Las logias de la libertad

Las logias de la libertad Imagen superior: la primera junta militar. De izquierda a derecha, Emilio Massera, Jorge Videla y Orlando Agosti.

Aterrorizar a treinta y pico millones de argentinos exigió a la dictadura amordazar las voces públicas, en especial las culturales. Se trataba de no llevarse todo por delante sino, más bien, de difuminar el miedo, especialmente entre quienes creían estar fuera del juego guerrilla–exterminio.

Hasta los que miraron para otro lado o agitaron banderas cuando el campeonato mundial de 1978 y la guerra de las Malvinas en 1982, estaban, sin advertirlo, muertos de miedo.

A la gente de la cultura, pues, se le planteó la extrema dualidad: sobrevivir o callar hasta fallecer. Casos hubo de física desaparición, como las de los escritores Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Francisco Urondo, Miguel Ángel Bustos y Roberto Santoro, entre otros. El exilio engrosó sus listas: Héctor Tizón, David Viñas, Griselda Gambaro, Daniel Moyano, Antonio di Benedetto, Ana Basualdo, Nora Catelli, Mario Paoletti, Santiago Sylvester, Horacio Salas, Pacho O’ Donnell, por no salir del territorio español.

Con el giro de los años y la restauración democrática, unos volvieron, otros se quedaron, pero el trauma de la exclusión marcó sus obras con palabras y silencios. Por seguir la figura orteguiana, si la circunstancia es la mitad de la persona, el exilado la pierde y se inhuma en la melancolía o se inventa una nueva circunstancia.

La dictadura clausuró periódicos y editoriales, prohibió a cantantes y actores aparecer en los medios, quemó libros y revistas, depuró las universidades y los colegios, recortó con tijeras filmes y vídeos, expurgó de nombres incómodos la historia, las bibliografías, las antologías. Exaltó una patria libre de ingerencias anómalas pero a la cual le habían amputado la mitad de su memoria histórica.

Con todo, de la sociedad argentina y, para el caso, de sus estratos culturales, surgieron maneras de sobrevivir a la espera de tiempos mejores. La dictadura no fue un régimen y se podía aguardar que un final, abrupto o matizado, acabara con sus días. En lugar de las cátedras oficiales u oficiosas, se organizaron cursillos privados, lo que Juan José Sebreli denomina «la universidad de las sombras », en los cuales se podían leer y comentar los textos interdictos.

De boca en boca, en nerviosos apuntes particulares, en esquivas fotocopias, se salvó una buena parte de la cultura atesorada en años de libre información. Fueron, en efecto, las auténticas logias de la libertad. Publicaciones de alto nivel académico, como Punto de vista bajo la dirección de Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, hallaron un lenguaje que esquivó la censura y se convirtió en una clave para «decir sin decir» y entenderse con quien quisiera hacerlo.

A veces se recurría a la ironía como en la revista Humor y los editoriales de Luis Gregorich. Otras, se apeló a la alegoría intelectual, evocando a dictaduras del siglo XIX como forma de aludir a un presente innombrable, hasta hacer que Kafka se encontrara con Adolf Hitler, según se narra en Respiración artificial de Ricardo Piglia.

Los autores teatrales hicieron una piña, escribieron obras breves y construyeron un tinglado, Teatro Abierto. Convocó a tanta gente que los sicarios de Videla lo incendiaron. No obstante, los textos fueron publicados y valieron como manifiesto y panfleto.

Por los intersticios de la censura se fue formando un lenguaje alternativo. Podía refugiarse en la resignación cínica de Jorge Asís y su trilogía novelesca Canguros, donde el animal saltarín era un símbolo del argentino que, dando cabriolas, ganaba espacios provisorios donde podía hacer pie. Adolfo Aristarain filmó por entonces, a expensas de la situación, sus mejores obras en clave de cine negro costumbrista: Tiempo de revancha, Las últimas horas de la víctima, La parte del león. Una joven generación de narradores tuvo que contar con la circunstancia histórica para darse a conocer a través del Grupo Saigón o la revista Babel. Su manera de rechazar la dictadura fue escabullirse de la historia misma, de la que tomaron conciencia una vez liquidado el gobierno militar.

Algunos de sus nombres son ya conocidos por el público español: Rodrigo Fresán, César Aira, Alan Pauls. Voces veteranas acabaron cuestionando a los dictadores. Ernesto Sabato y hasta el propio Borges, a veces proclive a la admiración de la espada, disintieron de sus operativos propagandísticos, cubiertos de un frenético patriotismo, como si la patria no fueran también los desaparecidos, torturados y desterrados.

No obstante la caterva de periodistas y diz que pensadores que aplaudieron el llamado Proceso de Reorganización Nacional, no puede advertirse que el despotismo militar haya dejado una huella cultural visible. Tal vez esa sea su más eficaz secuela: haberla dejado invisible.

Los dictadores y sus ayudantes no quieren que se los ensalce, quieren que se los olvide. Y quieren que se reduzca el castigo a contados chivos expiatorios, como si no cupiera la responsabilidad colectiva de una sociedad que produjo violencia, ilegalidad y exterminio, tanto de un lado como del otro de la imaginaria trinchera.

A los argentinos, la memoria se nos tornado un deber. Si la perdemos, habremos desaparecido con ella. El pasado volverá, exigiendo repetirse y será trágica su reiteración, aunque cada vez más grotesca.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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