna mención a Triana.

Para el conocimiento del flamenco en Triana, por tanto, Dumas no puede aportarnos nada. Sin embargo, sí resulta de interés la reiteración de comentarios y referencias a todo lo que supone el baile, de los que cita, al menos, el ole, el vito y el fandango.

Su visión de la ciudad de Sevilla queda resumida en esta cita textual: “En Sevilla, ciudad alegre si las hay, el pobre pide limosna en nombre del placer, ese dios universal que cuenta tantos devotos como criaturas.”

Dumas es muy prolijo en sus descripciones de los bailes, los vestidos de las artistas, sus nombres (Anita, Pietra, Carmen), su calzado (“zapatitos de satén”) así como distinguiendo las danzas que se ejecutaban en los salones de las que se hacían en los teatros. “Los actores andaluces…actúan maravillosamente los divertimentos nacionales llamados sainetes”

Estas palabras confirman el auge de lo teatral en los años centrales del siglo y aún con anterioridad. En todas las ocasiones en las que, estando en Sevilla, Dumas asiste como espectador a un baile, a veces en salones o teatros y otras veces “en una especie de café que nos había cedido el primer piso” el escenario siempre se sitúa en Sevilla, nunca en Triana. ¿Por qué? El viaje de Alexandre Dumas a España tiene lugar en 1846, año avanzado ya en cronología, que ofrecerá un paisaje vital muy cambiado en lo que se refiere a la España que habían retratado los viajeros anteriores.

El motivo de su estancia en nuestro país, que duró cincuenta días, es hacer la crónica de las bodas de Isabel II con Francisco de Asís y de Luisa Fernanda con el Duque de Montpensier, siguiendo el encargo que le había hecho el Ministro de Instrucción Pública francés, Mr. de Salvandy. Para ello, Dumas había dejado firmados sendos contratos con los periódicos La Presse y Le Constitutionel, comprometiéndose a irles enviando sus impresiones para ser publicadas por entregas. Sin embargo, incumplió los contratos y fue demandado por lo que no tuvo más remedio que escribir, a toda prisa, un relato.

La rapidez se observa en su obra, que no ofrece apenas detalles y en la que sigue las rutas históricas trazadas por Laborde y los apuntes pintorescos de Gautier. Es importante reseñar que cuando Dumas llega a nuestro país ya es un autor de éxito, al que se le abren todas las puertas y que tiene acceso a lo que a otros, simples anónimos, les estará vedado.

En su viaje, Dumas va acompañado de cuatro amigos, todos ellos poetas y pintores, y de su hijo, luego también escritor con el nombre de Alexandre Dumas hijo.

Este pequeño grupo se moverá de un lugar a otro en calidad de “espectador”: como se bastan a sí mismos no precisarán mayor integración con el paisanaje. En el grupo viaja además un sirviente de raza negra, un africano llamado Agua de Benjuí.

El libro lo compone en forma de cartas, cuarenta y cuatro (aquí cabe anotar que estas Cartas son anteriores a las de José Cadalso, Cartas Marruecas, una de las cuales hace alusión al flamenco), que escribe y envía a una receptora anónima.

El origen de esas cartas está en las ciudades de Madrid, Toledo, Aranjuez, Jaén, Granada, Córdoba, Sevilla y Cádiz. Fijémonos en que, de su recorrido por España, destacan esas ocho ciudades, de las que cinco corresponden a capitales andaluzas. Esto nos indica que Andalucía ocupó la gran mayoría de su recorrido, cosa, por otra parte, común a todos los viajeros.

La presencia en los libros de viajes de Sevilla, Granada y Cádiz es totalmente usual. Córdoba aparece en algunas ocasiones y el caso de Jaén, que aquí se recoge, es excepcional.

Las provincias o capitales de Almería, Huelva y Málaga, seguramente por su situación geográfica más alejada de las vías centrales de comunicación, tienen nula presencia en los textos que citamos. La destinataria sin nombre a la que el autor llama simplemente “Madame” sigue estando en el misterio, sin que se haya conocido nunca su identidad y si en realidad existía.

El uso del género epistolar lo acerca también, además de a Cadalso, a Blanco White, aunque no estuvo en relación con él, cosa que sí hizo Richard Ford, que consideraba las Cartas desde España como un retrato veraz y cierto de la realidad de nuestro país. Alexandre Dumas, en el capítulo XXXVII que dedica a su estancia en Sevilla, describe detalladamente el baile al que asistió.

