La salvación por el apellido

Llego tarde para comentar Ocho apellidos vascos, el filme de Martínez Lázaro que se ha convertido en la gran pegada histórica del cine español. Entonces: no lo haré. Diré un par de cosas impresionistas y todos contentos.

La historia “seria” y sentimental es mala pero la caricatura de los prototipos nacionales, andaluz y vasco, aunque cargada de sal gorda, resulta eficaz y tiene golpes muy graciosos. En ambos casos, la papeleta es rescatada por el actor Dani Rovira, una suerte de galán cómico, sutil en lo ocurrente, seductor y fotogénico en lo amoroso, siempre consciente de que la película o la salva él o no la salva nadie.

Otra cosa me sugiere el divertimento. De los caricatos nacionales españoles se han encargado los sainetistas de esta península y también de las tierras de ultramar, donde siempre los cómicos supieron distinguir los tics de vascos, catalanes, andaluces y gallegos. Los castellanos se salvan porque no abundan en la emigración.

En la película que evoco, sin embargo, hay algo que me chirría. Aparecen unos terroristas etarras, convenientemente caricaturizados, pero terroristas que evocan a otros terroristas de los que hemos sufrido durante casi medio siglo. Y no estamos ante un esperpento, sainete de superficie y tragedia de fondo, como lo habría resuelto Valle-Inclán. Estamos ante un divertimento donde la kale borroka y el almacenamiento de metralletas es una excusa para que un sevillano haciendo de vasco se lleve de calle a unos vascos atormentados por los ocho apellidos de la estirpe.

¿Estamos los habitantes de esta piel de toro tan lejos y tan amablemente evocativos del terrorismo como para sonreírnos de esos “muchachos de la gasolina”, como gentilmente los definió uno de los políticos más deplorables y cavernarios de estas tierras? Sí, de estas tierras, porque un muerto por terrorismo tiene toda la Tierra por sepultura.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © 2014 Lazona Films y Kowalski Snow Films. Cortesía de Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural.

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