La literatura absoluta

La literatura absoluta Imagen superior: "The Lament for Icarus", de H. J. Draper.

Conocemos traducido a Roberto Calasso: Las bodas de Cadmo y Armonía (1988), Los cuarenta y nueve escalones (1991), Ka (1996). En La literatura y los dioses (2001) reunió sus conferencias en la Universidad de Oxford (mayo del 2000) en torno a la situación de eso que llamamos todavía literatura.

Hölderlin marchó a Grecia en busca de los dioses y comprobó que se habían ido. Desde entonces, una sensación de haber llegado al lugar preciso pero en un tiempo impropio alienta en cierta zona fuerte de las letras occidentales. Hay quien define nuestro tiempo como la era de la desconfianza. Calasso propone leerla en clave holderliniana: sospechamos de la impropiedad del mundo porque ios dioses lo han abandonado.

Quizás el proceso tenga raíces más antiguas. La modernidad propende a desalojar lo sagrado de la vida histórica. Desprendido de su dependencia religiosa, el arte reclama su autonomía. Llevada al extremo, tal autonomía se convierte en autarquía, en arte por el arte, en literatura absoluta. Se independiza no sólo de las divinidades y los sacerdotes, sino también de la Verdad y del Bien, concentrándose en lo Bello.

En otro campo, esta autonomía extrema quiebra los vínculos del artista con la sociedad. El mundo desaparece de su espacio de intereses, sustituido por el cosmos. En tal confín, Lautréamont se las ve con Dios y siente que le cae mal. «Donde no hay dioses, reinan los fantasmas» (Novalis). Aceptarlo significa entregarse a la zambullida en el mundo sin dioses.

Los dioses son nuestra máxima sensación de la experiencia vital: no sólo estar vivos, sino ser vivientes, saber que la vida es nuestra realidad, aunque no podamos acercarnos a ella porque estamos pegados a ella.

El arte que se proclama autárquico, despojado de compromisos trascendentes, recluido en la belleza absoluta y pura, clama por la mayor de las utopías estéticas contemporáneas: la Forma, la forma exclusivamente formal. La forma que no se preocupa por nada, abocada al vacío. Y, como los extremos regresan al punto de fuga, la secularización completa convierte al arte en religión.

Los románticos la inauguran y a nuestra lengua llega tarde, con el modernismo, tras la lección nihilista, impregnada de contactos con los Vedas, del simbolismo francés. Es una religión paradójica, observa Calasso, pues penetra en unos templos abandonados, donde sólo hay ídolos y fetiches. La experiencia de estas idas y vueltas ha sido provechosa y a la vez, frustrante. Provechosa porque ha trabajado por la independencia de la palabra respecto de las cosas. Frustrante porque comprueba que no hay literatura absoluta, desprendida de referentes y asocial.

El escritor es autónomo; su tarea, también. Pero no resulta autárquico. La forma es siempre contenido cuando se produce como símbolo. El lenguaje se refiere a una lengua que es siempre la de los otros. Entre la voz que dicta y la mano que escribe hay un vínculo, algo social. Calasso propone la intervención de un tercero: algún dios, de ésos que pasan por la letra y desaparecen pero pueden reconquistarse apenas el escritor esboza su palabra.

En plan melancólico, la fuga divina nos lleva al museo, donde habitan las ninfas, encarnaciones tangibles que concedían los inmortales a los mortales. En plan vanguardista, a la ceremonia de la destrucción que propone el dada. En plan posmoderno, a aceptar que el mundo sin dioses es una parodia del mundo y a practicar la estética de la parodia.

Calasso concluye que se trata de variantes: una reformulación de lo sagrado. El museo es un templo; el patíbulo, también; la parodia supone algo que parodiar, el templo abandonado. Detrás de los dioses está Dios (Borges). Algo sin nombre, remoto, inmóvil y generador. De él –Ka, Chi o Teós– surgen las divinidades que antes nos eran propicias y ahora, esquivas.

Ese Dios no ha muerto porque es eterno, o sea, ajeno a la vida. No podemos contar con Él porque Él tampoco cuenta con nosotros. Si algo nos quiere es porque nos desea libres y desamparados. Los templos son refugios para el divino desamparo. La sagrada intensidad de la vida, señala Calasso, es el deseo, tal vez la única herencia de Aquél. Si la palabra puede decir la verdad y vaticinar es porque es palabra deseante. Y si diéramos la palabra a Freud (lo cual evita Calasso) diríamos que es palabra sexuada, sección que busca la totalidad y que ambiciona el absoluto aunque sea en la forma mendicante de la Forma.

La conclusión de nuestro escritor es esperanzada. Rechaza la alternativa actual, de fácil posmodernidad, que se sumerge en la parodia y hace divino al demi monde, a la beautiful people. Hay que preferir a los dioses, admitir la inabordable serenidad de Ka, aunque éste no nos toque y los otros sean intermitentes, porque con ellos, aunque a rachas, podemos ser realmente humanos.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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