El lugar era “una gran habitación cuyo techo estaba separado en dos por una gruesa viga; estaba embaldosada de mosaicos rojos y blanqueada a la cal por todo ornato.” El acompañamiento musical es somero “un gitano, la guitarra sobre las rodillas y un fragmento de cigarro en la boca, componía toda la orquesta”. La sala estaba llena, allí había “jóvenes de chaquetas pardas o negras”. Las bailarinas destacan en medio del conjunto “como tres estrellas brillantes en un cielo oscuro”.

El detalle de sus atavíos no pasa inadvertido para el escritor: “sus faldas de gasa blanca, sus blusas negras o azules bordadas en plata; sus tocados con lentejuelas…” Llega entonces la descripción detallada de la actuación musical. Comienza el ole: “un conjunto de movimientos altivos y voluptuosos…perfume de danza nacional…”

Después se baila el vito: “un pataleo…algo de convulsivo…una danza indescriptible…esos quiebros de caderas, esos vuelcos de cabeza, esas miradas de fuego…”

En el descanso, la cena. Las bailarinas son muy frugales y apenas prueban bocado: “por todo alimento se contentaron con degustar con la punta de los dientes los dos o tres platos que componían la cena”.

En este punto, Dumas deja claro que las muchachas bailaban sin cobrar, es decir, que no eran profesionales de la cosa: “se les pagaba en entusiasmo”

El baile terminó con el fandango: “que normalmente es bailado por un hombre y una mujer” aunque aquí, a falta de hombres que bailaran, lo interpretan dos de las jóvenes actuantes. Bastante tarde se cuenta el fin del jolgorio: “la velada terminó a las dos de la mañana. Cada bailarina se echó su mantón sobre los hombros, tomó el brazo de su madre, saludó, salió y regresó a su casa a pie”. Es decir, que ni habían cobrado por el baile, ni por ninguna otra cuestión. Verbigracia, que ni eran profesionales del baile, ni profesionales de nada, sólo buenas chicas aficionadas al baile que, seguramente, frecuentaban alguna academia y habían acudido a la fiesta con sus madres, requeridas al tratarse de personas importantes, encabezadas por un escritor de gran éxito.

Más claro todavía: “Al día siguiente, me informé sobre el tipo de presente que podía enviar a aquellas damas. Se me dijo que rechazarían cualquier cosa que no fuesen unos bombones. Fui al bazar francés, hay un bazar francés en Sevilla, Madame; aunque es cierto que todo el mundo habla español allí; fui al bazar francés, y compré tres canastos de porcelana que hice llenar de bombones de frutos y flores, y los hice llevar al domicilio de las damas”

El fragmento nos deja claro que no se trataba de bailarinas o bailadoras profesionales ‒que hubieran cobrado por ello‒ ni de mujeres de vida dudosa ‒que hubieran aceptado regalos costosos‒. Más bien son jóvenes de buena sociedad que tienen afición al baile y que, dada la proliferación de las academias y los salones en la época bien pueden haber aprendido allí, además de los llamados bailes de sociedad, éstos de tipo popular y carácter pre-flamenco.

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…Y Davillier

Casi sesenta años después de Laborde, Davillier entra en escena. Jean Charles Davillier, de título Barón, nacido en Rouen en 1823 y muerto en París en 1883, cruza la frontera de los Pirineos por La Junquera y llega a España acompañado del artista pintor y grabador Gustave Doré (Estrasburgo, 1833-París, 1883).

Además de los citados, viajaba un hermano de Davillier. La intención del viaje era escribir sus andanzas por España para la Editorial francesa Hachette, que, por aquel entonces, editaba una famosa revista de viajes Le Tour du Monde.

Davillier era ya entonces un destacado hispanista, coleccionista e historiador del arte. Tenía amistad con los pintores españoles Mariano Fortuny y Federico de Madrazo y había venido a España en distintas ocasiones. Por su parte, Gustave Doré era un artista precoz, muy interesado por todos los fenómenos culturales de su tiempo, gran caricaturista y dibujante. Formaba parte de una importante generación de ilustradores franceses en la que estuvieron también Granville, Daumier, Gérard, Gavarni o Cham.

