John Le Carré ante sí mismo

John Le Carré ante sí mismo Imagen superior: John Le Carré (Autor: Krimidoedel, CC)

Un poco de todo hay en Volar en círculos. Historias de mi vida de John Le Carré que, traducido por Claudia Conde, ha editado Planeta en Barcelona. A una serie de crónicas  sueltas, mayormente prescindibles, se añade un par de capítulos de autoanálisis, imprescindibles. No sólo guardan al fino y encarnizado investigador de sí mismo sino que permiten pensar acerca de la calidad vocacional de cierto tipo de escritor, el que podríamos llamar escritor espía. Me atrevo a pensar que es generalizable y decir que cualquier escritor lo es.

Ante todo porque John Le Carré (Juan el Cuadrado) es el pseudónimo de David Cornwell, que empleó para que no se supiese que era un agente secreto y por lo contrario: evitándolo y recurriendo a su nombre civil para que no lo reconocieran y fastidiaran como uno de los escritores más leídos de nuestro mundo. En todo caso, el pseudónimo elude la pertenencia a una doble institución: el Estado británico y el padre, que es la persona de la que heredamos la compulsión de estar vivos, destinados a morir y a llevar su apellido.

De ambos huyó a los dieciséis años, rumbo a Berna, en Suiza. No quería ser alumno de un colegio postinero inglés, aunque era un buen estudiante. En Suiza descubrió que deseaba estar lejos de su padre y ser agente secreto y escritor. Lo demás, su afición reverencial a la literatura alemana de la gran época, entre Goethe y Thomas Mann, me parece poco creíble. Pero respeto cualquier mendacidad en Le Carré, porque se ha pasado la vida lidiando con ella, buscándole explicaciones y cobrándole rentas, que es lo que hay que hacer con la vida. De lo contrario se nos escapa, sin pedirnos ni dejarnos nada. En tal caso, apenas nos queda replicarla, repetirla.

¿Pudo liberarse Le Carré de ambos, del papá y de la patria? Diría que no pero tampoco en términos de frustración y fracaso sino todo lo contrario: de lo imprescindible y lo productivo. El emblema es ese chalet suizo que construye y reconstruye sobre una vieja construcción a medias derruida y donde se sienta apaciblemente a escribir. Fuga y edificación, dicho sea esto en el doble sentido arquitectónico y moral. En efecto, en Le Carré el padre es una tarea interminable: matarlo aún después de muerto porque es un difunto que no acaba de difundirse.

El padre fue un sinvergüenza seductor y convincente, eficaz y de una dañina elegancia. La sociedad lo considera un delincuente porque es un estafador pero él se considera un esteta porque es un estafador. Y, a pesar de todas sus deficiencias, dejará en sus hijos la convicción de que sus infancias serán siempre cuentas con rentas y ganancias.

Ilegal y masón, el padre se connota de secretismo. Su hijo empieza a estudiar derecho obedeciendo a la fantasía de ser su defensor ante un tribunal. Abandona el derecho, en cambio, por el espionaje y la novela de espionaje. Entre tanto, el padre sigue divulgando su imagen de hombre respetable, con  cuidados modelos de clase alta, amantes en la vecindad y descendientes bastardos.

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En la corta distancia, el padre es insoportable. Durante su infancia, pega a sus hijos. De grande, al novelista intenta llevarlo a juicio y en ocasiones, invoca su fama para hacer negocios. Le Carré lo deplora y, tratando de evocar a un padre aceptable, cita a su hermano mayor, padre sustituto. Pero no por ser su padre, el deplorado merece admiración sino por ser un modelo para el novelista, que es un estafador que vende como verdaderas sus falsas historias.

Entre tanto, Le Carré tampoco está muy servido por su madre. Inexistente de hecho y careciendo de hermanas, le dejan una difusa imagen de las mujeres que desagua en una doble confesión del incorrecto: ser mal padre y mal marido. No es para menos. Zurrada y engañada, la madre desaparece cuando David, futuro John, tiene cinco años y durante dieciséis nada sabrá de ella. De tal manera, se ve con una mujer que lo ha convertido (sic) en un niño congelado. Para mayor confusión, internada en un geriátrico, le hablará como si él fuera su marido, ese hombre con quien, evidentemente, no ha querido tener hijos porque los ha abandonado.

