La religión de la pelota

La religión de la pelota Imagen superior: Harold911, CC

En 2017 se cerró el estadio Vicente Calderón de Madrid. El Atlético se mudó a la periferia y su sede oficial cambió su nombre por otro chino: Wanda. No veré nunca más su resplandor nocturno cuando había, justamente, partidos de noche. El barrio sur de la capital se quedó sin su club emblemático, algo propio que desapareció en una suerte de enajenación.

Se ha vuelto normal que equipos de fútbol de España, Baviera o Beluchistán sean adquiridos por millonarios chinos, jeques árabes o fondos de inversión de los cuales conocemos su ornitología –son buitres– pero ignoramos su nacionalidad, seguramente porque no la tienen. ¿Es el planeta la nación globalizada? Me temo que no. Globalizamos más vicios que virtudes pero carecemos de una policía mundial que persiga a los traficantes, los piratas, los evasores fiscales y demás coreutas de la vida global.

Todo esto produce resultados pintorescos. Hay seleccionados de fútbol en los cuales los jugadores provienen de distintos países y se reúnen porque han nacido todos en el mismo, donde no juegan y, en ocasiones, nunca han jugado. Conocen los colores de su bandera nacional cuando se ponen la camiseta por primera vez.

En este sentido, el fútbol colabora con la internacionalización y, exagerando un poco la figura, con la universalización de la vida. Así como ciertos productos culturales –el baile flamenco, la balalaika, la casa de hielo de los esquimales (iglú), la ensaladilla rusa– están indisolublemente ligados a un lugar, el fútbol es el no lugar por excelencia de nuestro tiempo.

Es en este aspecto, su dispersión planetaria y su ubicuidad, una de sus similitudes con las religiones. No casualmente se suele jugar en domingo, día sacro en buena parte del globo. Tampoco son casuales su ritualidad y su violencia, dentro y fuera de la cancha. Las religiones son rituales y tienen un trasfondo de violencia porque sacralizan la fuerza. Por las buenas, con la elocuencia. Por las malas, con la guerra.

El fútbol tiene ambas cosas. Es elocuente como juego: estética danzarina, ingenio de combinaciones, simetría de las partes. Pero es también una guerra simbólica donde se persigue la victoria o sea la derrota del adversario. El triunfo se celebra de modo frenético, al igual que se recibe a los victoriosos sobrevivientes de una batalla. Cuando cae algún jugador por el abuso de otro, parece un soldado de infantería, uno de esos que son los primeros en caer bajo el fuego de la artillería enemiga. Pero el vencedor lo será porque administrará el balón, un proyectil que, desde luego, exige la ciencia de un artillero. Item más: la pelota es esférica como un orbe, símbolo del poder.

Al igual que las religiones, el fútbol religa, vuelve a ligar lo disperso. Reúne, unifica, identifica, homogeneiza, masifica. Con ello arriba a la almendra de la sociabilidad humana, la tribu, tras la cual alienta la sociabilidad del primate, la horda. El fútbol es, así, radical y originario. Sin este componente es imposible pensar su expansión mundial. Si no satisficiera esta demanda profunda, oscura y universal no sería universal, profundo y oscuro.

Sobre esta base se ha construido el formidable negocio global de esta religión contemporánea. Tiene sus diosecillos y sus santos: metrosexuales, vestidos de diseño, tripulantes de Ferraris y yates fuera de borda, desdeñosos de la vulgaridad política, algunas veces generosos y beneficentes como los millonarios y, como los millonarios, devotos de los paraísos fiscales.

¿Y el club de barrio, entrañable, familiar y travieso? ¿Los chicos que patean una pelota en un baldío de suburbio? ¿Han sido barridos por los inversores globales? Categóricamente, no. Somos globales y digitales, viajamos a la Luna, a Marte y a Júpiter pero seguimos siendo tribu y, si nos descuidamos, horda. Y si ya no creemos en los dioses celestiales, hemos vuelto a creer en los dioses terrenales.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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