Mi amigo el muerto

Mi amigo el muerto Imagen superior: Tinnytintin, CC

De los múltiples géneros y tópicos del periodismo, uno muy especial es el de la necrológica. Es un tipo de nota en que un vivo intenta señalar que sigue vivo frente a un congénere que ya no lo es. Es decir que el protagonista de la prosa es el superviviente y no, como sería del caso, el occiso.

Entonces hay que recordar que quien escribe fue su contemporáneo, su amigo íntimo, que guarda de él unas escenas hasta ahora secretas o, al menos, íntimas y que van a salir a la luz. Yo lo conocí, yo sí que lo conocí de veras, fue en tal y cual circunstancias, en que yo era tal y cual personaje y él me sirvió de acompañante, con lo cual la viñeta en que yo soy el protagonista queda completada.

Sin duda, es una celebración de la vida frente a la muerte y una mutua garantía de inmortalidad. Con ello, la necrológica se transforma en un ejercicio vital, para nada mortal. Yo, desde luego, habré de morir pero mientras tanto, ejercito mi presencia en el tiempo de la vida.

Esto es especialmente elocuente en lo relativo a los intelectuales. Un intelectual suele caracterizarse por ser crítico de la actualidad, por poder zafarse de la sumisión a los eventos actuales y mirar el mundo desde una intemporal situación privilegiada, sea la razón, la memoria o la visionaria presencia del futuro. El muerto es el depositario de una sabiduría que sólo el superviviente puede explicitar. Yo sí que puedo decir lo que realmente pensaba el difunto. Con ello aseguro mi lugar y el inevitable final del otro me legitima y me pone en el sitio protagónico. Si se puede legitimar al otro, al definido por su muerte, es porque yo lo declaro: un intelecto lúcido, acaso revolucionario y fundador, maestro de los que siguen, ejemplo para las generaciones sucesivas. Siempre a mi lado, dejándome en depósito su carisma, acaso convencido de que sólo yo soy capaz de administrar su pervivencia.

A menudo, leyendo estas puntuales y oportunas necrológicas, recuerdo con incomodidad sus detalles. Ha muerto A y B redacta el obituario. Sé que B, en vida, apenas soportaba a A, que le conocía las cosquillas, que catalogaba sus vicios y defectos. Pues, ahora, todo lo contrario: el catálogo mortuorio es el de sus genialidades y sus excelencias. Acaso es el momento de arrepentirse y lavar cuestionamientos pasados, en una suerte de arquitectura del monumento, que poco o nada tiene que ver con pasadas peloteras, ocultas o manifiestas.

¿Será que todos estudiamos de monumento y nuestra vida es un camino de imperfecciones para adquirir, finalmente, la plenitud del mármol y el bronce? ¿No será, más bien, un ejercicio de narcisismo del necrólogo, que sólo se muestra como compadre de los próceres, que sólo se ha tratado con aprendices del mármol y el bronce? ¿No nos estarán mirando desde un inmarcesible más allá, controlando que no nos pasemos de la lengua, que la mordamos a tiempo?

La inmortalidad de los mortales es endeble, incierta, discutible, en definitiva: nada definitiva sino viviente. O nada. Ser estatua no es ser vivo, es ser cosa. Ya dijo Paul Valéry que la biblioteca de los clásicos está llena de huecos y de olvidos, que todo prócer viviente puede ser inhumado y todo cofre de cenizas, resucitado. Rimbaud fue ignorado por Victor Hugo y los surrealistas lo elevaron a profeta de la poesía del siglo XX. Hölderlin aguardó a los lectores de un siglo posterior para ser quien es. Góngora fue una curiosidad del pasado barroco hasta que Rubén Darío lo tomó de modelo y Alfonso Reyes y Dámaso Alonso lo mostraron como referencia de la nueva poesía del siglo XX. Nadie escribió la necrológica de Shakespeare hasta que un día se convirtió, por arte de magia, en el gran poeta nacional, laureado póstumo. El silencio fue un homenaje a una gloria en acecho. Y la gloria, esa corona de luz que orla la cabeza de los santos, no siempre tiene enchufada la electricidad necesaria para hacerse visible. Por las dudas, sigamos escribiendo necrológicas autocomplacientes, no vaya a ser que la posteridad castigue nuestra mudez. La historia, madre severa, a veces nos mantiene en el rincón de los penitentes. Tiene todo el tiempo para arrepentirse.

Copyright del articulo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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