Una taberna española

En ajetreadas ciudades, en imperceptibles aldeas, en inmóviles cascos históricos de España, la taberna es como el sello nacional que ordena calles y gentes en trono a un mesón de madera o de fórmica, cubierto de platillos con pequeñas dosis de comida caliente o fría (las “tapas”) y artilladas filas de vasos con bebidas que estimulan o deprimen.

No es la cantina mexicana, institución de alcoholes y varones solitarios, ni el “boliche” argentino, a menudo mezcla de bebedores aislados y de familias inocuas. La taberna española es una institución esencial a la sociabilidad de este país, que recoge agrupamientos ancestrales como la tribu, el mentidero barroco y el café liberal del siglo XIX.

La taberna instituye una cultura de la promiscuidad y de la indiferenciación social, una red de relaciones en que se mezclan, en cantidades equilibradas, la anarquía y el autoritarismo.

Anárquica es, en efecto, la actitud de no ordenarse en jerarquías, ponerse todos de pie a lo largo de la barra, empujarse leve o fuertemente para llegar hasta las viandas y bebidas, pasar sardinas ensartadas en palillos o chorreantes aceitunas por las narices del vecino.

Anárquica es la mezcla de objetos y discursos que se amontonan en el espacio de la taberna: conversaciones íntimas, interpelaciones a los desconocidos, restos de comida que se dejan caer al suelo, voces de la televisión, sonidos del pinbol y la tragaperras, disparos de los juegos electrónicos que siempre enfrentan a indios y soldados, a marcianos y terrícolas.

Pero la promiscuidad se torna autoritaria cuando el discurso se impone sin el consenso del que escucha o, por mejor decir, del que oye, en pasiva disposición a recibir tal bombardeo de signos.

En una taberna es legítimo ponerse a conversar o hacer declaraciones personalísimas a interlocutores vistos por primera vez, anécdotas que, a su vez, puede oír, glosar y comentar todo el mundo.

Esta falta de privacidad del discurso, este parloteo de plazuela mediterránea, donde todo tiene dimensión pública, compulsa el decir, porque le quita la dimensión de la intimidad, que protege y, al tiempo, libera.

Última consecuencia de una cultura católica, basada en la liturgia y en la confesión, la taberna es la gran usina del discurso tópico, del decir que es “lo que hay que decir”. Es, por lo mismo, expresión privilegiada de lo oral, que tanta importancia tiene en la elocución española.

Decir y comer son las dos actividades tabernarias por excelencia y hacen a la conservación y transmisión de costumbres ancestrales: refranes, lugares comunes, latiguillos, mezclados con recetas de antiquísimos adobos, fritangas y guisados, todo entrando y saliendo de boca en boca, como la urdimbre de un discurso que se sostiene en el aire, seguro de repetirse y consolidarse a través de los siglos.

Otro rasgo de cultura tradicional es la mezcla de generaciones que se observa en las tabernas. Ellas son el club privado de la gente modesta, pero privado de su privacidad, si cabe, como si esta condición fuera una prerrogativa de las clases altas.

Es una síntesis de dos atributos convencionales del español, opuestos y complementarios: la locuacidad y la reserva. Hablar en voz alta, sin discriminar al interlocutor, diseminar el discurso como si se dirigiera a una multitud, son rasgos e locuacidad. Pero recortar el decir porque se habla, precisamente, en público, es una manera de reservarse o de no descender nunca a la intimidad consigo mismo -con el otro- en cuyo silencio se escucha la voz “auténtica”: la voz propia.

La taberna es la cámara de ecos de una tópica cultural fuertemente sometida a control, endurecida por la reiteración mecánica y, como toda oralidad, niveladora, igualadora, despersonalizante. De nuevo, el autoritarismo y la anarquía, codo a codo.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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