En Doré hay un enorme gusto por lo pintoresco, aunque no con naturaleza meramente descriptiva sino con un gran sentido crítico. Antes de venir a España con Davillier ya había acompañado a Teófilo Gautier. Además de sus conocidas ilustraciones para Viaje por España fue un trabajador infatigable que dedicó muchos esfuerzos y tiempo a ilustrar grandes obras literarias, lo que dio lugar a que los lectores se familiarizaran con los personajes y ambientes de dichas obras a través de los dibujos hechos por Doré. Las ediciones de sus obras ilustradas fueron muy divulgadas en todo el mundo. Entre otras obras, fue el responsable de la ilustración de El Quijote (1863), de Miguel de Cervantes; la Biblia (1866); La Divina Comedia (1866-68) de Dante Alighieri; los Cuentos (1862) de Perrault; las Fábulas (1867) de La Fontaine y el Orlando Furioso (1878) de Ariosto.

Para los dibujos que acompañan el libro de Davillier utilizó la técnica del grabado en madera por última vez en España y tomó como base para lograr el mayor realismo la fotografía, tanto suya como hecha por fotógrafos ambulantes. En estos tiempos en España la fotografía no podía fotograbarse, es decir, imprimirse en un libro.

Davillier y Doré recorrieron en su itinerario casi todo el país. Mientras el Barón escribía sus impresiones, Doré dibujaba.

La publicación de este trabajo se hizo primero por entregas (como era normal en la época y como había sido concebido). Desde 1862 hasta 1873 van apareciendo en la revista de viajes ya citada Le Tour du Monde, que era en ese tiempo la revista europea de viajes más importante.

En 1875 verá la luz como un libro completo, editado por la misma editorial de la revista, es decir, Hachette, con el título L´Espagne (La edición que usamos está dividida en cuatro tomos. El prólogo y el estudio preliminar es de Arturo del Hoyo. Lo publica Ediciones Giner. Madrid, 1991. Lleva los dibujos originales de Gustave Doré y la traducción es de Isabel Gil de Ramales).

El texto de la obra tiene algunas incoherencias temporales que nos hacen pensar que, en realidad, no se trató de un único viaje, sino de varios. La obra tiene un sentido unitario, de forma que letra y grabados se complementan perfectamente. Para el tema que nos interesa hay que reseñar las amplias descripciones de bailes que realiza Davillier, pues era una cuestión por la que tenía gran curiosidad.

En realidad, Davillier era un gran amante de España que animó a Doré a abordar una obra ilustradora de tal envergadura a pesar de que suele decirse que fue Doré el que tomó la iniciativa.

El interés de Davillier por nuestro país se plasma en otras publicaciones especializadas, como la Historia de la cerámica hispano-árabe de reflejos metálicos (1861). Aunque esta obra está dirigida a un sector de especialistas interesados por las artes suntuarias, hay que decir que la obra de Davillier dejó claros algunos extremos que estaban confusos, como, por ejemplo, la distinción entre la cerámica italiana y la española, pues la primera se atribuía la hegemonía en este tema, cosa que Davillier puso en su sitio demostrando que no era cierto.

También escribió Fortuny, su vida, su obra, su correspondencia, dedicado a su amigo, prematuramente muerto, el gran pintor romántico Mariano Fortuny.

La obra gráfica de Doré ha tenido, como hemos comentado, gran repercusión posterior. Sin embargo, no son desdeñables otras aportaciones extranjeras a la imagen plástica de la España de esta época y de Andalucía en concreto, como Bocetos pintorescos de España (1822-23) de David Roberts (Stockbridge, 1796-Londres, 1864) publicado en 1837 (es decir, casi treinta años antes que la obra de Doré) y Sketches of Spain and Spanish Character de 1832, realizado por John Frederick Lewis (Londres, 1805-Walton, 1876) un gran amante de la luz y los paisajes de Andalucía.

Este último artista es todavía anterior a Roberts y a él debemos la fijación de algunos tipos legendarios, como el famoso retrato a caballo del bandolero José María el Tempranillo, que realizó e incluyó en la obra citada.

¿Cómo es la España que visitan Davillier y Doré? Se trata de un país en época de cambio. El ferrocarril había supuesto una mejora sustancial en las comunicaciones. La clase obrera ha hecho su aparición en el panorama social, pues existen fábricas que diversifican las ocupaciones de los españoles. Ya no había bandoleros ni la gente iba vestida por la calle con los típicos trajes que se habían grabado y pintado con anterioridad.

Asimismo, algunos inventos eran parte integrante de la vida cotidiana, como el telégrafo o la fotografía.

