La cultura del tabaco

He visto, en medio siglo, pasar el humo del tabaco del castigo al castigo, dejando en el centro una época de “permisionismo” que, más o menos, coincide con mi juventud.

En mi niñez, en un barrio de clase media de aquel Buenos Aires de posguerra que no había conocido la guerra, resultaba sospechosa cualquier mujer que fumase. O bien eran inmigrantes, aquellas italianas famosas che avevano fatto la guerra, o bien imitadoras atolondradas de los grandes malos ejemplos del cine.

En la pantalla, el humo del cigarrillo era una señal de vicio (del grande, no del pequeño) o, tal vez, de algo peor: de la iniciativa sexual, de eso que no correspondía a una mujer correcta, mera respuesta a la demanda masculina.

Las actrices que encarnaban esa mitad codiciada y prohibida de la erótica, solían fumar, lanzando hacia la platea, como un cuerpo desnudo de pura luz, una nube de humo astutamente subrayada por un foco cenital.

Humaredas de Marlene Dietrich, con el labio inferior avanzando como una decisión, cigarrillos que Dorothy Malone o Ida Lupino erguían en el mostrador de un bar, con manos ilustradas por pulseras de dijes y bajo la inapelable luz del neón.

Si Alan Ladd o Ray Milland cedían a la debilidad de encender aquellos pitillos con la lumbre de un yesquero alimentado con la misma gasolina que había colaborado en la derrota de Hitler, su guerra personal estaba perdida.

¿Cómo aceptar, en efecto, que una mujer tuviera impulsos eróticos? ¿Dónde quedaba el primado varonil, el arrojo del caballero al asalto de la torre de las damas? Es difícil persuadir a un espectador actual de la importancia alquímica que cobraba una nube de humo exaltada por un trasluz, en el cine de estudio, filmado en blanco y negro.

Aquella ausencia de color nos llevaba al otro mundo del arte, y el humo iluminado era la luz negra de la revelación nocturna, como la cara de Greta Garbo en el retinto jardín donde John Gilbert le ofrece fuego (o lo recoge, da igual, sigamos con la ambivalencia alquímica) en ese enorme festival de la fotogenia Garbo que es Demonio y carne.

Igualmente difícil, o simplemente imposible, es traducir la promesa de otra vida que emitían esas mujeres de cuya boca salía la luz humosa del tabaco, nube de un cielo bajo, doméstico, con su chaparrón de verano en ciernes.

laculturadeltabaco1

¿De qué eran capaces esas mujeres? ¿Qué contraseña sin palabras nos ofrecían, encerrada en el humo de un tabaco que adivinábamos rubio y blended, con un punto de dulzura de higo seco, seguramente cosechado en lejanas huertas de Esmirna o Biskra, la contraseña segura para entrar en la vida siguiente, la tierra de la Gran Promesa?

Si en una virtuosa reunión de familia, esa tía fulanita, que vivía en el centro, encendía un cigarrillo o ‒mucho peor‒ le pedía fuego a un hombre, conseguía que las conversaciones se fueran apagando de apoco ‒al revés que su tabaco‒ y las miradas, furtivamente, se concentraran en la brasa que se acercaba a su boca. Los hombres, para sus adentros, se preguntaban: ¿de qué no será capaz esta mujer, en privado, si es capaz de fumar en público?

Los perfilados varones de entonces tenían con el tabaco una relación comparable a la que se adquiría con el alcohol, el servicio militar, el póker o el preservativo: era un grado iniciático en la empeñosa carrera de ser macho. Hasta había grados de tabaquismo que traducían ‒si cabe la pedantería‒ una elección cultural. Los que fumaban tabaco rubio bailaban jazz y los que fumaban tabaco negro bailaban tango.

Estos últimos resultaban más claramente viriles y argentinos. Mantenían en el baile una compostura de soldados y evitaban contonearse porque no eran bellos como las damas, sino recios como los caballeros. A un amigo, como premio de fin de curso, le ofrecieron una noche de boleros en la confitería Goyescas, instalada en un pasaje subterráneo de la calle Corrientes.

Elvira Ríos le echó una humarada de su Pall Mall que todavía lo circunda. Y que el viajero indiscreto nos contó que otra noche, esta vez en el Lido de París, María Félix se olvidó la letra de María Bonita al encender su cigarrillo entre las manos de un mariachi brilloso de lentejuelas.

Estos anuncios se nos ofrecían a los adolescentes del cincuenta. Pero, como suele ocurrir, resultaron anuncios falsos. Lo que nos tocó vivir en nuestra juventud fue la revolución sexual, las mujeres fumadoras, la decadencia del cocktail en favor del whisky, la militarización de la vida en lugar de un fastidioso pero inocuo ejercicio de milicia. Los chicos fumábamos a escondidas unos cigarrillos difíciles de ocultar en casa.

Disimulábamos el aliento a tabaco con pastillas de menta u orozuz. Un más precavido compañero llevaba siempre un cepillo de dientes y un tubito de pasta dentífrica para borrar las huellas en los baños de los bares; el tubito era un regalo de propaganda. Estas viñetas fueron reducidas a tontería cuando una hermanita o una primita enarbolaron un cigarrillo en pleno comedor doméstico. Una nueva época empezaba.

laculturadeltabaco2

El humo había dejado los filmes y los tangos (fumando espero declaraba una señora en un tango, ignorando que la espera de una buena mujer es serena y no necesita quemar su ansiedad con cigarrillos encendidos) y ahora las muchachas lo arrojaban a la cara de los chicos. Ya no eran el reposo del guerrero, sino personajes aguerridos, algunos hasta guerrilleros.