El novelista, impertérrito, saca rentas de todas partes. Ha tenido un padre terrible, que ha deambulado por tribunales y cárceles de medio mundo, y una madre inclinada al abandono. Usa un pseudónimo y la buena señora le endilga una identidad errónea o tan complicada como para pensar que deseó ser la mujer de su hijo al cual abandonó de pequeño y tal vez intente recompensar en la vejez. Todo muy literario, muy novelesco, muy favorable para sentarse a escribir novelas.

Efectivamente, de esta enmarañada madeja Le Carré ha extraído los hilos para entretejer sus ficciones. No para contar su supuesta historia personal sino para construir, a favor y a pesar de su anécdota, una teoría del escritor como el espía que trata de penetrar en el misterio de sus padres a sabiendas de que es misterioso, o sea impenetrable, pero que el experimento da para una y más novelas, acaso celebradas por la gente porque ponen en escena la secreta historia de la gente.

Además de su modélico padre, el estafador, Le Carré reconoce otro modelo como escritor: el haber sido agente del M15 británico, un medio donde todos tienen la profesión de espiar al adversario, al amigo y al espía adversario y amigo, donde todos sospechan de todos y lo peor que le puede pasar a un espía es encontrarse con otro espía. Es de rigor que unos profesionales del disimulo desconfíe de un colega por el mero hecho de serlo.

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 En determinado momento, Le Carré abandona el servicio secreto y sigue siendo escritor. Siempre intentará evitar que lo consideren un escritor que ha sido agente, como si la literatura fuera una consecuencia del espionaje y no al revés. No obstante, admitirá que el estudio de un mundo pequeño, cerrado y secretista como el espionaje, proyectado por el abierto mundo de los otros, le ha permitido encontrar ese tercer mundo llamado literatura. En él, el espía se unirá al estafador, ese mentiroso, ese embaucador que susurra al oído de su víctima, el lector, la confidencia de la verdad.

La literatura, como la estafa y el espionaje, es mentirosa pero ¿en relación a qué verdad?, ¿a la verdad moral o a la verdad del conocimiento? La obra de Le Carré quizá responda a estas preguntas. El escritor Le Carré las deja en suspenso porque si bien dice que sus historias son imaginarias, por otra parte recoge informaciones puntuales acerca de la realidad, es decir de aquello que sus lectores ya creían real antes de leerlo: lo que informan los periodistas, los agentes de inteligencia, los aventureros, los cocineros, los banqueros, los porteros de hotel y el resto de las profesiones humanas. Incluyo entre ellas, comentando al Graham Greene que cita  Le Carré, a esa niña prostituida que es la imaginación del escritor. Esto no es gratuito, todo lo contrario. Le Carré abunda en referencia al precio de las cosas y da a entender que se mueve entre objetos muy caros, de cuyas marcas nos da cumplida y constante noticia. Si ha estafado, como su padre, lo ha hecho con números en verde. O, acaso, ha realizado el sueño paterno: ser un escritor de fama mundial, leído y pagado en abundancia.

El novelista camina sobre la cuerda floja del realismo. Lo hace cuando diferencia su precoz y frustrada profesión de abogado (valerse de las palabras para narrar la verdad de los hechos) y el escritor (valerse de las palabras para extraerles su música). Como buen realista, cree que hay unos hechos que existen con anterioridad a su narración, y unas palabras que pueden dar puntual cuenta de su verdad. Como buen simbolista, cree que el punto de partida de la literatura no es la veracidad factual sino la música verbal.

Esta tensión está descrita pero no resuelta por Le Carré. Si admite no haber falseado nunca personajes ni circunstancias, por otro lado también sostiene que ‒¡oh, Proust!– no hay recuerdos puros, que ¿siempre? rememorar  es perder la pureza mnemónica. La literatura no está en la fidelidad sino en un imponderable plus, un deseo de ir más allá: “A los escritores, aunque sepan la verdad, nunca les resulta suficiente.”

Sin duda, Le Carré se sabe un novelista parásito, como él mismo se define, porque depende de lo que sus informantes le cuenten para hacerse cargo verazmente de la realidad. Le falta la categoría nietzscheana de la ficción, que tanto ha hecho especular a Borges. El escritor no cuenta los hechos sino que los construye a partir de su relato. Por eso recurre a sus informantes, que le proporcionan ficciones. No mentiras relativas a una supuesta verdad fáctica, sino cuentos verosímiles. El primero que se los cree es el escritor, quien deberá hacer lo mismo con sus lectores. ¿Estética o estafa? Acaso quien lo supo cabalmente fue el padre del escritor, que se quedó con la estafa y cedió su estética al hijo. Ambos lo hicieron muy bien y a la vista está.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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