La epopeya del nihilismo: "El hombre sin atributos", de Robert Musil

Desde 1914 y hasta su muerte en 1942 trabajó Musil en este libro, inconcluso como tantos otros decisivos del siglo XX. Desde la primera a la segunda guerra mundiales, cabe comentar, porque también ellas fueron decisivas para la centuria. De hecho, el primer final previsto era la frustrada y doble celebración del jubileo imperial germánico y austríaco de 1918, impedida por la guerra misma.

Hubo cuatro o cinco planes.diversos, con oscilantes títulos: El Anticristo, El demonio, El archivero, El bibliotecario, La doble vuelta, El espía y un texto en que, a mediados de los veinte, Musil. dijo estar trabajando, Las hermanas gemelas, que contiene algunas escenas de la narración definitiva.

El primer tomo salió en 1931, el segundo en 1933 y el tercero, póstumo, en 1943, no sin dificultades, ya que su viuda debió abrir una suscripción con la cual colaboró Thomas Mann, escritor por quien Musil cultivaba una densa antipatía. Cabe pensar que encerraba cierta envidia, no de las peores, porque resultó estimulante. Mann, en cierto modo, se le había anticipado con La montaña mágica, en 1924.

Ambos libros son la imposible novela pedagógica del Novecientos, la epopeya de la anomia, en la cual la romántica busca de lo absoluto, por el saber o por la acción, arriba a la nada como epítome de aquel absoluto: aniquilación, nihilismo.

El protagonista, en un primer esbozo, se llamaba Aquiles, sin duda como eco de aquel héroe homérico cuya cólera desata los episodios de La Ilíada. Era un espía que, huyendo de la guerra, delira con un tiempo sin muerte, encerrado en un laboratorio. Luego devino Ulrich, un bibliotecario que acumula el saber de una civilización en un depósito de páginas muertas, de lecciones que nada significan porque han perdido realidad vital. Son leyes válidas pero carentes de vigencia, al igual que la inerte maestría de los personajes iniciáticos que lo rodean, reunidos en el salón de la prima Diótima én el cual Arnheim, un escritor e industrial prusiano, proyecta escribir un gran poema épico donde la humanidad se mire y se avergüence.

El discípulo será ese hombre sin atributos, sin cualidades, sin propiedades, ese hombre disponible, como prefería llamarlo André Gide, sujeto de una libertad abstracta con la que. nada puede hacer, como no sea el intento de hacer la nada.

Historia inenarrable si las hay, biografía de ese Nadie que pulula en tantas páginas contemporáneas, anunciado por los fantasmas de Henry James y de Proust, extraviados en los laberintos de la percepción y la memoria, cuajado en el Tonio Kroger de Thomas Mann, en la parodia de Ulises y Telémaco urdida por Joyce y en los personajes anónimos de Kafka, condenados por leyes que ignoran a señorear en lugares inaccesibles o inexistentes.

Consciente de la paradójica imposibilidad de su empresa, Musil acude a un juego de finales posibles (dos escritos y uno en suspenso) y a la ambigüedad: no sabremos si el amor incestuoso entre Ulrich y Agathe se consuma, si ella se quiere suicidar, si él testamento es falsificado por Hagauer, si Moosbrugger es finalmente liberado. Nos enfrentamos con una promesa de desenlace que no llega y que atraviesa los grandes bloques que articulan el texto: la descripción de Kakania, un imperio que caricaturiza a la Félix Austria de Francisco José; la aventura de Clarisse donde el, amor y el éxtasis se reúnen con la locura; la historia de los hermanos que buscan en el incesto el lugar paradisiaco del origen, el jardín de la inocencia; la Acción Paralela, suerte de propuesta de aniquilación constructiva y libertaria.

La figura que alegoriza todo, como explica Claudio Magris, es el anillo de Clarisse, forma cerrada y vacía, señal de un centro donde no hay nada. Una constelación de emblemas hechos personajes rodea ese punto radiante y vacuo: el asesino Moosbrugger, el aristócrata socialista Leinsdorf;. la heroica Clarisse, el telúrico Walter, el protonazi Hans Sepp, el pacifista Feuermaul, el filósofo Meingast que proclama la locura como esencia del mundo donde la razón es apenas racioide, el ascético Lindner, el general Stumm von Bordwehr que exalta la pureza de la acción arrasadora, la histérica Gerda que ve el mundo como un escenario que convierte la epopeya en farsa, y las mujeres que ama el protagonista, Bonadea y Leona, tan sentimentales y tan atacadas por el viejo idealismo del amor occidental.

Muchos blancos alcanza la compleja artillería de Musil. Uno es el género de la novela de ideas, cuyos personajes las exponen al igual que el autor, pero convertidas en metáforas. Otro es la oblicua autobiografía transformada en ensayo, donde Musil es también ese solitario archivero de libros derogados por la historia, que cumple un lapidario decreto paterno a la vez que resulta incapaz de descifrarlo. Otro, el más atrevido y destacable, la propuesta de contar la historia inexistente de un personaje ausente en un mundo cuya realidad es irreal, pues consiste en un orden sin esencia, una sociedad dominada por la anomia cuyo orden es apenas el término medio, el residuo dejado por los siglos de su propia historia.

Desde luego, ya estamos en plena autoconciencia de la novela, un relato que ha perdido su inocencia épica y sabe que está haciendo lo que hace, o sea que está deshaciendo el orden narrativo al intentar describir un mundo articulado pero caótico, el resto fecal de un imperio que no casualmente se llama Kakania.

La tarea musiliana es realmente atlética y exige del lector el aliento y la tensión que se piden a los corredores de fondo. Alguien debió escribir este libro indispensable sin el cual el siglo XX no acabaría de ser lo que fue: una epopeya frustrada, un aparato de dominio del mundo convertido en maquinaria destructora, un vaciamiento de la fígura humana producido por la perversión de la misma empresa humanista. Alguien como Robert Musil que fuera, a un tiempo, ingeniero, filósofo y poeta, como aquellos maestros anteriores á Sócrates que empezaron a pensar lo que seguimos pensando.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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