Davillier y Doré tienen prisa, por tanto, en reflejar una España en trance de desaparición, una sociedad a extinguir, pues los cambios económicos, sociales y culturales se presentan con gran rapidez.

La aventura del hispanismo en Davillier tiene el sentido de dejar constancia de algo que fue y que ya no existiría más. La prueba de su enorme interés por España es que, dentro de su obra, son los libros de tema hispano los más atrayentes. Además de intentar dibujar y expresar por escrito lo que era una España cambiante, Davillier también fue un investigador de las artes suntuarias como hemos comentado antes al hablar de su libro sobre cerámica. Su condición de coleccionista de arte le hacía estar bien informado de la riqueza que nuestro país encerraba en este aspecto, a pesar del saqueo que compatriotas suyos habían llevado a cabo en épocas anteriores.

Resulta contradictoria esta doble imagen de Davillier: por un lado, el investigador riguroso que toma datos y hace estudios sesudos sobre cerámica, tapices, orfebrería, marquetería, joyería, porcelana, loza, marfil, tejidos, azulejos, llegando a ser considerado un auténtico experto en arte español. Pero, por otro, su libro Viajes por España, retrata una realidad caduca, pues a la hora de plasmarla fue buscando solamente lo exótico, lo original, lo que quedaba del pasado. Escribió sólo de una parte de la realidad y, dada su condición de experto estudioso, la convirtió en prototipo. Y, aunque se trata de una visión parcial, nostálgica y selectiva, no es ni ácida ni negativa. Su buen carácter y su formación humanista hubieran impedido una crítica acerada.

He aquí el estimonio de A. del Hoyo: “Davillier no tenía más que amigos. Buen camarada, amigo fiel y firme, indulgente con los demás y modesto consigo mismo, de humos siempre igual y conciliador, de abierto corazón, poseía ese raro privilegio del verdadero intelectual: una ciencia discreta, benévola, sin ínfulas ni algarabía”.

El crítico Bonnaffé, colaborador de una publicación dedicada al arte, evoca a Davillier con estas palabras: “Décrochant sa guitare et chantant quelque vieille romance bizarre et traînante de Valence ou de Séville” ("Tocando su guitarra y cantando algún viejo romance bizarro y valiente de Valencia o de Sevilla").

El propio Davillier afirma que, cuando recibía en su casa la visita de sus amigos Fortuny y Madrazo “toda la etiqueta era desterrada de nuestras reuniones y la tarde la pasábamos charlando o cantando seguidillas, jotas y malagueñas”. La alusión a las malagueñas, repetida en muchos textos, nos indica que este cante es, de los que se interpretaban frecuentemente en los tiempos del pre-flamenco, el que ha perdurado aun cuando no podemos afirmar, por carecer de grabaciones, su semejanza con el actual (por otra parte, lleno de formas múltiples)

¿Qué cuenta Davillier de Triana en su libro? Contrariamente a la mayoría de los autores que hemos citado, Davillier hace algunas referencias acerca del barrio de Triana en la obra que comentamos. Algunas de estas referencias hablan de forma general del sitio: “El famoso barrio de Triana, donde vive la mayor parte de los gitanos de Sevilla” (Esta afirmación parece contradecirse con los estudios realizados por algunos investigadores).

“El barrio de Triana, que es poco más o menos en Sevilla lo que en Roma el Trastévere…” (Esta alusión no es original, ya lo había escrito en el año 1845 el inglés Richard Ford).

“El aspecto general del Barrio de Triana es miserable, incluso su calle principal o calle de Castilla”.

Davillier habla ahora de la población de Triana, insistiendo en la presencia de gitanos: “Los gitanos de Triana forman una población aparte…en ningún sitio se les encuentra reunidos en tan gran número. La mayoría son muy pobres y ejercen únicamente oficios bajos. Unos son tratantes de caballerías; otros, esquiladores de mulas y algunos toreros. Contrariamente a lo que se ve en Granada y en Murcia, es raro que los de Sevilla sean herradores” (Aquí, Davillier contradice la idea de que las fraguas de Triana estaban regentadas por gitanos).