El humo borraba el mundo y el alcohol nos borraba en el mundo. Las amenazas de la vida desaparecían pero tal desaparición nos evitaba las maravillas de la vida, siempre asociadas a una fuerte presencia, a estar enérgicamente presentes para hacer el amor, encontrarnos con la bella palabra, quedarnos atónitos pero firmes ante un paisaje o una música.

Para una buena intervención del cuerpo en eso que los alemanes llaman Erlebniss (Ortega propone la curiosa palabra vivencia) y los italianos, mejor, deciden llamar ci essere (tal vez un “estar aquí”, un “aquí estoy”) lo mejor es una ascesis previa, una nítida emergencia del deseo. No hay agua insípida para una buena sed. Y dejar la vivencia, con todo respeto y agradecimiento hacia las precisiones orteguianas en lo inefable, en eso que conviene callar para oírlo mejor. Callar y no acallarlo.

Estaba contando una historieta y me he puesto a pensar, divagante como una humareda. Es que el haschich y la marihuana los conocí ya bastante grandecito, el mismo año en que viajé por primera vez en avión. Y es todo lo que puedo narrar sobre mi modesta relación con las drogas, que ojalá se vendieran en cada esquina y perdieran su aura maldita y sus precios de especulación.

El hasch me produce bruscas caídas de tensión, taquicardias y frioleras a la cuarta pitada, pero le debo algunas memorables audiciones de música: la cabeza se me convirtió en una sala sinfónica y la casa se llenó de instrumentos. También, una incomparable noche de amor, lenta y gigantesca como un dúo de titanes.

A los melómanos mexicanos les recomiendo un temible anís seco español, el Machaquito, disuelto en agua helada. Deberían venderlo en todos los conciertos y funciones de ópera. Ahora veo proliferar las prohibiciones para el fumador en los lugares públicos. El humo es arrinconado.

Hay razones para hacerlo: no obligar a fumar involuntariamente a quien no quiere. Con lo que volvemos al fumador-rareza de mi infancia, porque el tiempo hace volutas como el humo. Pero con ello se pierde lo que el fumar tiene de social, el color, el sabor y el olor compartidos en un local donde nos juntamos un montón de desconocidos.

¿Cuántas veces hemos intentado un reconocimiento pidiendo u ofreciendo fuego, como metonimia de algo que ardía de golpe?

Quisiera escribir como se fuma. La vida, lenta o violenta, es una brasa, a veces fogosa, otras, helada. Pequeña hoguera en el claro del bosque, durante una caminata nocturna. o rubí en la noche ficticia de un cofrecillo casero.

Me gustaría escribir con la decisión que tiene el humo para construir y disipar sus nítidas esculturas, efímeras en su eternidad, eternas en su vanidad. Me gustaría algo más: que mis palabras, palabras, estas mismas, por ejemplo, alcanzaran la gris dignidad de las cenizas, capaces de toda forma y de la disolución en el tiempo que pasa sin dejar de pasar, como el humo de un cigarro. El gris dispuesto a todos los colores. Y la ceniza enmarcada por la página, desierto de pacotilla, señorío del silencio donde, a veces, arde el justo decir.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en The Cult (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

DECLINACION

logonegrolibros

  • Demócrito, todólogo
    Escrito por
    Demócrito, todólogo Estobeo asegura que Demócrito dijo: “No desees conocer todo, pues te convertirás en ignorante en todo”. Pierre Aubenque, siguiendo a autores griegos y latinos, afirma que Demócrito empezó Sobre la naturaleza, con las siguientes palabras:…
  • Parsifalismos
    Escrito por
    Parsifalismos En un cumplido artículo («El loco puro y el amor secreto», revista Audio Clásica), Rafael Fernández de Larrinoa vuelve a examinar el tema de la homosexualidad en el wagneriano Parsifal. Investigar la sexualidad concreta de…

logonegrociencia

Cosmos: A Spacetime Odyssey © Fox

  • En la punta de la lengua
    En la punta de la lengua ¿Cómo se llama el alemán ese..? ¡Alzheimer! Es buen chiste, pero no se necesita padecer esta terrible enfermedad para sufrir lo que los especialistas llaman estados “en la punta de la lengua”… Usted sabe: esas desesperantes ocasiones en que uno sabe…
  • Rendir cuentas
    Escrito por
    Rendir cuentas En El País del lunes 1 de marzo de 2010, bajo el titular de "Educación planea exigir más transparencia a la Universidad" (p. 37), se informaba sobre la necesidad de "conocer dónde están los mejores…

Cartelera

Cine clásico

logonegrofuturo2

Cosmos: A Spacetime Odyssey © Fox

logonegrolibros

bae22, CC

logonegromusica

Namlai000, CC

  • Recuperación de Eduard Franck
    Escrito por
    Recuperación de Eduard Franck La música del alemán Eduard Franck (1817-1893) viene siendo recuperada del olvido desde 1993, con la publicación de su catálogo y una monografía debida a Paul y Andreas Feuchte. Nacido en Breslau, alumno de Mendelssohn,…

logonegroecologia

Mathias Appel, CC

logonegrofuturo2

Petar Milošević, CC