Los secretos de Manucho

Manuel Mujica Láinez (1910-1984) narró Buenos Aires a partir de leyendas urbanas y recreó el universo de Bomarzo. Y aunque el «boom» lo dejó de lado, no dudó en utilizar sus recursos.

Entre 1940 y 1960, simplificando las fechas, la literatura de Mujica Lainez perteneció al concentrado pero reducido núcleo de lectores que absolvían a las «finas letras» del país. Luego vino el boom, del cual Manucho fue exluido por ser derechista. De lo contrario, el club de la progresía lo habría admitido junto a ciertos escritores como Carpentier, García Márquez y Lezama Lima, que recuperaban gestos neobarrocos a través del modernismo.

No conviene olvidar que la gran novela modernista la escribió un argentino: Enrique Larreta con La gloria de Don Ramiro, bastante por encima de los esbozos de Asunción Silva (De sobremesa), el folletín gótico-policial de José Eustasio Rivera (La vorágine) o los aspavientos kitsch de Vargas Vila y Gómez Carrillo.

En su ciclo porteño, Manucho forjó lo más personal de su obrayapeló a los mismos recursos que luego veríamos en aquellos admitidos en el boom: culteranismo del lenguaje, amor por el pasado que se esfuma en el presente, fascinación y horror por el mundo fantasmal de los ancestros que no acaban de morir, admiración por la belleza crepuscular de la decadencia, empuje nocturno del erotismo que transgrede, asusta y fascina.

Enumero los títulos: las noveletas de Los ídolos, los cuentos enhebrados de Misteriosa Buenos Aires y Aquí vivieron, la trilogía novelesca: La casa, Los viajeros, Invitados en «El Paraíso».

La estructura de aquellos libros de cuentos es singular porque, en un caso, se narra la historia de Buenos Aires a partir de sus leyendas urbanas y, en el otro, la vida de los pobladores de un caserón periférico a lo largo de varios siglos.

El mundo manuchesco está resuelto en términos de realismo, pero tiene unos toques de magia que pertenecen no tanto al tópico y borroso realismo mágico, sino a los juegos del prestidigitador que conoce ese interior de la chistera ignorado por el público. Así, en un azulejo Pas de Calais, un enanito pintado distrae a la Muerte repitendo una conseja asturiana, un mascarón de proa español labrado en Cádiz se enamora de una sirena fangosa y rioplatense, un imaginero piadoso hace el amor con una de sus estatuas mientras una doméstica indígena se enamora de una ninfa desnuda pintada por Bouguereau y un moribundo delira en un lecho final creyéndose el Delfín de Francia ante una escalera de mármol versallesco.

El escenario privilegiado de estas invenciones es la precoz decadencia de una burguesía rumbosa y europeizada, cuyos caserones palaciegos apenas duraron unas cuantas fiestas y acabaron en ruinas, invadidos por la servidumbre, habitados por maniáticos herederos que seguían vistiendo anacrónicos ropajes, ejerciendo arcaicas y mal aprendidas maneras, luciendo viejas joyas o tejiendo apócrifos tapices medievales.

Mujica Lainez descubrió ese costado portuario, de resaca y pastiche, propio de Buenos Aires, que configura un perculiar charme, ajeno a sus apariencias y sumiso a la observación y la fantasía del escritor, que continuamente se valede las evidencias para señalar lo invisible.

En estas incursiones por esplendores reales y fingidos, estilos mal copiados, antigüedades de imitación y etiquetas cortesanas sin cortes ni ejecutorias, Manucho vivió su doble condición de conocedor y no incluido.

Conocedor ducho en estilos, escuelas, historias del arte y sociedades nobiliarias que jamás conoció la Argentina; no incluido por ser un pariente pobre de la patricia sucesión de los Varela y los Lainez, y por su condición de homosexual.

Bien casado con una señorita de Alvear Elortondo y Ortiz Basualdo, que también debía evitar la exhibición de su lesbianismo, sorteó los inconvenientes externos, pero siempre resultó objeto de secreteos y comidillas.

Estar dentro y fuera fue el recurso de algunos escritores que admiró y que le valieron como referencia: Proust, siempre y en primer lugar; Eça de Queirós, cierto Henry James.

El boom, aunque no lo incluyese en su censo, le abrió un espacio de popularidad, una amplitud de público, subrayada por sus apariciones mediáticas. Era el viejo dandi, pródigo en bastones, chalecos y anillos. No coincidió con lo mejor de su obra pero dio en el clavo de su mito central: el duque de Bomarzo, un aristócrata renacentista, contrahecho y refinado, amante de la belleza masculina y femenina, cuya única y magistral obra es el Jardín de los Monstruos, gigantes de piedra, grotescos y hermosos, iniciáticos, burlones y patéticos, que culminan en una iglesita atea y una Boca del Infierno, donde el duque va a morir y a inmortalizarse, hecho carnalidad efímera y letra sempiterna.

De esta recta final rescato algunos cuentos y un libro, Cecil, dedicado a su perro, a un tiempo servicial y señorial, en quien se mira como en un velludo espejo y en cuyos ojos se refleja su visión última, irónica, indulgente y absolutoria, de ese mundo crepuscular, hecho de porteño encanto, resaca y pastiche, que atesoró con minucia en su finca cordobesa, no casualmente llamada El Paraíso.

A ella se alcanza por un pasillo de fantasmales e imperceptibles capillas pseudogóticas consagradas a una coqueta deidad: Nuestra Señora de la Melancolía.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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