También habla de las mujeres: “En cuanto a las mujeres, son cigarreras, bailarinas, echadoras de buenaventura y venden en las ferias… morcillas de sangre, buñuelos fritos en aceite y castañas…Algunas, a las que se da el nombre de diteras, venden mercancías…”

La única referencia al flamenco o pre-flamenco la encontramos en este texto: “Las jóvenes gitanas sobresalen muy frecuentemente en cantar las coplas andaluzas, acompañándose de la guitarra…Sus danzas son igualmente muy originales…”

Mucho más prolijo es el autor cuando dedica un espacio de su relato a las cigarreras de la Fábrica de Tabacos: “Cuando penetramos en las salas…quedamos sorprendidos por un acre y penetrante olor… “Son pagadas a razón de cinco reales el ciento, las obreras más activas pueden ganar jornales bastante buenos; pero por término medio ganan apenas ocho reales al día” “Los talleres están divididos en secciones de…unas cien mujeres cada una…”

Doré tuvo allí ocasión excelente de hacer un estudio completo de los diversos tipos de estas morenas (se refiere a gitanas que estaban trabajando en los talleres de cigarros de papel o cigarrillos, distintos a los que se dedicaban a los cigarros puros) habitantes del barrio de Triana, de cabellos crespos y tez cobriza, entre las cuales, hay que decirlo, la belleza es muy rara de encontrar”

“Un espectáculo verdaderamente curioso…es la salida de las cigarreras. Una vez fuera de la fábrica, las obreras (unas cuatro mil) se dividen en grupos y emprenden el camino de sus respectivos barrios. Las gitanas se dirigen hacia el de Triana, y las demás toman en su mayor parte el camino de la Macarena”

“La cigarrera andaluza es un tipo que puede muy bien confundirse con otro tipo: el de la maja…Es probable que dentro de algún tiempo este tipo se convierta en un mito gracias a los ferrocarriles, que van modificando poco a poco las costumbres y los trajes populares”

En la edición de Viaje por España que hemos manejado merece la pena destacar el interesante prólogo y estudio preliminar de Arturo del Hoyo (1917-2004), quien fue escritor, editor y crítico literario. En un Obituario escrito por Fernando Valls con motivo de su fallecimiento (El País, 2 de abril de 2004) se esbozan 12 algunos aspectos de su biografía, destacando en ella su temprana afición literaria que le hizo tener la oportunidad, en el Ateneo de Madrid, ciudad en la que había nacido, de escuchar a Valle-Inclán, Unamuno o Malraux.

Durante la Guerra Civil colaboró en la defensa de Madrid como teniente del ejército republicano, por lo que fue condenado a muerte y estuvo a punto de ser fusilado.

Después de la guerra, hizo estudios de Filología Románica en la Complutense y empezó a trabajar en la Editorial Aguilar y a escribir cuentos, de los que hizo muchos y muy premiados a lo largo de su vida, pues era un género que le apasionaba. Como crítico preparó las ediciones de las obras completas de Lorca, Miguel Hernández y Baltasar Gracián.

En el libro de Davillier y Doré, el prólogo de Arturo del Hoyo presenta gran interés. Una parte del mismo está dedicado a las tonadillas, entendidas en su sentido más estricto y particular, es decir, no como comedias o sainetes, sino como canciones de teatro, a veces a varias voces, que desde principios del siglo XVIII podían cantarse en los intermedios o antes de las comedias. La palabra deriva, evidentemente, de tonada, que significa “canción”. Las tonadillas, según nos dice Del Hoyo, solían constar de cuatro coplas. Se acompañaban de guitarra y de violón. En el siglo XVIII se conocen sobresalientes “cantadoras” de tonadillas, de las que, siguiendo a Arturo del Hoyo, damos a conocer algunos nombres: Teresa Garrido (la primera que las cantó sólo con guitarra), Catalina Pacheco la Cartuja, Rosalía Guerrero, María la Chica, Mariana Alcázar, Teresa Segura, Mariana Mayor Ordóñez, Juana Guerra (que cantaba las “tonadillas gitanas”), Joaquina Moro (que cantaba las “tonadillas viejas”)…

Entre tanto nombre femenino, uno de varón, el de Diego Coronado que fue el primero que cantó en las zarzuelas y tonadillas modernas. Las tonadillas se podían cantar a uno o a varios (2, 3, 4). Imitaban diversos acentos y tipos. Se remedaban dichos. Se le añadían adornos a modo de estribillos, como el caballo, el cerenque, el manguedoy, las tiranas, las seguidillas, etc. Cuando las tonadillas son a varios se formaba una pieza pequeña dramático-musical, con su introducción, fábula, episodio y solución, más un final de seguidillas, caballo, tirana, etc.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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