Grafiteros

Grafiteros Imagen superior: Anna Frodesiak , CC

Una de las distracciones favoritas de los pensios es tomar la ciudad como un gran espacio peatonal. En uno de estos ejercicios de «dromomanía» –el término lo debo a un médico amigo–, de gusto por los lugares abiertos, me la paso observando las fachadas de Madrid o de cualquier otra ciudad española, pues todas han decidido, en las últimas décadas, y dejando de lado diferencias partidarias, lavarse la cara y estirarse las arrugas.

Paso a la primera del plural: hemos querido salvar nuestro paisaje urbano. Lo hicimos, en principio, desde nuestros bolsillos, luego con alguna ayuda oficial, siempre a favor del paseante anónimo, nuestro semejante.

Pasear con esta conciencia suele ser un acto de agradecimiento. Gracias, vecinos, por haberos acordado de mis recorridas. Esta ejercitada solidaridad tiene varios enemigos. Uno es el principal: el grafitero.

Puedo aceptar cierto esfuerzo de diseño y colorido en paredones abandonados pero la ringlera de suciedades que han agredido nuestras plantas bajas, radicalmente no. Mi razón, la nuestra, es sencilla: nadie puede colocarse en la posición de ajeno a la ciudad donde vive. Nadie puede decir: la ciudad es de ellos, no es mía. Ni mía ni tuya, en efecto: nuestra.

El grafito es, normalmente, ilegible, nada significa, carece de destinatario, de lector, de prójimo. Le falta, además, personalidad individual, semeja hecho por la misma mano emporcadora.

La pared, que históricamente ha valido para expresarse a quien no podía hacerlo en otro sitio, enmudece bajo esta selva de garabatos que se parecen a las palabras como el alarido al canto. Si hay alguna leyenda, responde a ideologías despóticas: el despotismo del individuo, anárquico, o de la raza, nazi. Ambos coinciden en ignorar al otro, sin conocernos ni reconocernos como ciudadanos del mismo lugar.

Para decir esto sería mejor que callaran y volvieran a sus chafarrinones. Mientras camino, se hace de noche y las penumbras borran detalles. Es cuando sueño con una brigada de grafiteros arrepentidos que, finalmente, han reconocido compartida la calle por la que todos vamos y venimos. Cepillo en mano, devuelven lo arrebatado: el panorama común de la convivencia.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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