Halloween

Halloween Imagen superior: A. M. D., CC.

Recorriendo la exposición de los pintores fovistas franceses y suizos que ofrece la Fundación Mapfre, un amigo insistió en el tema de la inmediata expresividad de los colores.

El rojo excita, el verde calma, etcétera. No obstante, un verde chillón consigue, a veces, volver fauve un cuadro. La conversación se amplió. Salió, desde luego, nuevamente lo proactivo del rojo pero también que fue adoptado por los revolucionarios de izquierda, con lo cual apareció una asociación entre color y palabra, en la cual el verbo podría llevar la iniciativa significante. Recordé unos textos de cierto medievalista francés que estudió el simbolismo del color azul en la Edad Media, mostrando que podía simbolizar cosas muy distintas.

Los circunstantes, chicos y chicas de ciertas fechas, recordamos que durante nuestra infancia la ropa negra correspondía a las personas adultas y especialmente a los viejos. Ahora es una costumbre juvenil. Las razones o los meros motivos pueden adjudicarse a la moda, al rejuvenecimiento de los ancianos que ya no quieren parecerlo pero, a simple vista, me sigue resultando un indicio de vejez, aun cuando acepte que mi memoria es sierva de la costumbre de otras épocas.

Con lo anterior, quizá, tenga que ver la celebración del Halloween por los jóvenes, con su estética de criptas, fantasmagorías y muertos vivientes. En esto sí que el joven opta claramente por una impostada decrepitud: tez macilenta, cicatrices, ojeras, ropas harapientas con guiones de mugre y sangre, cabellos pringados, perfumes de sepulcros húmedos. Si se quiere, el reverso de la eterna juventud de las chicas Barbie y los chicos metrosexuales.

En ambos extremos: hacerse el viejo de joven, hacerse el joven de adulto, hay una suerte de diseño vital en forma de salto: entre la juventud y la vejez, el vacío de la madurez. Todos queremos ser jóvenes o viejos pero no maduros. No hay evolución, no hay memoria, no hay historia. Somos posmodernos. Menos que dos días, la vida es el instante, cuya virtud es mostrarse para desaparecer.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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