Modigliani y Salomé

Salomé apasionó a los decadentes del XIX, y volvió en ese otro fin de siglo, el que va del XX al XXI, mucho menos provisto de decadencia que el otro. La decadencia es una manera de conocimiento, también, acaso vinculada con lo siniestro: decaer es ir a la profundidad, bucear en el abismo.

En una época de mujeres fuertes, como el decadentismo, Salomé parece encamar el principio femenino del deseo que se apodera del principio masculino de la subjetividad, quitándole su emblema privilegiado: la cabeza que piensa y dirige, el rostro que identifica.

En una breve exposición de imágenes, percibimos las variaciones del tema. Edvard Munch pone su cara a San Juan: el arte es la entrega de la subjetividad a la obra, que personifica al artista al tiempo que lo despedaza.

Gustave Moreau representa a Salomé bailando una danza sagrada ante la cabeza del Bautista, que despide una luz de aureola: ha sido un sacrificio, o sea la transformación de un objeto en algo sacro.

Picasso cambia la profesión de Salomé, una bailarina de strip-tease que exhibe ante Herodes, un vejete cachondo, su inalcanzable Monte de Venus.

La belle époque vio en Salomé a la llamada mujer fatal, es decir la que tenía iniciativas eróticas que resultaban resultaban mortíferas, pues destronaban al varón del puesto directivo en las jerarquías de la tribu.

Oscar Wilde, en cambio, prefirió otra parábola: la del mejor amado, que es el amado muerto, pues siempre matamos lo que amamos. Es la parábola del amor como tragedia, la que surge de lo incompatible del sujeto amante y el sujeto amado, que nunca es un objeto. Para convertirlo en objeto, se lo mata.

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¿Por qué Modigliani no dibujó a Salomé?  Veinteañero y desconocido, Modigliani vivía cerca de un médíco llamado Paul Alexandre, que se hizo retratar por él y le compró sus dibujos y hasta sus ejercicios escolares. Es curioso ver, como siempre en Modigliani, lo personalizado de sus retratos y lo impersonal de sus invenciones, donde siempre aparece la misma cara.

En estos pergeños es posible observar que la típica señora modiglianesca, a veces convertida en señor, es una adaptación de una cara etrusca copiada de algún elemento arquitectónico. El óvalo estrecho, la nariz alta, los ojos almendrados y ciegos, el cuello garboso, vienen de la antigua Etruria y cambian fácilmente de sexo.

¿Por qué Modigliani no representó a Salomé, como tantos contemporáneos suyos? Tal vez porque Salomé, de un tajo, separa lo masculino y lo femenino, es el cortante principio sexual, de la sección que llamamos sexo. Modigliani, en cambio, buscaba un rostro definitivo que fuera el mismo y oculto rostro de todos nosotros.

Buscaba la unidad, la fusión, todo lo contrario al corte. La cabeza de San Juan daba un brinco y recuperaba su lugar en lo alto de un cuello seccionado. Pero, en tal caso, Modigliani habría hecho subir la cabeza de San Juan al cuerpo de Salomé, de modo que ya no fueran la una ni el otro.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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