Evita (1910-1952)

El 26 de julio de 1952 moría Eva Perón. Unas pomposas ceremonias funerales —diseñadas por Ignacio Pirovano, un señorito pasado al peronismo y que las había reproducido de las exequias del mariscal Foch, presenciadas, a su vez, por su madre— la condujeron al taxidermista español Guillermo Ara, quien la convirtió en una suerte de niña rubia y primorosa, como si la hubiese descargado de su historia.

En verdad, Evita fue devorada por la historia, como cualquier ser humano, a la vez que crecían sus mitos. Sus dolientes descamisados honraban un retrato suyo vestida de santa. Sus adversarios, los contreras y gorilas, repetían chistes obscenos y la veían como una segunda Chiaretta Petacci, amante púber de un segundo Duce.

Fue el mismo Pirovano quien programó un fastuoso monumento con estatuas de Sesostris Vitullo. No llegó a construirse, pues el golpe de Estado de 1955, la llamada Revolución Libertadora (las hubo incontables en la Argentina) expulsó a Perón.

En plazas y parques, el busto de Evita (hay uno de la serie en el jardín homónimo de Madrid) fue cubierto de alquitrán y desagraviado con flores. Durante diecisiete años, el cuerpo embalsamado reposó bajo nombre supuesto en un cementerio italiano, hasta que el presidente Lanusse lo devolvió al viudo, al General por antonomasia, y a los conjuros espiritistas de su secretario López Rega en el patio de Puerta de Hierro.

Ya para entonces, la trágica Evita contaba con una segunda edición farsesca, Isabelita. Una nueva generación de izquierdas había crecido en el intervalo y vindicaba a una Evita montonera, el costado revolucionario y jacobino de esa maraña histórica llamada peronismo.

La multiforme Evita seguía creciendo en el tiempo de sus postrimerías. Desde siempre parecía empujada al mito, desde su nacimiento en un pueblo bonaerense, en la «casa chica» de un político conservador que no la reconoció como hija suya, según había hecho con sus hermanos mayores, Erminda y Juan. La bautizaron María Eva, la Madre del Redentor y la Madre de la Humanidad Pecadora Original. Ahí queda eso.

Tras una carrera de módica actriz, con amistades íntimas influyentes, dio con Perón y se convirtió, a partir de 1946, en Primera Dama. Sus tardes de ayuda social transformaron la beneficencia de otrora en Corte de los Milagros populista.

La enfermedad también la transfiguró. Al principio jugaba a actriz del cine argentino ataviada como una señora de alta burguesía, a la manera de las estrellas locales como Mecha Ortiz y Zully Moreno. Descarnada, pálida, ojerosa, con los rasgos exacerbados, de austero traje sastre y peinado tirante de moño, la Evita final asumió cierto patetismo.

Su hombre, al que debía su carrera política, representaba a la institución que la había bloqueado: el Ejército. Y al sexo masculino, no lo olvidemos.

Confusa en sus ideas, clara en sus fobias y resentimientos, Evita ha dejado un texto apócrifo, «La razón de mi vida», prescindible breviario de la idolatría peronista. No cuenta para su historial. Sí, en cambio, el lugar que abrió en los espacios oficiales como personera de los bastardos, los humillados y los ofendidos, y para ese «proletariado de la mujer» que empezó a tener tribunos en los ministerios y los partidos convencionales.

Con nobleza ejemplar, se lo reconoció otra mujer batallona de su tierra, Victoria Ocampo, tan poco peronista por su parte. Hoy, Evita se dispersa. El folclore camp la tiene por emblema. Es personaje de novela en Tomás Eloy Martínez y Abel Posse, de opereta en Lloyd Weber, de cine con Faye Dunaway, Madonna y Esther Goris (admirable de garra y verosimilitud), objeto de monografías y ensayos (destaco el de Alicia Dujovne Ortiz). Un lujo equívoco y personalísimo de esa Argentina que se le parece con tanta puntualidad, esa Argentina pobre de realidades y opulenta de mitologías.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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