Pepe en gris

En 1986 murió José Bianco. La última vez que nos vimos fue en Madrid, poco antes de su muerte. Pepe estaba disminuido en sus andares pero no en sus curiosidades, e iba lentamente por la ciudad, hurgando salas de exposiciones, cines (conocía de memoria algunos filmes de Hitchcock: Treinta y nueve escalones, El hombre que sabía demasiado), bares gay, donde preguntaba con palabras de otros tiempos: “¿No hay espectáculo burlesque?

Volví a Buenos Aires, tras una década de ausencia, y Pepe se estaba muriendo sin querer visitas. A un amigo muy cercano que lo quiso entrevistar, le ordenó, tajante: “Déjame de joder. Soy un hombre libre”. Si, en verdad, quien se apodera de su muerte, en plan estoico, es quien alcanza la libertad.

Cada vez que evoco a Pepe, se me imponen los grises. Su ropa gris, los tonos apagados de sus corbatas y camisas. Pero también su mesura gris para elegir las palabras, a veces salpicadas por un exabrupto colorido que acentuaba la prudencia del resto. El gris de su prosa, que puede insinuar lo negro del patetismo y lo blanco del candor, que se puede teñir de tonos carnosos, hacia el nácar, o disimular cualquier expresión, abriendo un espacio de ambigüedad: esas circunstancias equívocas que traman sus mejores relatos, Sombras suele vestir y Las raras.

Recuerdo que le molestaba, en la adaptación al cine de esta última, que un personaje apareciera con un gran paraguas bajo una lluvia magnificada por un contraluz. “En mis novelas no hay paraguas enormes ni la lluvia tiene gotas tan grandes”.

Entre la tiranía de Victoria Ocampo y el relumbrón de Borges, Pepe optó por el gris. Para mí, evocaba una Argentina más tranquila, matizada y autocomplaciente que aquella otra, de los años sesenta, llena de perspectivas caóticas, militarizada, puesta ante las soluciones finales violentamente conseguidas. Pepe se desorientaba en ese país convulso y enorme.

Había sido joven en los años plácidos y prósperos del presidente Alvear, cuando el mundo era, según él mismo decía, unas pocas calles, unas pocas librerías y teatros, donde uno se encontraba siempre con unas pocas personas que iban y venían de París.

En los veranos cordobeses de aquellos años, Pepe aprendió a leer a Proust, a medida que su hermana Carmen le pasaba los distintos volúmenes, alguno recién editado.

A Proust dedicó sus mejores ensayos. En uno lo compara con Léautaud, a partir de una relación fuerte con sus respectivas madres: Proust disimula cuanto Léautaud desnuda. En otro ensayo, exalta la sabiduría del dolor y el esfuerzo en la escritura proustiana.

Pepe vivió con su madre hasta que la muerte de ella los separó. Era una planta baja de la calle Cerrito, detrás de un jardín interior, todo penumbroso, recogido y en silencio. Luego, solo, se mudó a Larrea y Juncal, un piso alto a la calle, con ventanas arañadas por las ramas de los plátanos.

De su recóndita relación con su madre pasó a una mayor cercanía con el exterior, aunque siempre repasando los viejos libros de memorias argentinas del siglo XIX, que había heredado de su padre: los viajes de Sarmiento, las memorias del general Paz.

En los ficheros de las bibliotecas suelen confundirse los libros de jurisprudencia o historia del padre con las ficciones y criticas del hijo, ambos llamados José Bianco. Esta confusión le hacía gracia a Pepe. Yo veo en ella una síntesis de la historia argentina, que pasó de la publicidad al intimismo, del violento colorido de las guerras civiles al sedentarismo del salón.

Pepe estudió los infinitos matices del gris interior, donde se apagaban los ruidos callejeros. Ahora lo evoco, sutil y civilizado, volviendo de un tiempo que recobra actualidad, tiempo de conversación y convivencia, de conjetura elegante y de divagación amable, tiempos de cotidianeidad impuesta que siguen o anteceden a las guerras. Tiempos que el futuro convierte en bellas épocas. El buen tiempo. La belle saison, como diría Pepe

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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