Rufino Tamayo (1899-1991)

Rufino Tamayo (1899-1991) Imagen superior: "Mexico de Hoy", de Rufino Tamayo, Palacio de Bellas Artes, México DF (Autor: Alejandro Linares García, CC)

Tras la dura máscara zapoteca de Tamayo se ve a un hombre, cómo no, que ha tenido mucho tiempo para contentarse consigo mismo. Es curioso advertir, en su caso, lo que ocurre, seguramente, con cualquier obra de arte: que el contexto, al variar, impregna la obra misma.

Tamayo, en México, se me ocurre el menos “mexicano” de sus coetáneos. Rodeado por la santísima trinidad del muralismo (Rivera-Orozco-Siqueiros) destaca su familiaridad con Picasso, los restos, en cita paródica, de la pintura figurativa, la invocación irónica a los mitos visuales de la revolución mexicana, cierto intimismo que no llega a ser metafísico, que tienen siempre la carnalidad “hispánica” de la cosa presente.

En los grandes murales, la situación nacional se aleja aún más: en ellos hay cierto pompierismo visual de la composición (más que del diseño, cierto estridentismo cromático, cierto “hacer grandioso” que evoca el mundo norteamericano de grandes assemblies y alturas de rascacielos.

Tamayo me suena a pintor de los Contemporáneos, aquel grupo poético que liquida, decididamente, las escenografías y desfiles del modernismo para recoger el decir poético en la intimidad que brinda la palabra misma como cobijo. Dejar de ser moderno para ser contemporáneo es levantarse un poco sobre los años de la vida propia y mirar la época como una perspectiva que engloba generaciones varias. Y es, en cierto modo, lo que Tamayo hace ante la herencia pictórica de la estética revolucionaria: resituarla en una continuidad histórica que viene de antes de la revolución y la excede. Ser, de algún modo, posrevolucionario. Sobre todo en lo que los períodos posrevolucionarios tienen respecto a los antecedentes inmediatos: liberación del código y aun de la academia inherentes a toda situación revolucionaria consolidada.

Con Tamayo, por ciertos senderos laterales, la pintura mexicana escapa al doctrinarismo que impregna la época áurea de la estética muralista. Pero, visto en Madrid, el pintor de Oaxaca cambia de connotaciones. Se lo mira como un universo, sin vincularlo con sus compañeros de historia. Se lo ve fuera de la historia plástica mexicana. Solo y en medio de un mundo visual europeo, Tamayo se “remexicaniza” de modo sorprendente.

Lo que ahora protagoniza la experiencia visual del visitante [a la exposición Rufino Tamayo. Pinturas, 29 junio - 3 octubre, 1988, Museo Nacional de Arte Reina Sofía] es cierta aspereza de la textura, una aspereza “americana”.

Resaltan sus apelaciones a figuras del mundo pictórico indígena: animales fabulosos, dioses semihumanos, sombras de sacerdotes y víctimas. El salvajismo del color nos lleva lejos, a un mundo violento en que el fuego es más ígneo, la sombra es más compacta y el cuerpo es más inocente en su entera desnudez. El rosa “Tamayo” o rosa “mexicano” sabe, así, como un sabor, a oblonga fruta tropical recién cortada, tierna y babeante como una boca hambrienta.

Hay ferocidad de grito en la plaza, de alarido fúnebre, en esas hileras de dientes seguros, duros, paralelos, que salen entre un par de labios verdosos, de una humanidad vegetal o trasmundana.

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Imagen superior: Rufino Tamayo, retratado por Carl Van Vechten en 1945.

¿Cuál es el verdadero Tamayo, el auténtico? ¿El intimista, que evoca a sus parientes europeos, que vimos en Chapultepec, o el coruscante mexicano que ahora se muestra en Madrid? Es el ojo el que engorda al cuadro, más allá de su verdad y de su autenticidad, siempre conjeturales.

El Tamayo que clamaba por una lejanía europea y ahora clama por una lejanía mexicana son dos extremos de la misma cámara de ecos. Uno llama al otro, como dos mitades separadas de un solo ser, que intentan encontrarse en la selva del mundo. El es, en cierto modo, como su Prometeo: un ser que trae el fuego a un mundo helado de frío.

El fuego consuela del frío, anima a los temblorosos hombres de la era glacial, pero luego aporta el peligro apocalíptico del incendio. La tibia promesa de vida es, al tiempo, la cenicienta amenaza de muerte.

Prometeo es esa doble promesa, la que no puede cumplirse, enteramente, nunca. Y en esa imposibilidad forcejeada por los dos polos de su tensión, es aún posible colgar el cañamazo y seguir pintando.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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