Las fidelidades de Fidel

Las fidelidades de Fidel Imagen superior: Diego Armando Maradona, Fidel Castro y Hugo Chávez. 23 de julio de 2011 (Globovisión, CC)

Viendo el cortejo fúnebre que recorrió Cuba con las cenizas de Fidel Castro, evoqué el que organizó Dionisio Ridruejo con los restos de José Antonio desde Alicante a El Escorial. No es la única asociación entre Franco y Fidel que se me haya presentado. Tengo para mí que el Caudillo alentaba una secreta admiración por el Comandante. Finalmente, era lo que él no pudo ser: un gallego que expulsara a los yanquis de Cuba, lavando la afrenta del Desastre Colonial de 1898.

Enseguida experimenté otra remembranza. Me llevó al uno de enero de 1959, a un Buenos Aires abochornado de calor, humedad y resaca de Nochevieja. Por la radio, el poeta cubano Nicolás Guillén se despedía de la Argentina donde vivía exilado para sumarse a la naciente revolución. Los revolucionarios eran jóvenes, guapos, melenudos, barbudos, sonrientes, informales, campechanos, con un aire de bachilleres recién egresados en una fiesta callejera de fin de curso.

Muchachos: Fidel, el Che, Camilo Cienfuegos, Franqui, Menoyo. No llegaron a viejos en el poder como Fidel y Raúl. Desaparecieron, a veces oscuramente, en batallas, accidentes y cárceles. En cambio, Fidel se ha muerto nonagenario y con una muy merecida aureola sobrenatural porque, como los dioses, no sólo nació dos veces sino que murió dos veces. En efecto, hace diez años abandonó sus cargos, se despojó de su perenne uniforme militar y se vistió de chándal y zapatillas, como esos viejecitos que andan siempre de entrecasa porque ya no salen a la calle.

Discapacitado por la enfermedad, cogió un papel y transfirió todos sus títulos a su hermano Raúl, algo menor y en buena forma. Esta escena entre dos ancianos que se invisten de poder en razón de lo consanguíneo, me sonó a aristocracia. Los aristócratas llevan sus ejecutorias de por vida y las heredan sus consanguíneos. Un duque se muere ducal, no se jubila de su ducado. Hasta un rey abdicante sigue siendo Su Majestad no obstante el exilio. Vejez y jerarquía ¿cómo tan arraigadas entre comunistas, paladines de la igualdad?

Fidel, fiel a su nombre, mantuvo sus fidelidades, es decir su altísima calidad de prestidigitador ideológico al servicio fiel de su imagen pública. Lo de enmascarar a una aristocracia con una fachada comunista no es la única ni la menor. El Comandante había sido devorado por una figura ancestral de la historia cubana: el gobernador propietario.

Sigamos. Fidel, marxista. Más aún: el marxista del siglo XX, capaz de instaurar un régimen socialista en contra de toda previsión de Marx. No el socialismo como el resultado de la madurez capitalista industrial que lleva a un conflicto objetivo entre el modo de producción y las relaciones de producción, sino una revolución hecha por un puñado de guerrilleros en un país atrasado del Tercer Mundo.

Otra. Fidel, antiimperialista. Ciertamente, desyanquizó a Cuba pero a costa de sovietizarla, de poner a 60 millas de los Estados Unidos todo un dispositivo militar soviético, voluntarios negros para Angola incluidos. Todo, a cambio de vender un azúcar más cara que en el mercado, tal como ocurría con el Tío Sam.

Otra. Fidel empodera a un pueblo totalmente alfabetizado y atendido por la sanidad pública mejor del mundo. El pueblo es citado a las plazas para escuchar al Comandante durante cuatro, cinco o seis horas diarias. Si alguien no resulta convencido se lo aloja en un campo de reeducación revolucionaria, donde podrá trabajar sin salario con una remuneración de subsistencia.

Otra. El mundo vive observando la modélica revolución caribeña, menos el millón y medio de cubanos que se han marchado, lo cual equivale a una décima parte de la población actual, lo mismo que si España sumara cuatro millones y medios de exilados, muchos de ellos escapados en pateras.

Fidel ha sobrevolado todas estas conquistas sin dejar de ser Fidel. El final de la guerra fría que alteró la situación de media Europa, no le movió un pelo. Tampoco la reanudación de las relaciones con los Estados Unidos, incluida la visita de Obama con una delegación de negros, recibida por una comitiva igualitaria y exclusiva de blancos, pues los negros cubanos prefieren la calle.

Salvo la reina de Inglaterra, ninguna dignidad del mismo rango existente el primero de enero de 1959 ha resultado supérstite de Fidel. Con la diferencia a su favor de que no heredó alegremente el trono como doña Isabel sino que, mientras ella se coronaba, él intentaba tomar el Cuartel Moncada. Desde entonces hasta el cortejo de sesgo falangista aunque sin fondo musical de Wagner, siguió siendo Fidel y consiguiendo fotos de portada en cualquier reunión internacional. Ante semejante y genial fidelidad a sí mismo poco importa, en la solemne hora presente, el balance de su revolución. Hoy no toca. Toca venerar sus cenizas.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural.

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