Virtud y fortuna

Virtud y fortuna Imagen superior: Donald Trump (Autor: Gage Skidmore, CC)

Dice Maquiavelo, palabra más o menos, que el buen príncipe, a quien hoy llamamos dirigente, ha de reunir dos cualidades: una personal, la Virtud, y otra objetiva, la Fortuna. Cuando ambas se juntan, el príncipe triunfa y, aunque no sea amado, será respetado y temido.

La Virtud maquiavélica nada tiene que ver con la buena conducta personal. Los príncipes del Renacimiento solían ser salidos, violentos y corruptos. Virtud es talento para tomar decisiones, habilidad para ejercer el poder, que es la expectativa de ser obedecido. En cuanto a la Fortuna, consiste en la oportunidad, en intuir cuál es el momento oportuno para hacer tal y cual cosa. La rueda de la Fortuna puede detenerse ante tu puerta. Si te das cuenta, la abres, te subes a la rueda y ella te conduce a las alturas del poder. Pero no abras la puerta si la rueda no se ha detenido en ella porque pisarás en falso y te romperás la crisma.

Afilados los términos, los aplico al ejemplo más actual: Donald Trump, hombre virtuoso y afortunado. No inteligente ni rico en ideas, porque nada de eso vende ni compra. Tampoco de buenas maneras ni elegante de expresión. Es basto, abrupto, deslenguado y faltón. Pero es maquiavélicamente virtuoso porque se ha hecho obedecer por masas de votantes en las primarias republicanas, sin tener currículo de partido ni experiencia de gobierno ni el menor andamiaje intelectual. Ha entendido que había una bolsa de votantes que se podían escapar a la abstención y los retuvo con campañas televisivas de predicador callejero. Y, si bien no ganó las elecciones en votos, las ganó en compromisarios.

Trump mintió descarada y evidentemente durante la campaña. Luego, al sincerarse, volvió a mentir cuando elogió al matrimonio Clinton y juró respetar a todas las razas y todas las religiones, reduciendo el número de expulsados a identificar de once millones a dos, los mismos que había expulsado Obama. La muralla china contra los mexicanos se redujo a valla, la que ya está construida. Queda por verse si su política económica será proteccionista, en contra de un parlamento con mayoría republicana neoliberal. Y si se sumirá en el aislacionismo, dejando el Pacífico en manos de los chinos. Y si pondrá aranceles a los mismos chinos que con sus exportaciones consiguen los dólares que financian la monstruosa deuda pública norteamericana. En rigor, tras la máscara del Trump boca sucia y matón, hay un jefe de panda radicalmente conservador a la manera de Reagan y la familia Bush. Allí tampoco había brillo intelectual pero una gran máquina nacional, sólida y aceitada, se puede permitir presidentes mentecatos como Roma se permitió emperadores dementes.

Me sigue preocupando el tema de la mentira evidente. Arriesgo una hipótesis: hay quienes demandan que se les mienta y ello porque la retórica empleada satisface una emoción inmediata, la de hallar culpables fáciles de identificar en los males del mundo, chivos expiatorios y fámulos del Demonio. Esto, naturalmente, prueba una vez más el descrédito de la profesión política. Si a un político le pedimos que nos mienta es porque apenas confiamos en lo que vaya a hacer. Termino sustituyendo al sesudo Maquiavelo por una cantante de boleros, no menos admirable que el florentino, la cubana Olga Guillot: “Miénteme más, que me hace ti maldad, feliz.”

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural.

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