Mundo metro

Mundo metro Imagen superior: Willa Missionary, CC.

Viajando sin horarios y sin metas, el metro es un buen observatorio de la vida social (¿habrá otra?). Se trata de una suerte de cápsula –el andén con sus túneles, escaleras y pasadizos–, a la cual se suma la otra cápsula, el tren.

Allí no sabemos qué hora es, apenas distinguimos la estación del año por la ropa de la gente, andamos entre murallas sin paisaje, salvo cuando el metro emerge, por ejemplo, en la Casa de Campo.

Yo acostumbro entretenerme imaginando cómo son las calles de la superficie. Es cuando me siento en otro mundo y recuerdo haber abandonado aquel que subsiste por encima de nuestras cabezas.

Esta doble cápsula suele encapsular a los viajeros, valga la repetición. Nos crea una especie de moral de la cápsula. Veo al señor encarnizado con su crucigrama, a punto de pasarse de estación. A un muchacho con los cascos puestos, que repite con la cabeza el ritmo de discoteca que le proporciona un smartphone. Una pareja de enamorados también insiste en prolongar una noche que debió ser generosa de hogueras en la oscuridad. En cambio, a su lado, una señora se sumerge en el volumen de papel donde sigue las aventuras de unos templarios que han de dar con la Sábana Santa.

No menos abismal es otro caballero que, con sus cascos y su dispositivo portátil, sigue las crestas montañosas de una sinfonía que le explica el texto, sin duda cabal, de una carpeta abierta sobre sus rodillas. Es, tal vez, quien ha llevado más lejos su capsula. Ha de andar por Viena o Londres, incrustada en una sala de conciertos.

No nos damos cuenta, pero compartimos nuestro espacio y tiempo. Sin advertirlo, porque quien nos conduce es un hombre oculto, un congénere invisible, acaso un mero computador que obedece con puntualidad un programa informático.

De pronto, una excepción. Es un obrero, seguramente un albañil que guarda en sus uñas restos de arena y de cal, y cuya ropa tiene huellas de mortero. Se ha quedado dormido, presa de la fatiga. No puedo evitarlo: me comunica con la lejana ciudad exterior, con sus muros a medio hacer y sus andamios.

Lo diré con un poco más de énfasis: soy un pensionista mirando al trabajador que alguna vez. Sí, seguimos siendo una sociedad, aunque no conozcamos la cara de quien conduce nuestro tren subterráneo.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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