Una de semántica

Una de semántica Imagen superior: David Holt, CC

Una lengua es algo que se habla y se escribe. El castellano lo es porque usted y yo lo hablamos y escribimos o, al menos, creemos hablarlo y escribirlo. De lo contrario, sería una lengua muerta como el latín del cual cultivamos eso que Borges llama “un ilustre dialecto”.

La vivacidad de una lengua, sin embargo, no ha de autorizar sinrazones ni caprichos. Para tal fin se construye, justamente, una lengua: un código de convenciones comunicativas. Además, por si fuera poco, las palabras son el lugar donde pensamos pues pensamos, precisamente, lo que ellas dicen. Ahora, basta de teoría y vayamos a algunos casos de lo que podríamos denominar deslizamientos semánticos, resbalones que una misma palabra puede dar sobre distintos significados, volviendo jabonoso el amable caminar de nuestra lengua.

Se dice, por ejemplo, que Podemos es la concreción política de la indignación ciudadana del 15-M. Pues bien, si no recuerdo mal, el 15-M fue un movimiento o un happening callejero de modelo Mayo 68, claramente antipolítico. Acaso, por lo mismo: fue un movimiento y no una estructura. Todos recordamos sus lemas insistentes: “No nos representan… No los votéis.” Si aparecía algún político profesional en una acampada o un desahucio o un escrache, era expulsado de mala manera. El planteamiento se encaminaba más bien hacia lo antisistemático y espectacular, no a lo político. No las barricadas del siglo XIX sino Beppe Grillo y sus muchachos del siglo XXI.

Otra. Se dan por sinónimos las palabras consulta, refrendo y plebiscito. Pongamos por caso el reciente Brexit. Estrictamente, no existe tal Brexit. Nadie ha decidido el desenganche del Reino Unido respecto a la Unión Europea, nadie lo conduce, nadie lo ha formalizado. Ha habido una consulta pero no un refrendo –no existe una norma a refrendar– ni un plebiscito –la democracia británica es representativa, no plebiscitaria‒. Mientras no se notifique a la UE el resultado de la consulta no se iniciarán los trámites de la escisión que, según lo tratado, pueden durar dos años. Es decir: durante al menos dos años, si no se conviene otra cosa, regirá el status quo actual. Distinto es que muchísimos ingleses se hayan asustado por la que se viene, retiren dinero de sus cuentas o piensen cerrar sus chiringuitos financieros en un país dividido, sin programa y sin dirigencia. Pero nada de esto se resuelve forzando la semántica. La gente de las islas no ha decidido nada pues no fue convocada para decidir nada.

La palabra se enlaza con otra nebulosa semántica llamada derecho a decidir. Se lo vindica para los catalanes, los vascos y los gallegos, parece que no nos corresponde a los españoles que no tenemos derecho a decidir sobre la extensión de nuestro territorio nacional. Pero hay astillas semánticas en el asunto e insisto. Me pregunto si, desde que rige su estatuto de autonomía, los ciudadanos de Cataluña, por ejemplo, después de casi cuarenta citas electorales, nada han decidido. En tal extremo, vaya pueblo más indeciso. Me inclino a pensar lo contrario: han decidido, unas veces bien y otras peor, pero decidido: alcanzar la mayor cota de desarrollo de toda su historia, circular libremente por la Unión Europea, participar en las acciones de la Alianza Atlántica, hasta enviar misiones representativas por el mundo. También apoyar a una dirigencia astuta y eficaz, nepotista y corrupta  Pero nobody is perfect.

Moraleja: convengamos los límites semánticos y respetémoslos. De lo contrario, las palabras se moverán por su cuenta y nos harán decir lo que nunca quisimos que se nos atribuyera. Así de poderosas son y, en consecuencia, así de peligrosas.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural.

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