Guerra de escrituras

Guerra de escrituras Imagen superior: Página 9 del Códice Dresde (de la edición de Ernst Förstemann, en 1880)

Pocos pueblos indígenas americanos conocieron la escritura. En sentido estricto, sólo los mayas. Una gran parcela de la hermenéutica que permitiría descifrar los códices que se conservan –tres prehispánicos, multitud de posteriores– se ha perdido. En parte porque se ha esfumado el componente oral que les servía de apoyo, en parte porque algunos celosos jerarcas de la Iglesia los mandaron quemar por considerarlos demoníacos, con gran escándalo de los primeros antropólogos y predicadores de la conquista, como Acosta y Sahagún, interesados en investigar las culturas del conquistado.

La materia es apasionante y un experto pesquisador como el mexicano Miguel León–Portilla se delecta en seguir las huellas, grandemente borradas, que deja la escritura en la historia. Entre otras muchas cosas, la conquista fue una logomaquia de textos, porque los conquistadores provenían de un mundo basado en la Palabra de Dios revelada en unas Escrituras. Además, hay el deseo humano de dejar marcas antes de morir.

En su libro Códices. Los antiguos libros del Nuevo Mundo (2004), León–Portilla pasea por todos los rincones de su itinerario. Describe los códices prehispánicos y coloniales, enumera a sus antecesores, hace inventario de las fuentes, ordena una bibliografía densa de siglos, traza un estado de la cuestión.

Respecto a ella, admite que una lectura exhaustiva de los códices resulta todavía imposible. Esto hace a la honestidad del científico, aunque maniate las manos del artista. Y mucho de arte hay en estas planas cubiertas de glifos, logografías, alegorías, detalles de vida cotidiana, retratos de dioses y de hombres, precisiones astronómicas, recetas de cocina, consejos morales..., en fin, por decirlo en una fórmula, aun a riesgo de resultar formulario: la ética de una sociedad.

Los códices son indígenas pero también mestizos. A la herencia de los pueblos conquistados se intenta añadir algo propio del europeo: la conciencia histórica. Los aztecas y los mayas tenían una noción mitológica del pasado. El conquistador, en cambio, pensaba el pasado como algo efectivamente ocurrido y desde un presente que estaba igualmente ocurriendo.

La historia de América, como la de cualquier otro lugar del mundo, es la historia del mundo. Los hombres invaden, someten, resisten, matan y mueren invocando a sus dioses. La guerra de las escrituras, como la guerra de las armas, acaba mal pero da lugar a los tratados de paz. León–Portilla es un paciente examinador de sus protocolos.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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